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La Coctelera

Categoría: Cinema Paradiso

Quitando telarañas

Escobar, un genio que luchó por los derechos del proletariado

When we remember we are all mad, the mysteries disappear and life stands explained

(Mark Twain)

Pueden pasar muchas cosas en apenas un mes y medio.

Puedo dejar de escribir en el blog por motivos de agenda, porque realmente no tenga tiempo material más que para trabajar, comer y dormir. Así ando ahora, medio loco entre correcciones, preparar clases, atender a la gente. La marea, tan alta; el barquito, tan escondido. De todas formas, no voy a quejarme: he descubierto que soy un masoquista redomado. Que veo que queda alguna tuerca floja, la apreto doblemente y la sueldo con plomo derretido si hace falta. Que veo que una lectura es mala, baja la moral o no es provechosa, la elimino del programa e intento bucear en las entrañas de mi memoria y mi limitada biblioteca. Es un ejercicio mental extenuante, pero divertido... que es lo importante.

Puedo comprobar que la felicidad está cerca, aunque esté lejos. Porque se ha embarcado en un proyecto que le ilusiona, porque sabe lo que se hace, porque disfruta de las expectativas. No concibo vivir sin trabajar en lo que se ama, ni amar sin entender lo que se desea. Al fin y al cabo, siempre nos quedará el puente aéreo.

Puedo sentir miedo y vértigo ante lo que se acerca. Pero me lo merezco, porque lo he estado buscando y deseando durante años. Es gracioso que los que me conocen bien me miren con cara de What's coming next? (sí: era necesario decirlo en inglés).

Puedo dedicar mi escaso tiempo libre (el que me tomo con remordimientos, como ahora) a las actividades más mundanas. Por ejemplo, escaparme un fin de semana y ver mil películas, Glee (segunda mención en esta bitácora, voy a tener que mirármelo) y divertirme con mis críticas insulsas y carentes de sentido. Voy a ser breve:

"Las vidas posibles de Mr. Nobody" (Jaco Van Dormael, 2009)

Hay una parte de mí a la que le gustó la película, pero otra muy fuerte se inclina a pensar que es pretenciosa, tremendamente larga y exageradamente preciosista. Todavía no sé si el argumento es una genialidad o una tomadura de pelo de dimensiones gigantescas. Jared Leto no lo hace mal del todo, pero sigo viéndole cara de chulapón merluzo en Beverly Hills.

¡Y dura 141 minutazos!


"La trampa del mal" (John Erick Dowdle, escrita por M. Night Shyamalan, 2010)

El cuento de que el diablo está entre nosotros está muy manido. El personaje del policía destrozado por la muerte de su familia en un accidente fatal ya ha salido en varias películas. Que subirse a los ascensores sea un coñazo tremendo es algo que vivo cada día. El que más y el que menos conoce bien la historia de los "Diez negritos". Si a esto sumamos que el escritor-guionista-hombre-orquesta Shyamalan lo deja todo atado y bien atado, clarito como el agua cristalina, ya tenemos una película predecible y sosa.

Se deja ver: va bien para no pasar frío en la calle un sábado por la tarde, pero nada más.

¿Verdad que se parece a Arturo Valls?

Nota muy importante: también he visto la magistral (y un pelín sobrevalorada) "Pato Oscuro" "Cisne Negro" (Darren Aronofsky, 2010), pero me reservo una entrada entera (un post o cómo se diga, leñe) para tan fantástica obra cinematográfica, pues aún me debato entre sus ínfulas de surrealismo tramposo y estereotipado y sus verdaderos destellos de obra maestra.

Pero eso será en otra ocasión, lo prometo.

No podía no poner este cartel

Puedo desarrollar una vida paralela en autobús, medio de transporte al que estaré abonado de por vida. Ahora estoy descubriendo "El tambor de hojalata" (Günter Grass), en una edición de bolsillo de Bruguera, comprada el 23 de enero de 1984 por 475 pesetas. Toma ya. De repente, se me ha despertado una gran curiosidad con todo lo relacionado con Alemania, país que desconozco profundamente (a excepción de frases emblemáticas en su lengua: Haben Sie Feuer?, Wo wohnst du?, Ich kann ein Auto fahren.)

En fin...

¿Lo mejor de todo?

Que estoy vivo, que tengo una suerte inmensa y que sigo tan sensiblón como siempre.

Que soy capaz de imaginarme la vida sin estos golpes de suerte... y que, en definitiva, creo que hubiera podido seguir adelante (aunque a más de uno le hubiera costado años de psicólogo el aguantarme).

