Los blogs ─como los diarios─ corren el grave riesgo de convertirse en pesadas odas al egocentrismo de su autor, quien puede resultar repetitivo y grotesco a medida que pasa el tiempo.
Hace falta mucho talento para enfrentarse a una pantalla en blanco al menos una vez a la semana y lograr algo original. También son necesarias grandes dosis de oficio, perseverancia y valor, entre otras cosas. La más importante: disponer de historias nuevas que contar. De lo contrario el esfuerzo cae irremediablemente en saco roto.
No es bueno que seis de cada siete escritos hagan referencias veladas a tics y complejos ya conocidos, como tampoco lo es alargar la agonía del que está conectado a una máquina de respiración artificial. He de reconocer que tenía expectativas que no he conseguido cumplir: ni he escrito con asiduidad, ni lo he hecho todo lo bien que hubiera deseado. La calidad de los textos habla por sí sola.
Por ello, he pensado que es buena idea dar un descanso indefinido (que no infinito) a esta bitácora. Al fin y al cabo, ya está acostumbrado a largos periodos de sequía... pero esta vez quiero que sea diferente. Al menos, voy a tener la decencia de despedirme y agradecer las visitas a los sufridores amigos que me han animado a escribir.
Gracias por vuestros comentarios, sugerencias y críticas.
No me extrañaría que estuviera hablando solo. Me lo merecería, por no dar señales de vida en más de dos meses y medio. Yo, que me había prometido escribir al menos una vez a la semana.
Hay una batería de excusas importante: mucho trabajo, demasiados cambios, épocas raras, momentos extraños, planes que se van al pique.
Pero, por el bien mental de todos, me ahorraré profundizar en ellas.
En otro orden de cosas, estoy dándole muchas vueltas a qué hacer con el blog. Cerrarlo me sumiría en una profunda depresión y mandaría al limbo muchísimos textos que, por insulsos, absurdos o incompletos, se merecen un lugar privilegiado en mi estantería de afectos personales.
Sin embargo, no sé si me apetece seguir pasando por aquí. El cuerpo me pide un cambio de aires acorde con la nueva etapa (otra, sí) que he comenzado.
De momento, he optado por intentar darle un lavado de cara a este rincón. Nuevos nombres en secciones y etiquetas lógicas y menos divertidas, pero más funcionales (en teoría). Por alguna extraña razón, los señores de La Coctelera no permiten que las tags se relacionen entre sí, ni tampoco hacen nada contra esa horrenda nube de palabras clave, por mucho que he insistido en cambiarlas.
Además, el postnúmero 100 se acerca (este no vale: mi blog, mis reglas) y me apetece celebrarlo con un gran cambio. Quizás una mudanza (mejor dicho, una migración, que suena más técnico y nómada) no sea una mala opción.
En definitiva, no se trata más que de dar una capa de pintura a lo que hay y de probar cosas nuevas.
Ya me aclararé algún día, espero. Mientras tanto, os deseo un feliz verano.
El paso entre dos mundos siempre le resultó complicado. Por lo general, solía encontrarse hambriento, nervioso y desmotivado, andurreando por pedregales plagados de cardos y bichos de toda ralea. La fase de vagabundeo solía durar un par de horas. Y luego, la maldita puerta interestelar de las narices. No es que desconociera el protocolo ─reconocimiento de palma de manos, de globos oculares, de buenos pensamientos, juramento al Tratado Gubernamental─, ni que le fastidiara hacerlo en un grado normal. Simplemente, lo odiaba con toda su alma.
En fin, allí estaba de nuevo. Era tan solo un personaje sin nombre, esperando una nueva misión y (casi nada, una minucia) el sentido de su recién estrenada vida.
Si el ser humano ─real o ficticio, qué más da─ puede experimentar sensaciones extrañas y surrealistas, la de no saber qué se es ni qué se va a hacer es una de las más potentes. La cosa consiste, básicamente, en abrir cuadernos en blanco todo el rato, sin límite temporal ni advertencias ni guías de uso.
Como no había ningún parámetro definido todavía y la espera se antojaba larga y pesada, comenzó a juguetear con un cigarrillo rubio que alguien había colocado cuidadosamente en su bolsillo.
Aturdido, cansado, confuso, perdido
A pesar de que el encendedor estuviera encasquillado, le sorprendió la dificultad para prenderlo. Más aún le sorprendió la inmensa nube de humo que se formó a su alrededor: ¿se le aparecería un genio? ¿un dios? ¿un ángel? ¿algún emisario del diablo? ¿quizás alguna viejecita con un mensaje misterioso?
¿Qué ocurriría?