Que tengo muchas dudas y muy poco tiempo para poner las cartas sobre la mesa.

Que sigo manteniendo las amistades que cultivé, que hay chispas que no se apagan. Que no se resignan, sonríen y están bien.

Que ella está en mis pensamientos, que el futuro está ahí, que ya no queda nada.

Expectativas

He aprendido que el cine ha de afrontarse sin expectativas de ninguna clase. Las dos últimas películas que he visto recientemente no se han correspondido para nada con lo que esperaba, y eso es bueno. Resulta agradable comprobar que uno se equivoca y que los prejuicios son inútiles.

Así, un presunto bodrio resultó ser entretenido, mientras que una grandísima obra maestra se quedó a medio gas.

Este tipo de cosas es una buena cura de humildad para todo gafapasta que, como yo, no duda en darse aires de cinéfilo empedernido. Porque hay que ver qué capullos podemos llegar a ser los amantes del séptimo arte. Y encima, resulta que una de estas películas (famosísima y más que vista por todo el mundo) la he visto en televisión por primera vez. Esto constituye, sin lugar a dudas, un golpe bajo sin precedentes para todo maniático del día del espectador y coleccionista de DVDs a porrillo.

Ha dado la casualidad de que ambas son películas de animación, lo cual concuerda perfectamente con lo que suele verse en estas fechas. No soy un niño, pero me gusta el cine infantil. De hecho, habría que preguntarse hasta qué punto la animación actual está dirigida a los más pequeños de la casa, ya que las cosas han cambiado mucho desde los clásicos Disney. Usaré pues la manoseada etiqueta "cine familiar". Por "cine familiar" nos referimos al cine blanco que exalta valores tan puros como la amistad, el amor, el compañerismo y el "fumar canutos es malo, niños". Aunque si te dedicas a fumar canutos en familia mientras que todos disfrutáis de, no sé, "Saw VI", pues quizás habría que replantearse el nombre. Pero vamos, que creo que el concepto se entiende, ¿no?

En un alarde de originalidad, puntuaré mis críticas con estrellitas (), para que luego digan que soy un tío anquilosado en el pasado. El 2011 será recordado como el año en el que el Indeciso se modernizó para siempre jamás. Ea.

Megamind (2010)

★★★ (La esperaba peor)

Página oficial / Ficha en IMDB

Título original: "Megamind". Director: Tom McGrath. Guión: Alan Schoolcraft y Brent Simons. Doblaje original: Will Ferrell (Megamind/Papá espacial), Brad Pitt (Metro Man), Tina Fey (Roxanne Ritchi), Jonah Hill (Hal/Titán), David Cross (Esbirro). Duración: 95 minutos. País: Estados Unidos.

"Megamind" encaja en la tendencia actual de darle la vuelta a esquemas archisabidos por todos. Continúa la senda de "Los increíbles", solo que con mayor ligereza (si eso es posible): si aquélla nos contaba las peripecias de una familia de superhéroes con poderes, aquí nos encontramos con villanos y héroes que lo son por oficio.

También se perciben ecos de "Superman", con un equivalente a Lois Lane (Roxanne Ritchie, una periodista sabihonda) y hasta de "Karate Kid" y "El Padrino" (en un delicioso homenaje más que apreciable).

Cuenta la historia de Megamind, un supervillano azul y cabezón que repentinamente vence a su némesis, Metro Man y se queda más aburrido que un mico en una pecera. Ha conseguido el sueño de su vida, lo tiene todo y Metro City está a sus pies; pero necesita alguien a quien enfrentarse. Por esta razón, decide crear un superhéroe con el que luchar, Titán. El problema es que Titán no está especialmente interesado en ser un superhéroe...

...y ejem, dejo de contaros la película, que merece la pena ir a verla sin conocer demasiado el argumento.

La introducción, sin ser del todo original, está brillantemente escrita y los personajes tienen lo que se viene llamando personalidad. Se agradece que no sean meras marionetas graciosillas ("El Espantatiburones") y que parezcan humanos en sus decisiones y errores.

Los chistes funcionan como un tiro y juegan la baza del escepticismo propio de los clichés del cine de superhéroes. Las escenas de acción son muchas y variadas, para impresionar a los más pequeños. La factura técnica es estupenda, pero ya no vale la pena comentar estas cosas (a no ser que sean una pena como en la espantosa "Érase una vez... un cuento al revés").

Además, las voces de la versión original prometen mucho: Will Ferrel (Megamind), Brad Pitt (Metro Man) y Tina Fey (Roxanne Ritchie), sin que ello redunde en un necesario desprecio hacia la versión en español. No hay ninguna voz fuera de lugar y, afortunadamente, la productora no contrató a Dani Martín para que pusiera su estupendísima voz a ningún personaje principal.

He de admitir que esperaba una tontería aburrida para niños y me encontré con un fresco divertimento rico en segundas lecturas. Es de este tipo de películas que gustan a hijos y padres por motivos diferentes. Sinceramente, creo que Dreamworks se ha convertido ya en un digno competidor de Pixar.

No es broma: forma parte de la BSO de esta película

WALL-E. Batallón de limpieza (2008)

★★ (Esperaba una gran película)

Página oficial / Ficha en IMDB

Título original: "Wall-E". Director: Andrew Stanton. Guión: Andrew Stanton y Jim Reardon; basado en un argumento de Andrew Stanton y Pete Docter. Doblaje original: Ben Burtt (WALL·E/M-O), Elissa Knight (EVA), Jeff Garlin (Capitán), Fred Willard (BnL CEO/Shelby Forthright), John Ratzenberger (John), Kathy Najimy (Mary), Sigourney Weaver (Computadora). Duración: 98 minutos. País: Estados Unidos.

Mi decepción con "Wall-E" ha sido mayúscula. Sé que técnicamente es muy superior a cualquier película que se haya hecho posteriormente. También admito que el argumento plantea una premisa arriesgada: un robotito de ojos grandes que solo repite dos palabras durante más de hora y media de metraje es apostar fuerte, y más con la enorme afluencia de bestias pardas (niños y padres nerviosos) que consumen animación y palomitas a paladas. Todo eso lo sé.

Wall-E es un personaje carismático que es capaz de llevar la película a cuestas sin decir nada, al estilo de los interpretados por el gran Buster Keaton en sus legendarias películas mudas. Sus ojos son expresivos y sus movimientos son tiernos a más no poder. Es una criatura creada para amar y ser amada. Hubiera sido el protagonista absoluto de un cortometraje fabuloso.

La primera parte de la película (unos 40 minutos), con Wall-E en la Tierra y Eva pululando, es una obra de arte. No lo niego. Me fascinó y entretuvo a partes iguales. Pero hete aquí que en Pixar creyeron que la historia daba para más... y entonces metieron la pata. No era necesaria la fábula neohippie de la plantita en la bota. No necesitábamos ver a humanos obesos y a una sucesión desordenada de catastróficas desdichas amenizadas por robotitos de colores. No hemos pedido una moraleja trillada y mil veces repetidas. No.

Encima, cuando llega el momento de presentar al malvado, resulta que, entre pitos y flautas, ya se ha pasado más de la mitad de la proyección. Y entonces, nos plantan a un robot insurrecto sin personalidad, ni motivaciones, ni chicha, ni limoná. Ná de ná. Jafar, estés donde estés, te echo de menos.

Que sí, que la película tiene muchísimos méritos. Se nota que hay un profundo trabajo de guión, a pesar de que todo queda como descompensado y naïf al final. Es original, es divertida y graciosa a ratos. No pude evitar esbozar una sonrisa la primera vez que Wall-E pone la cinta VHS y me enternecí ante el precioso baile con Eva en el espacio. Todo es tan pretendidamente bonito que a uno le dan ganas de pintarse el dormitorio como el de Punky Brewster.

Pero no es la obra maestra que me habían vendido. Es como un whisky con demasiado hielo: el conjunto es satisfactorio, pero uno se queda con la sensación de que podría haber sido infinitamente mejor.

En fin, qué le vamos a hacer. La vida está llena de estos pequeños chascos.

Eso sí, me quito el sombrero (y me pongo a bailar) ante la estupendísima BSO

Aventuras en Tokio

Para mí cualquier viaje supone un desafío monumental. De hecho, ir a Córdoba desde Granada es (casi) un viaje al extranjero. Soy un vago de los andenes y de las dársenas, un lento para hacer maletas, un inútil con los tickets y reservas. Lo que viene siendo un desastre con bultos.

Pero eso no me impidió pasar una tarde en Tokio.

Andaba yo perdido por las inmensas calles de la urbe, impresionado por la gran cantidad de anuncios gigantescos, luces estridentes, voces chillonas, escaparates imposibles, veloces taxis, marabuntas infrahumanas, noche sin estrellas... cuando me encontré con una extraña mujer occidental de ojos verdes y sombrero extravagante.