Pues lo que menos esperaba. La nube era precisamente eso, una nube. Ni más ni menos. A algún escritorcillo primerizo (y gilipollas) se le había ocurrido que una cortina de humo consistía en asfixiarle con truquitos de magia baratos.
Visiblemente cabreado, comenzó a pensar en su destino.
La decepción del listón muy alto
Se sentía exactamente igual que en el patio del colegio, cuando nadie le escogía para su equipo de fútbol. Veía a los demás monstruitos desaparecer de un plumazo mientras que permanecía ahí, con su cigarrillo interminable y su eterna cara de mala hostia.
"Quizás esperan grandes cosas de mí" ─pensó. Quién sabe, eventos de mayor profundidad extraña se han visualizado en el globo terrestre.
Modestia aparte, él se veía demasiado bien. O mejor dicho, no se veía desechable del todo. A pesar de previas existencias, todavía conservaba cierta mirada seductora y estaba visiblemente delgado, lo cual es muy importante en esta maldita sociedad consumista que humilla a los gordos. Creía ─no sin razón, aunque de ilusión también se vive─ que daba el pego como superhéroe carismático o detective caradura. Estaba seguro de que llevaría como un guante algún estereotipo fácil, de esos que la masa analfabeta aplaude con fervor.
"Si apuntas demasiado alto, la caída puede ser letal" ─murmuró. La última vez que quiso ser rey, lo convirtieron en una linda mariposa. Cuando sugirió que sería bueno para correr aventuras, al escritorcillo se le ocurrió colocarlo como padre sufrido de un sanguinario delincuente, que, a la postre, había sufrido acoso escolar durante su infancia y portaba gran cantidad de traumas.
Pero llegado a este punto, cualquier cosa le valía con tal de salir de ese maldito agujero.
Alguna excusa para poner una canción
Alguien debió notar su impaciencia de alguna forma o quizás sus miedos comenzaron a oler tanto que se hacía necesario la intervención divina de algún ente sagrado. Como todo el mundo sabe, las peores atrocidades imaginadas por un personaje sin nombre se materializan en forma de anguilas, gusanos, cochinos de maltrechos dientes y demás bestias que pueblan la tierra. Quizás fue por el ruido, por alguna complicación inesperada en el ecuación espacio-tiempo o porque hacía semanas que no se duchaba decentemente, pero el caso es que Ella apareció.
¿Y cómo era Ella? El escritorcillo era tan torpe que se perdía en los detalles de su físico, ya que nunca fue bueno para las descripciones. No sé, más o menos, lo básico: pálida como la nieve, ojos grises o azules (en cualquier caso, más cristalinos que la más cristalina de las aguas de los lagos de Laponia), piernas largas y rectas como las carreteras de la Mancha, tirabuzones infernales, vestidito verde claro llevado con gracia y soltura.
Ella era la pelirroja más majestuosa que uno pueda imaginarse. Apareció de la nada (quizás era una ninfa de orejas puntiagudas eso ya se decidirá más tarde) y besó su frente.
Eso, en mi pueblo (expresión castiza que jamás debe faltar), significa que te eligen.
Like an apple on a tree / hiding out behind the leaves / I was difficult to reach / but you picked me
Y ahora me pregunto...
¿Es esto un relato de tintes oníricos sin final, principio, hilo argumental, orden ni concierto? ¿Vale la pena seguir las aventuras de este Don Nadie, este personaje sin nombre que espera en la Tierra de Nadie a Dios sabe qué? ¿Por qué no se hacen torrijas y leche frita durante todo el año? ¿Conseguirá nuestro (ejem) héroe un destino? ¿O se comerá los mocos? ¿Habrá una relación de tensión sexual no resuelta con la pelirroja infernal?
Las respuestas a estas preguntas son un misterio que nadie ha podido resolver todavía. Entre otras cosas, porque ni siquiera puedo asegurar qué va a pasar mañana o qué voy a hacer hoy. Todo es tan impredecible que es complicado hacer planes.
Habrá que esperar pues a que la inspiración divina aparezca o a que Don Nadie se rebele. Queda también la opción de que los sufridos lectores de esta bitácora sugieran directrices para el porvenir de esta desafortunada criatura, lo que agradeceré con besos, abrazos y palabras.
En fin, lo que suceda antes será bienvenido. Ya se sabe que nada es imposible.
El Punk no está muerto y "Persépolis" es una obra maestra que, entre otras cosas, te hace mejor persona. O al menos, instruye, ofrece nueva perspectivas e invita a pensar. Si yo fuera ministro de Educación, su difusión sería obligatoria en todos los colegios del Estado.