¡Hola!

Me pareció una señorita de belleza atemporal, como si hubiera cumplido 22 años en los noventa del siglo pasado y se resistiera a envejecer. Me resultó una tipa interesante, a pesar de que alguna arruguita poblaba su frente y sus manos ya no eran de colegiala. En un chás, intuí que guardaba multitud de historias en su interior que debía conocer.

Quizás por solidaridad (o porque no le quitaba ojo de encima), la chica paró el tiempo y me tendió la mano. La segunda maniobra fue bastante fácil y sencilla, pero lo de detener el circuito temporal momentáneamente le costó lo suyo (los pormenores de tal escaramuza tuvieron algo que ver con Momo y los hombres grises, pero ya veremos si me acuerdo de contarla en otra ocasión).

─Me llamo Amélie.

─Ehmm... yo no.

─Estupendo. De todos los pieles blancas que hay por aquí, me ha tenido que tocar el más tonto.

Sin mediar más palabras nos adentramos en un gran Starbucks. No exagero cuando digo que he visto grandes almacenes más pequeños y menos blancos que aquella monstruosidad. Pedimos dos cappuchinos y nos resguardamos del gentío en una esquina con vistas al tremendo dragón de aceras blancas e hileras interminables de automóviles.

Amélie era belga, pero había nacido en Japón y había vuelto en busca de sus raíces. Ella decía que se consideraba nipona y que profesaba un profundo amor a la cultura oriental. Trabajaba en Yumimoto, una multinacional en la que las cifras de dinero eran tan excesivas que podrían agobiar fácilmente al Tío Gilito. Aunque teóricamente tenía un contrato como intérprete, la verdad es que su periplo por la empresa era de lo más penoso: desde trabajos absurdos de contabilidad hasta servir como camarera e incluso limpiadora de los cuartos de baño. Todas, todas las humillaciones del mundo caían día a día sobre su cabeza como la espada de Damocles.

Se encontraba agobiada y afligida por el doble handicap de ser mujer y occidental en un mundo en el que las jerarquías y las absurdas burocracias son tan duras e inamovibles como el peñón de Gibraltar. Sus lamentables peripecias, aderezadas con un amor oculto hacia su superior inmediata, se complementaban con lúcidas reflexiones sobre la mujer en Japón:

Si por algo merece ser admirada la japonesa -y merece serlo- es porque no se suicida. Conspiran contra su ideal desde su más tierna infancia. Moldean su cerebro: «Si a los veinticinco años todavía no te has casado, tendrás una buena razón para sentirte avergonzada», «si sonríes perderás tu distinción», «si tu rostro expresa algún sentimiento, te convertirás en una persona vulgar», «si mencionas la existencia de un solo pelo sobre tu cuerpo, te convertirás en un ser inmundo», «si, en público, un muchacho te da un beso en la mejilla, eres una puta», «si disfrutas comiendo, eres una cerda», «si dormir te produce placer, eres una vaca» etc. Estos preceptos resultarían anecdóticos si no la emprendieran también con la mente.

Porque, en resumidas cuentas, la estocada que, a través de todos estos dogmas incongruentes, se ha asestado a la nipona es que nada bueno debe esperar de la vida.

Nothomb, Amélie (2000). Estupor y temblores (Stupeur et Tremblements). Trad. de Sergi Pámies. Barcelona: Editorial Anagrama.

Me contó una historia hiriente y supurante de ironía y mala leche sobre los preceptos más absurdos y delirantes de la cultura japonesa. De forma ágil y espontánea, la belga conjugó multitud de anécdotas sobre tareas incomprensibles y tiránicos jefes con jirones de pensamientos que me dejaron cavilando durante largo rato.

Quedé un poco patidifuso y con un sabor de boca agridulce. Ignoraba que las relaciones sociales en Japón fueran tan extremadamente jerarquizadas y que, en definitiva, pudiera ser tan complicado para un occidental encontar la felicidad en el trabajo. Se me quitaron las ganas de volver por allí.

Este feo asunto me desanimó un poco y me robó el sueño por la noche. Yo, que siempre intento evitar el choque cultural en mis viajes y lecturas, porque allá donde fueres, haz lo que vieres. Me quedó bien claro que no todo se resuelve con buena voluntad, ojos abiertos y actitud respetuosa ante las costumbres del Otro, el diferente, el que nos muestra que la realidad es muy diferente desde sus gafas.