Sabía que estabas preocupado, comprendía tu dolor... y aún así, seguí empeñándome en herirte.
Dicen los expertos que un buena historia debe comenzar con una frase impactante y terminar con un final abierto a interpretaciones. Algo así como el de "Cisne negro" o, si me apuran, el de "El Luchador", pero bien hecho.
La verdad es que no tengo ni idea de crear literatura. Es algo que se me resiste, probablemente porque soy un lector demasiado ocasional y amante de las soluciones fáciles. Además, hay que tener en cuenta el lado duro del asunto. Un escritor es, por lo general, un tío con un cierto dominio del lenguaje, un nivel de pedantería más o menos aceptable y, en definitiva, mucho talento. Los demás somos otra cosa: juntaletras, maestrillos del todo y de la nada, advenedizos infumables.
Fíjense bien en la expresión que he utilizado: crear literatura. No se trata de hacer vasitos de barro, torres con mondadientes o juegos de magia con una baraja española. No. Estamos hablando de dar nacimiento a nuevas realidades, sentimientos, personajes, paisajes... y darles sentido. O lo que es lo mismo: sentarse a escribir algo, hacerlo bien y que perdure en el imaginario de una más que improbable audiencia.
Demasiado arroz para tan poco pollo.
No se estaba mal bajo las mantas. En realidad, la sensación recordaba a una madrugada suave y con olor a suavizante. De todos es sabido que los niños suelen esconderse bajo la ropa de cama para huir de las imposiciones (‘mamá, no quiero a ir al cole, no luches contra ello') y él cumplía ocho años. Bueno, para ser exactos, cumplía veinte más, pero no le importaba.
¿Existe el secreto de la felicidad?
Probablemente sí, no lo niego. Por lo que a mí respecta, todo se rige por la filosofía del cambio repentino. Esto es, tener que cambiar el disco cuando aún estamos disfrutando de la canción número seis. Un rollo, sí, pero hay que hacerlo por necesidad física: simplemente, es necesario arriesgar y seguir el camino correcto.
Vale, como teoría es un churro, sí. Carece de argumentos de autoridad, de citas sesudas y cualquier atisbo de autocrítica. Ni siquiera hay una hipótesis que le sirva como esqueleto, ni unas bases fundamentadas que permitan ponerla en duda.
Pero, señores, que estamos filosofando por placer, sin pretensiones de mejorar la Humanidad o el mundo en modo alguno. Además, no pueden esperar nada bueno de alguien que, ya de primeras, se confiesa inútil para la literatura (ojo: no confundir literatura como creación con el arte de hilar palabras sin ton ni son. Eso lo hace cualquiera).
No obstante, no todo son latigazos para este Indeciso. A veces, en arrebatos de lucidez, me cuestiono asuntos de gran relevancia: ¿hay alguna teoría que merezca realmente la pena? ¿Sirven de algo?
La ventana se abrió violentamente: era lo malo de vivir en el centro de un huracán. Millones de hojas de periódico inundaron la habitación. El aire en el exterior se volvió irrespirable, no había nada que hacer allí. No tuvo más remedio que esconderse en su madriguera.
Muchos vendrán a contarme que los marcos teóricos son útiles para describir la realidad, sí. Otros, más audaces, me dirán que su objetivo es enseñarnos lo que debemos hacer y cómo debemos hacerlo. Eso es muy típico de los americanos y su manía de publicar diccionarios de uso y guías para casi todo.
Personalmente, no creo que una buena teoría pueda sustentarse en suposiciones, modelos, ni demás zarandajas. Incluso algunos modelos de comprobación empírica resultan insuficientes, ingenuos y, en definitiva, falsables. Es como querer escribir sobre Canadá sin haber estado allí, pero con cuestionarios resueltos por canadienses sobre lo que a priori hemos delimitado como sus hábitos de vida. Esto se traduce, para entendernos, en un señor con bigote y grabadora que nos pregunta qué cereales tomamos para desayunar cuando en realidad nos decantamos por tostadas con aceite y tomate.
Un sinsentido.
No entiendo qué haces aquí. ¿Cómo has llegado? ¿Quién cojones te ha abierto la puerta? ¿Por qué te niegas a desaparecer? Lo mejor para todos ─la señora adoptó un tono sublime─ es que te lances por un precipicio o te cuelgues de la lámpara del salón de tu cochambrosa casa. De lo contrario, tengo una bala reservada para ti.
Lo bueno de trabajar en sitios diferentes es que uno se pasa el día en movimiento. Tengo un Ipod con un sentido del espectáculo cojonudo que, en modo aleatorio, es capaz de combinar a las t.A.T.u. con Joaquín Sabina y quedarse tan pancho. Pero eso no es suficiente.
Con frecuencia me imagino aparatosos inventos que deberían construirse ya. Todos implican paradojas temporales, nuevas formas de entretenimiento y realidad virtual (se me ocurren mil fantásticas alternativas al 3-D de las narices) y, sobretodo, pretenciosos estilos de vida. Está la máquina de fotos mágicas, el guantazo del saber, el genio de los sueños y la radio de las apetencias musicales, entre otras muchos artefactos absurdos.
Pero mis ideas (que seguro que alguien las pensó antes y mejor) son, de momento, de aplicación totalmente impracticable. Es una desgracia, sí, pero ni me ofendo, ni me cabreo. Apenas me afecta, de hecho.
Sentado en el borde del universo, asumo con resignación las reglas del juego.
Hacía tanto frío que temían que los reproches quedaran paralizados en el aire. Por ello, decidieron abrazarse con más fuerza.
Parece que está de moda andar siempre preocupados por algo o alguien y quejarse todo el rato. No voy a ser hipócrita: yo mismo lo hago siempre. Me preocupo por muchas fruslerías y dejo las cosas importantes a un lado... y también centro mis esfuerzos en empresas que no requieren más que tiempo y constancia en pequeñas dosis.
Las quejas son, pues, una consecuencia lógica y no queda otra que que aprender a guardarlas en un estuche apropiado para arrojarlas contra el espejo cuando la necesidad de castigarse asome su asqueroso hocico.
¿Por qué te hartas de ti mismo, so imbécil? ¿A qué viene esta rabieta? ¿Crees que se merece esas palabras tan llenas de dolor, ira y vinagre?
Creo que ser adulto consiste, valga la redundancia, en saber crecer: separar el grano de la paja con soltura, buscar la felicidad a toda costa, aprender que nadie se acordará de nosotros cuando hayamos muerto. Si nos paramos a pensar, tampoco vivimos tantos años. Estar en la flor de la vida es una metáfora tan bonita como adornar nuestras tumbas con pétalos de rosa.
No quiero caer en el maniqueísmo del "ama a tu prójimo sobre todas las cosas". Los que me conocen saben que la última vez que pisé una iglesia fue para mi comunión y porque había regalos después. Pero si cambiamos el "ama" por "no fastidies" creo que, a grandes rasgos, se entiende lo que quiero decir.
¿Les he dicho ya que deben ver"Persépolis"? ¿Que es genial, entretenida, humana, cruda, realista? ¿Que es la mejor película de animación que he visto en mucho tiempo? ¿Un soplo de aire fresco? ¿Una luz en el crepúsculo? ¿Sí?
Sinceramente, no sé si se pueden sacar unas conclusiones coherentes de esta batería desordenada de pensamientos mal analizados. Probablemente alguno de mis tres lectores crea que el Indeciso está borracho, loco o ambas cosas.
Pero, ché, que me trae sin cuidado.
Agazapado tras el matorral, comenzó a divagar cómo hubiera sido su vida si se hubiera echado para atrás aquel caluroso día de mayo. Sonrió mientras observaba sus uñas ennegrecidas y la sangre fresca que recorría el camino marcado por las líneas de sus manos. Frunció el ceño. Olía a muerte.
Escobar, un genio que luchó por los derechos del proletariado
When we remember we are all mad, the mysteries disappear and life stands explained
(Mark Twain)
Pueden pasar muchas cosas en apenas un mes y medio.
Puedo dejar de escribir en el blog por motivos de agenda, porque realmente no tenga tiempo material más que para trabajar, comer y dormir. Así ando ahora, medio loco entre correcciones, preparar clases, atender a la gente. La marea, tan alta; el barquito, tan escondido. De todas formas, no voy a quejarme: he descubierto que soy un masoquista redomado. Que veo que queda alguna tuerca floja, la apreto doblemente y la sueldo con plomo derretido si hace falta. Que veo que una lectura es mala, baja la moral o no es provechosa, la elimino del programa e intento bucear en las entrañas de mi memoria y mi limitada biblioteca. Es un ejercicio mental extenuante, pero divertido... que es lo importante.
Puedo comprobar que la felicidad está cerca, aunque esté lejos. Porque se ha embarcado en un proyecto que le ilusiona, porque sabe lo que se hace, porque disfruta de las expectativas. No concibo vivir sin trabajar en lo que se ama, ni amar sin entender lo que se desea. Al fin y al cabo, siempre nos quedará el puente aéreo.