Y es que, que haya una cultura milenaria que desprecia a las mujeres y que muchos japoneses se crean superiores a los occidentales (y viceversa) no es, como diría un amigo mío, un asunto baladí.

Con todo, me sentí un poco identificado con la protagonista del relato. Al fin y al cabo, es tanto un reflejo de la sociedad japonesa como un ataque directo a la vida en las multinacionales de todo el mundo. Todos los oficinistas grises (entre los que me incluyo) hemos sufrido alguna humillación o algún jefe incompetente en las altas esferas... incluso hemos cargado con la mierda de algún superior pelota endiosado.

Es ley de vida, parece ser. En Japón y en todas partes.

Dije adiós cortésmente a mi joven-pero-no-tan-joven nueva amiga  y me adentré de nuevo en los intrincados laberintos de la ciudad. Conforme ponía el pie en la calle, Amélie no tuvo más que reanudar el discurrir del tiempo con un chasquido de dedos y desaparecer en el interior de su sombrero. Los detalles de la desaparición los contaré algún día (o no).

***************

Me dirigí hacia la boca de metro más próxima con la intención de ir a ningún lado en particular. Caminaba aturdido por el cansancio y atónito por lo que me acababan de contar. Bajé unas sucias y amplias escaleras que conducían a una plataforma de andenes de baldosas blancas y relucientes. Cientos de personas se agolpaban allí, entraban y salían, se dirigían a las taquillas como autómatas. Sentada en un pequeño asiento naranja, divisé a una Scarlett Johanson de 19 años que ojeaba una revista con evidente desinterés.

"No tengo nada que perder" pensé y me dispuse a perseguirla como un fantasma aficionado al espionaje.

La verdad es que la chica era (es) muy guapa, pero la encontré un poco insulsa, no como en otras ocasiones. Deambulaba de un lado para otro sin demasiado criterio, mohína y melancólica como una tarde de otoño lluviosa bajo un portal sin abrigo y sin tabaco. Una belleza desangelada en un entorno desconocido, desconcertante y hostil.

Estoy triste y contemplativa cual florecilla atrapada en una maceta ante la crueldad de la lluvia...

Afortunadamente, Bob Harris (Bill Murray), un actorazo venido a menos en viaje de negocios, la estuvo rondando todo el rato y prendió la chispa de diálogos tan insulsos y sublimes que un humilde mortal no acabó de entender más allá de su sentido primigenio.

Charlotte (Scarlett J.) : ¿Qué hace usted por aquí?

Bob Harris: No me trates de usted... descanso de mi mujer, olvido el cumpleaños de mi hijo y gano dos millones de dólares por anunciar un whisky en lugar de hacer una obra de teatro.

C: Oh.

B.H.: Lo mejor es que el whisky es bueno.

Pero eso no importaba demasiado: lo importante aquí era comprender que ambos estaban solos en una metrópoli que los atrapaba y ahogaba con tenazas de Godzilla porque eran unos incomprendidos en busca del amor, la amistad o el Ratoncito Pérez. Realmente, a mí no me quedó claro qué les pasaba.

Estuve a punto de descolgarme varias veces de las contingencias de estos dos por las calles de la capital japonesa, pero decidí quedarme por cabezonería. Además, de mano de Charlotte y Bob, pude maravillarme con paisajes que parecían pintados a mano, inmensas avenidas urbanas y habitaciones de hotel sombrías y lujosas. Fui testigo del sufrimiento continuo de la chica y de la resignación de él ante el declive su carrera artística.

Conocí también a una petarda norteamericana (Kelly, Anna Farris) y al megachupiguay del marido de Charlotte (John, Giovanni Ribsi), cuya presencia en mis andanzas por el Imperio del Sol se me antojó irrelevante, innecesaria y hasta molesta.

Vi a ambos saltar de escena en escena con maestría, pero con frialdad y pocas ganas de vivir. Fui con ellos a una fiesta, cantamos en un karaoke, estuvimos en un par de restaurantes... incluso hubo algún que otro momento en los que pensé en marcharme, pues parecía que se iban a dejar de tonterías y pasarían a la acción. Pero no pasó.

Tuve que conformarme con la interpretación de Bob en su anuncio de whisky...

... y con unos planos brillantes del Tokio nocturno y de Scarlett mirando por la ventana con expresión lánguida y taciturna.

Que a todos les quede claro que soy la persona más desgraciada y con más mundo interior del planeta.