Puedo sentir miedo y vértigo ante lo que se acerca. Pero me lo merezco, porque lo he estado buscando y deseando durante años. Es gracioso que los que me conocen bien me miren con cara de What's coming next? (sí: era necesario decirlo en inglés).
Puedo dedicar mi escaso tiempo libre (el que me tomo con remordimientos, como ahora) a las actividades más mundanas. Por ejemplo, escaparme un fin de semana y ver mil películas, Glee (segunda mención en esta bitácora, voy a tener que mirármelo) y divertirme con mis críticas insulsas y carentes de sentido. Voy a ser breve:
Hay una parte de mí a la que le gustó la película, pero otra muy fuerte se inclina a pensar que es pretenciosa, tremendamente larga y exageradamente preciosista. Todavía no sé si el argumento es una genialidad o una tomadura de pelo de dimensiones gigantescas. Jared Leto no lo hace mal del todo, pero sigo viéndole cara de chulapón merluzo en Beverly Hills.
¡Y dura 141 minutazos!
"La trampa del mal" (John Erick Dowdle, escrita por M. Night Shyamalan, 2010)
El cuento de que el diablo está entre nosotros está muy manido. El personaje del policía destrozado por la muerte de su familia en un accidente fatal ya ha salido en varias películas. Que subirse a los ascensores sea un coñazo tremendo es algo que vivo cada día. El que más y el que menos conoce bien la historia de los "Diez negritos". Si a esto sumamos que el escritor-guionista-hombre-orquesta Shyamalan lo deja todo atado y bien atado, clarito como el agua cristalina, ya tenemos una película predecible y sosa.
Se deja ver: va bien para no pasar frío en la calle un sábado por la tarde, pero nada más.
¿Verdad que se parece a Arturo Valls?
Nota muy importante: también he visto la magistral (y un pelín sobrevalorada) "Pato Oscuro""Cisne Negro"(Darren Aronofsky, 2010), pero me reservo una entrada entera (un post o cómo se diga, leñe) para tan fantástica obra cinematográfica, pues aún me debato entre sus ínfulas de surrealismo tramposo y estereotipado y sus verdaderos destellos de obra maestra.
Pero eso será en otra ocasión, lo prometo.
No podía no poner este cartel
Puedo desarrollar una vida paralela en autobús, medio de transporte al que estaré abonado de por vida. Ahora estoy descubriendo"El tambor de hojalata" (Günter Grass), en una edición de bolsillo de Bruguera, comprada el 23 de enero de 1984 por 475 pesetas. Toma ya. De repente, se me ha despertado una gran curiosidad con todo lo relacionado con Alemania, país que desconozco profundamente (a excepción de frases emblemáticas en su lengua: Haben Sie Feuer?, Wo wohnst du?, Ich kann ein Auto fahren.)
En fin...
¿Lo mejor de todo?
Que estoy vivo, que tengo una suerte inmensa y que sigo tan sensiblón como siempre.
Que soy capaz de imaginarme la vida sin estos golpes de suerte... y que, en definitiva, creo que hubiera podido seguir adelante (aunque a más de uno le hubiera costado años de psicólogo el aguantarme).
Que tengo muchas dudas y muy poco tiempo para poner las cartas sobre la mesa.
Que sigo manteniendo las amistades que cultivé, que hay chispas que no se apagan. Que no se resignan, sonríen y están bien.
Que ella está en mis pensamientos, que el futuro está ahí, que ya no queda nada.
Tengo 26 años, una radio vieja que compré en segundo de carrera y un trabajo que me gusta (con sus pros, sus contras, sus peros y sus manzanas).
Por mi edad, no sé nada de la vida. Soy un imberbe, un ignorante emocional perpetuo.
Pero sí he aprendido una cosa: vale la pena dejarse llevar por las corazonadas. Hay que mirar a la suerte de frente y arriesgar la vida en ello (perdón por el pleonasmo: ¿qué más se puede arriesgar, sino la existencia con sus diversas vías, circunstancias, fases, ciclos e historias para no dormir?)
Tengo la profunda sensación de que la gran oportunidad está cerca, solamente hace falta reunir las fuerzas necesarias para atraparla. Son menos los tesoros que se dejan atrás que los que aún están por descubrir.
La llamada telefónica, el e-mail o la paloma mensajera llegarán tarde o temprano. Es cuestión de saber esperar como yo no supe.
Y si no, nunca podrás reprochártelo. Como decían las tapas de yogures Yoplait cuando de niño soñaba con que me tocara la dichosa Playstation: "Sigue intentándolo".