Poco más pude sacar de estos dos, más allá de una destacable banda sonora y una marcada tendencia de Sofia Coppola (la mandamás de la parejita) al gafapastismo más deprimente.

Probablemente sea mi culpa, que no capté el mensaje porque soy un cazurro. Porque sé que estuvieron solos, que ni siquiera se tocaron un poco, pero que les hubiera gustado mucho. Eso lo pillé la segunda vez que los vi hablar sobre trivialidades en un restaurante. Lo de ellos era un amor nunca consumado, sí. Tensión sexual nunca resuelta, vale. ¿Qué más? A lo mejor, en algún lugar secreto se escondían diez mil significados ocultos que no logré descifrar.

O quizás es que nos hayan querido vender una moto pretenciosa y soporífera, un paquete vacío bajo un envoltorio de intenciones trascendentales y elevadas en la cima más alta de las almas más estrechas a las que un simple mortal como yo jamás podrá acceder.

En cualquiera de los casos, si no fuera por Tokio, hubiera sido un pestiño inconmensurable.

Y, además, hay que mirar el lado bueno: he viajado 11.084,86 kilómetros (6887.82 millas según Tu Tiempo) sin moverme del sillón.

Un momento, un momento...

Dos (o tres) puntualizaciones rápidas y dejo de dar la tabarra por hoy:

1) Lean Estupor y temblores (Amélie Nothomb 2000, editado por Anagrama, actualmente en su octava edición). Cómprenlo, róbenlo, descárguenlo de internet, pídanlo por Reyes, por sus cumpleaños o por el día de su santo. Es una novelita corta, autobiográfica, magnética, magnífica, fabulosa, estupenda, divertida, entretenida, maravillosa... y se lee de un tirón. Y de paso, vean la película y me cuentan.

2) El mundo se divide entre los que aman Lost in Translation (2003) y los que la odian o les provoca indiferencia. Solo la interpretación de Bill Murray, la fotografía de Lance Acord (una obra maestra) y la banda sonora de Kevin Shields hacen que la película sea soportable y se deje ver. Pero, bajo mi punto de vista, no hay nada más. Es una idea estirada hasta el infinito durante 105 minutos en la que los personajes vagabundean de mala forma, hasta que el chicle no sabe a nada.

No pude perderme en la traducción porque el texto de origen apenas existe.

Pero, oigan, que es mi opinión y es tan válida como un pimiento del Mercadona.

Perdido en sueños

─Que no es posible, ostias. Eres mi padre y te quiero mucho, pero lo que me dices es una burrada como un castillo.

─Que sí, hombre. Solo tienes que tener mucho cuidado y sacarla al balcón cuando llegues. Y no la pongas junto a los huevos de granja porque puede coger una depresión.

─¿Pero se puede saber para qué la quiero yo? ¡Si no le voy a sacar ningún provecho!

─Como se nota que eres joven y no tienes ni idea de nada. ¿Tú sabes la de paseos al supermercado que te va ahorrar? ¿Y lo cómodo que es tenerla siempre a mano en casa?

─¡Que no me da la gana! ¿Para qué quiero yo una vaca en la maleta?

En ese momento aparece Leonardo DiCaprio acompañado de Ellen Page y su eterna mirada de sabihonda. En exactamente 30 minutos (largos como un día sin pan, pues resulta que el tiempo aquí se dilata como un chicle y apenas equivale a décimas de segundo de vida real) me explican que están en mi subsconciente, que mi padre y la vaca son una proyección del susodicho y que vienen a que les dé la clave de la tarjeta de crédito o me matarán de una patada. O, lo que es peor, harán que sueñe dentro de mis sueños en repetidos círculos hasta el infinito y me quedaré perdido en el Limbo para siempre.

Como de costumbre, estoy enfrascado en una complicada operación aritmética con la calculadora. La oficina está desierta y yo estoy tan feliz por tan insólita circunstancia: esos bastardos nunca paran de montar jaleo. Suena el teléfono y un señor me amenaza con clavarme astillas en las uñas de los pies si me niego a pagar una factura que ni tengo, ni sé dónde está. No me queda más remedio que dejarle que me insulte hasta que entre en razón y me pida hablar con mi jefe. Me sucede todos los días, no hay razón para inmutarse.

Como me aburro demasiado, dejo al furibundo en espera y me asomo a la ventana. La vista no es gran cosa: tan solo un pequeño callejón con olor a frituras varias y el ventanal de otra oficina, probablemente tan gris y cansina como la mía.