Mi nombre es Casimiro R-XXII y soy un extraterrestre del espacio exterior. Concretamente, vengo de Pluski-Pluski, un vasto territorio al oeste de Clander Jrander, en el mismo distrito centro de Mercurio. Me he criado -como podéis imaginar- en un lugar privilegiado que está a años luz de vosotros, viles seres humanos sin capacidad de discernimiento ni decisión.
Antes de que preguntéis: el que pone los nombres a los sitios en mi planeta no tiene ninguna relación con ese tal Chiquito de la Calzada que tanta gracia os hace. Malditos ignorantes.
Podéis llamarme Casi o Miro. Nunca me llaméis por mi nombre completo, pues puedo molestarme profundamente por razones que no vienen al caso.
Mis jefes (que, una de dos: o son unos sádicos o unos cachondos irremediables) me han pedido que analice la especie humana a partir de la televisión española. No me preguntéis por qué.
El acercamiento a mis investigaciones es reconocidamente inmaduro y admito que aún me queda mucho que pulir. Pero, tras un par de horas visioanalizando (¿se dice así?) una modesta pantalla atiborrada de canales de emisión abierta en este pais de flamencas, chulapos y chirigotas, mis conclusiones sobre los gustos de seres humanos son las siguientes:
1) Después de comer, comedieta. Como buen mercuriano, me paso las mañanas viajando en autobús, durmiendo o trabajando. Debido a esto, no pude comenzar mi sesudo análisis hasta pasadas las 15.00. del pasado viernes 28 de enero. Primero, vi un trocito de un programa "humorístico" presentado por una rubia de piernas largas y un señor regordete, bonachón y que se comportaba como un orangután en celo.
Qué bonito es el amor, sobre todo en primavera, cuando sale el sol...
He de admitir que sonreí un poco ante el teatrillo de estos dos y sus colaboradores. Pero, no sé, me resultó un poco deslabazado. Algo así como la coca-cola sin burbujas, un jardín con pocas flores, la caja roja de Nestlé sin bombones de chocolate blanco. Más o menos, como las risas forzadas después de un funeral. Parecía, sinceramente, que faltaba algo o alguien allí.
No obstante, el mensaje con el que me quedé es esperanzador: todavía queda vida inteligente en la Tierra (y el Eterno Indeciso es maravilloso porque me dejó ver la tele en su casa... por favor,deja de apuntarme con una pistola).
2) Cualquier tiempo pasado fue mejor. O eso parecen creer la mayoría de los españoles (y, por extensión, todos los seres humanos, ejem). Resulta que, a la hora del café (en mi planeta tomamos aguardiente de los volcanes de Jandrungic, algo suavecito), todo son telenovelas sobre amores, pasiones y demás instintos ocultos ambientados en épocas pasadas. Por un lado, había una que se desarrollaba en exactamente cinco decorados parecidos y otra de bandoleros, señoritingos y jornaleros que recogen aceitunas en la serranía de Ronda. Nada que objetar a esto, aunque todos sabemos que el mejor aceite del mundo viene de Jaén. Eso es algo que hasta los mercurianos de Pluski-Pluski tenemos presente en nuestras oraciones diarias.
La taberna estará suciasca, pero nosotros estamos impecables
En la de bandoleros, la acción se sitúa en el pueblo imaginario de Arazana y los personajes dicen mucho "Oiga señorita, que esto es Andalucía" con acento de Valladolid. Ignoro si, en la época en la que esta ficción se encuadra, Andalucía era algo así como la antesala del infierno o algo así.
La otra tiene lugar en una plaza con tasca, un portal de pisos, una tienda de discos y poco más. Hay un malo engominado (no podía ser de otra forma), una beata de buen ver, una profesora de baile, varios jovencitos enamorados, una pareja liberal... lo cierto es que, a priori, esta es más interesante y da la impresión de que está mejor interpretada, más creíble dentro de sus limitaciones.
Una cosa muy importante: no importa lo histórica que sea la cosa, siempre hay un bar. Los bares son necesarios para la supervivencia humana, por lo que se ve. Allí se reúnen los personajes más pobres (los ricos beben en casa o en lugares sofisticados) y suceden multitud de acontecimientos. Para ser exactos y según las estrategias de cálculo más avanzadas ejecutadas por la calculadora de mi ordenador interestelar, pasan cantidubi de cosas. Sin exagerar: un mogollón de historias se dan lugar tras la barra.
La foto de grupo la hacemos en la puerta del bar,¿dónde si no?
Hay cierto tufillo a rancio en la sobremesa, como de cartón-piedra gastado. Los personajes que pueblan estas ficciones son repetitivos y primarios, rudos o refinados, planos en la mayoría de los casos. Sin embargo, consiguen algo importante: hacen que los seres humanos que ven la televisión a esas horas se sientan identificados. El truco está, parece ser, en reproducir la tosquedad del comportamiento humano y plasmarlo en tramas que pueden ir desde la cotidianeidad hasta el surrealismo con ligeros toques de aventuras y una reiteradísima obsesión por el amor. Aquí todos andan con la cabeza en las nubes y se guían (básicamente) por la necesidad de satisfacer sus deseos. De ahí podemos sacar una conclusión interesante: el ser humano está siempre interesado en querer y, a ser posible, en hacer el amor a todas horas, como los conejillos.
3) La solemnidad del ridículo. Tras mi particular lección de historia de España, me sumergí en un magacín de tarde de dudosa calidad en el que una guapísima presentadora (Gloria Serra, creo recordar) se subía en un púlpito de corrección y absolutísimo rigor periodístico para entrevistar via telefónica a la madre del "Cuco", implicado en el caso de Marta del Castillo. Ni que decir tiene que tuve que cambiar de canal ante la cantidad de incoherencias que salieron a flote. En la segunda cadena había un documental en el que un montón de hienas rebuscaban en las tripas de un león muerto. Creo que no fue una casualidad.
Con mucho respeto ¿eh?, pero queremos toda la carnaza
En un arriegado alarde de decisión, a sabiendas de que la curiosidad mató al grombritoski ("gato" en Mercurio), volví de nuevo a la tercera cadena. Sentados en una mesa "de debate" se encontraban varios colaboradores, ávidos bebedores de agua embotellada (u otro líquido transparente y quién sabe si espiritoso), que parecían discutir con un cura de noventa años sobre la homosexualidad, la conveniencia de llegar virgen al matrimonio y ese tipo de cosas que dicen los cristianos castos y puros de golpe en el pecho y puñalada por la espalda. La cursiva es intencionada, porque en realidad estaban cachondéandose de un anciano senil.
Y digo yo, ¿tiene mucho sentido intentar hacer entrar en razón a un jesuita caduco que recomienda pegar guantazos a los niños? ¿Alguien cree que pueden sacarse buenas conclusiones de un enfrentamiento así? ¿Acaso no tenemos derecho a chochear y mantener ideales (deplorables, por otra parte) hasta la muerte? Al fin y al cabo, la gente que se puede tomar a este hombre en serio está en su misma onda y en Mercurio somos muy de la libertad de expresión y esas cosas. Un cura puede decir lo que quiera como persona que representa a una fe o creencia: igualmente, como tengo capacidad de raciocinio, pues puedo ignorarlo completamente y dedicarme a mis cosas.
No estoy seguro de poder extraer unas conclusiones relevantes de este programucho, aunque me decantaría por pensar que el ser humano es contradictorio por naturaleza. Esto no es malo de por sí, si no fuera porque manifiesta bastantes gustos comunes con los del escarabajo pelotero.
4) No me chilles, que no te veo. Por la noche no pude aguantar demasiado el desfile de gritos, miserias humanas y cantantes de tercera regional. En la primera pusieron una especie de concurso en el que varios aspirantes a trovadores de orquesta de pueblo lanzaban desagradables y desafinados gorgoritos al aire con el objetivo de participar en el Festival de Eurovisión, que viene a ser como el Concurso Interestelar de Comer Huevos Duros de mi planeta pero cantando. Vamos, una ful de Estambul con un señor de pelo indescriptible como reportero en el backstage.
Lo pasé mal en el colegio con este pelo. Por cierto, ¿dónde es el cásting para la nueva versión de "Momo"?
Pero, y aquí está lo peor del asunto: este era el único programa que se salvaba de la parrilla. Al menos era blanco y poco dañino.
En Antena 3 y Tele 5, solo dieron programas de corazoneo en el que varios buitres griznaban sin ton ni son. Mucha pluma, mucho cuento, mucha mala leche. No puedo decir mucho más, porque mi cerebro mercuriano apenas puede aguantar ese tipo de torturas. En Cuatro, un señor muy alto aconsejaba a un cani cómo debía comportarse con sus padres. Todo con mucho drama y didactismo de opereta.
Menos mal que anoche (el Eterno Indeciso me invitó a su casa porque es un ser brillante y magnánimo, por favor, sácame las astillas de las uñas de los pies) tuve la oportunidad de ver "Azuloscurocasinegro", la película más divertida del cine español sino fuera porque la expresión de Quim Gutiérrez invita al sueño más profundo.