De repente, las tiendas comienzan a explotar por los aires a cámara lenta y las aceras crecen y crecen, en entramados imposibles que me es imposible explicar. Los muros parecen de goma y se estiran y contraen a mi voluntad. Por todos lados aparecen grandes espejos y creo ver a Marion Cotillard empuñando una pistola. Me imagino mi existencia corriendo a través de un frondoso laberinto en busca de mi imagen real.

Una destartalada furgoneta aparca violentamente en mitad del callejón y Leonardo DiCaprio y su tropa se bajan de un tirón, visiblemente alterados. Las explosiones se suceden como truenos y parece que la ciudad va a explotar de un momento a otro. Mientras tanto, Marion contempla la escena con su mirada de hielo, le pega un tiro en la pierna a Joseph Gordon-Levitt y se marcha por dónde ha venido, tan tranquila.

A mí tampoco me importa, la verdad.

Despierto en una cama de matrimonio a los pies de una gran cordillera cubierta de nubes. No conozco el lugar, por lo que asumo que estoy en los confines del universo.  Estoy contento, me siento bien y sorprendentemente me parece lo más natural del mundo. Tras desperazarme y desayunar un rico zumo de bayas del bosque que me ofrece un oso amoroso que anda por ahí, corro al encuentro del Capitán Kirk, que está obsesionado con subir una montaña.

"Vaya chalado" ─me digo para mis adentros, tras irme de allí.

Acto seguido me dispongo a escalar un montículo no muy alto, con escalones y olor a pastel de mármol. La tierra se va desmoronando a cada zarpazo y un compañero de trabajo disfrazado de Super Mario Bros (¡!) aparece súbitamente en mi hombro como un ángel de la guarda, me da ánimos e intenta convencerme de que no me voy a caer...

... lo cual no sirve de nada, pues toda la naturaleza se aplana súbitamente y se da la vuelta como un calcetín, formando una especie de pozo en caída libre. Me siento como Alicia precipitándose al fondo del agujero...

...y me despierto sobresaltado, con la garganta seca y enterrado bajo una manta de palomitas. La magnífica banda sonora de Hans Zimmer acompaña los créditos de Origen de forma sublime. Todos los espectadores se levantan poco a poco de sus sillones y comentan lo que han visto con interés. Cada uno tiene una teoría sobre el final, una interpretación diferente. A mí me parece que todo es más simple de lo que nos han querido hacer creer, pero me reservo mi opinión para la copa de después.

Aún estoy aturdido, cansado y un poco decepcionado por lo que he visto. Tengo la sensación de que es una buena película, pero que pudiera haber sido excelente. Hay buenas historias, pero son demasiadas y están contadas con poco brío. Con el trauma de Dom Cobb (DiCaprio) hubiéramos tenido de sobra, y habría habido tiempo de desarrollar el resto de personajes como Dios manda. Uno se queda con la sensación de que la panda de ladrones (el elegante Arthur, la repelente y enamoradiza Ariadne, el graciosillo Eames) está poblada de personalidades interesantes, llenas de ricos matices que quedan mal esbozados, como un dibujo infantil. Solamente se nos muestra al protagonista en su plenitud y no dista demasiado del estupendo (y bastante superior) Teddy Danniels de Shutter Island. De hecho, a mí me montan un prólogo explicativo en el que, debido a las mas enrevesadas argucias argumentales, se sacan de la manga un Shutter Island II con el mismo personaje metido a ladrón de sueños y me lo creo a pies juntillas. Si puestos a dejar volar la imaginación, que no quede.

Por otra parte, la película redunda en soporíferas explicaciones teóricas y escenas de acción repetitivas montadas como un videojuego (véase el insufrible sueño en la nieve).

A su favor, hay que destacar que Christopher Nolan mete un gol por la escuadra a la productora y nos entrega un ensayo filosófico en forma de folletín novelesco de misterio. Estamos ante una película valiente, distinta, entretenida y pretenciosa a partes iguales.

Hacía mucho tiempo que no presenciaba debates tan acalorados sobre las dobles lecturas de una historia. Y eso es sano porque permite que algunos se queden en la superficie, mientras que otros intenten buscar nuevos significados y se afanen en construir delirantes teorías sobre la nada. Así, habrá quién cuente que la película funciona a tres niveles llenos de complejidad que justifican las interminables escenas a cámara lenta y habrá quien se beba una Coca-Cola, diga que no está mal, que hay que verla, pero que no hacían falta 148 minutazos para tanta chorrada.