Pocas conclusiones admirables puedo sacar sobre lo que vi: parece ser que el mayor divertimento en la televisión española consiste en gritar mucho, airear miserias humanas y rebuscar en los desperdicios de los demás. Sobreviven resquicios de entretetimiento "puro" que quedan empañados por una realización deficiente y baratuna, así como de mercadillo. Hay buenos actores en las ficciones, pero han de conformarse con representar estereotipos comunes y manoseados.
Tomando estos hallazgos como base, solo puedo deciros una cosa, queridos terrícolas: la invasión está cerca.
Lo agradeceréis, porque vuestro planeta se va a la mierda de todos modos.
En Mercurio no comemos ratas, pero tenemos mucha más mala ostia
Nací hace ya mucho tiempo, en algún momento lluvioso de un lejano noviembre del siglo pasado.
Tengo un hermano al que adoro.
Mi infancia fue tan feliz que casi la recuerdo en dibujos animados. Jugué a juegos bestias (y también a los de niñas), me rompí las gafas mil veces y tenía los pies planos. Dibujaba mucho -y dicen que bien- y leía sin parar todo lo que caía en mis manos. Tuve un profesor que me obligó a escribir libretas de diarios (reales y ficcionados), pequeñas poesías y relatos estrambóticos que ilustraba yo mismo. Tengo un cuento sobre la amistad entre un filete y una paloma, uno sobre un periodista en la Prehistoria que escribía sus noticias en hojas de árbol, entre muchos otros.
Fui un adolescente cauto, sombrío, reservado. Viví amores platónicos, deslices torpes y cometí bastantes tonterías de juventud.
Empecé la universidad con el convencimiento de que aprendería muchísimo. Y fue cierto, aunque he olvidado muchas cosas o las he sustituido por otras.
He trabajado y trabajo, más o menos, todo lo que puedo. Nada se me da especialmente bien ni mal, pero tengo mis preferencias. Por ejemplo, disfruto del trabajo en equipo y me angustio con frecuencia cuando me encierro en soledad. En cualquiera de los casos, me encanta tratar con palabras y aprendí a odiar las cifras a golpe de chillidos por teléfono.
Me siento muy afortunado por lo que tengo. Siempre lo he estado en secreto, aunque jamás paro de quejarme y dar la tabarra.
He cometido muchos errores: el más gordo, olvidar grandes cosas por una mezcla de cabezonería y orgullo mal entendido. El más pequeño, recordar pequeñas injusticias en momentos inoportunos.
Creo firmemente en las segundas oportunidades. Suena idealista y pretencioso, pero a mí siempre me han funcionado.
También pienso que nadie es mejor por saber más, ni que es más inteligente el que lo proclama a viva voz, ni más tonto el que calla. Reivindico la dignidad del silencio y de las palabras nunca dichas porque no vienen a cuento.
Soy egocéntrico como el que más y por ello tengo un blog de grandes pretensiones y nulo efecto.
No tengo ni idea de hacia dónde voy con este escrito, pero sigo tecleando.
Amo y soy amado, lo que me hace replantearme esquemas y acomodarme en una felicidad nueva, brillante, sugerente. Todo tiene sentido si lo miras desde el cristal de mis gafas ralladas.
El tiempo me ha dado y quitado la razón en muchas ocasiones: le estoy muy agradecido por ello.
Tengo grandes amistades de las que me siento muy orgulloso. Aquí debería escribir un gran párrafo lleno de sensibilidad y melancolía, pero no me siento con ánimo. He aprendido que la amistad es mucho más que un compendio oscilante de buenas palabras que se entrega cada quince días. Me basta con saber que, vaya dónde vaya, me quedará alguien en quien confiar.
Me dejo llevar por la corriente de los acontecimientos como un palito flotando en el arroyo. Ya sé que cómo símil deja mucho que desear... pero qué queréis que os diga.
Solo soy un letraherido más, amante de todo lo que tenga que ver con la palabra escrita.
Me encanta hacer mil cosas a la vez en pequeñas dosis, lo que ha hecho que me gane una merecedísima fama de lento y pesado.
Siempre intento mostrarme tranquilo y paciente, aunque a veces me dan ganas de cortar alguna que otra cabeza. Ladro mucho, pero no muerdo.
También me gustan mucho la televisión y el buen cine, aunque lo que realmente me fascina es ir de un lado para otro para comprobar que más que culturas diferentes, existen personas parecidas con distintas circunstancias. Ya dijo alguien que son más las cosas que nos unen que las que nos separan.
En este blog intentaré que haya de todo, aunque no puedo prometer nada. El objetivo principal es utilizarlo como herramienta de liberación, como vía de escape de mis penas y espejo de mis alegrías. No obstante, todavía no he decidido sobre qué escribir. Mejor me lo pienso más tarde, pues todavía estoy dudando...