Adivinen en qué grupo se sitúa este humilde servidor.

Mi primera vez

Vamos a ver, madre. He hecho los deberes, te he ayudado a quitar la mesa, he fregado los platos (y no lo he puesto todo hasta arriba de espuma, que conste), me he comido las habicholillas verdes, no me he peleado con mi hermano, tengo la habitación ordenada, me he borrado las calcomanías de las Tortugas Ninja (¡dolor!, ¡orgullo herido!), he ayudado a papá con el coche y anoche me acosté a las 22.30, en plenas vacaciones navideñas y con los dientes limpios. No hay razón ninguna por la que no me puedas llevar al cine.

Me imagino en la cocina, formalito y de pie, impertérrito como un militar de la Marina estadounidense. Mi madre, todo amor y sabiduría, probablemente seguiría con sus quehaceres un rato más sin hacerme caso: el justo para que me pusiera nervioso perdido y mis pies comenzaran el taconeo tosco de las botas de pies planos infantiles. Después, me acariciaría la cabeza suavemente, palparía mis mejillas coloradas, notaría la respiración entrecortada, sonreiría cómplice y diría algo así como:

Bueno, vale. Trae el periódico y echaremos un vistazo, a ver qué te apetece. Petardo, que eres un petardo.

Me gusta pensar que fue así (sinceramente, no creo que diste mucho de la realidad: con ocho años era un resabidillo insufrible) y me enfada lo curiosa que es la memoria a veces. Me acuerdo exactamente de todo lo que pasó aquel 25 de diciembre de 1992, menos de cómo me las apañé para que me llevaran a ver La Bella y la Bestia. Cómo lo pedí, qué argumentos di, qué argucias probé. Si estaba nervioso o no, o si me emberrinché demasiado. Cachis en la mar.

Sin embargo, recuerdo la larga cola en la taquilla de un cine que ya no existe, en una ciudad de provincias que hace ya mucho tiempo que dejó de ser lo que era. El olor a palomitas, los niños haciendo jaleo, las figuras de cartón que entonces me parecían inmensas. El suave tacto de la mano de mi madre, las luces rojas de la cartelera, la pequeña taquilla con minitaquillera incluida. Podría -si fuera posible visitar la sala de nuevo- señalar dónde me senté y despegar el chicle de fresa que dejé en alguna parte del respaldo de la butaca de delante. Seguro que las pruebas del carbono 14 me darían la razón.

Fui en una ocasión años antes, pero es imposible que me acuerde. Era un bebé al que porteaban como un paquete con la etiqueta Frágil en la frente y que, irremediablemente, iba siempre con mis padres y mi hermano.

Me han contado que la primerísima vez fue en un cine de verano de un pueblo de la costa, que hacía fresquito y que me pasé todo el rato embobado y sin pestañear. Contaba 1 añito y no lloré ni un segundo. Según mis cálculos, la película ya llevaba tres años estrenada cuando la vi, pero el retraso me parece bastante comprensible: estamos hablando de la España de los ochenta, en el último cine de verano del último pueblo costero del sur más inhóspito. Eran los tiempos de Parchís y sus sucedáneos y las repeticiones en bucle daban mucho de sí. Además, ya se sabe que todo es posible en Granada (frase que me viene al pelo para recordar una de las películas más bizarras del mayor genio de la canción española, al que le tengo especial cariño porque era el favorito de mi abuela).

La vuelta en mundo en góndola (Chispita y sus gorilas, 1982)

Desde entonces, he ido muchísimas veces y he visto cientos de películas. La Bella y la Bestia inauguró una tradición intocable: había que ver todos los estrenos navideños Disney, a toda costa. Quise ser el genio de Aladdin (1992) y me indigné cuando murió Mufasa (El Rey León, 1994). Pero no solo de Disney vive el niño: también aluciné con el Guardián de las Palabras (1994), me partí de risa con Los Picapiedra (1994, la única en la que mi padre no se quedó dormido y que todavía vemos con ilusión cuando la ponen en la tele) y me quedé frío con Cásper (1995).

Posteriormente tuve un grupo de amigos (época dorada: desde los 10 a los 18. Los volvería a vivir hasta la Eternidad y no me cansaría)  y me tragué todo -absolutamente todo- que tuviera tiros, peleas, catástrofes naturales y persecuciones. Hasta Deep Impact (1998), que será siempre recordada como Mi Primera Gran Decepción Cinematográfica en Pantalla Grande.

A mí también se me quedó esa cara de susto con semejante truño.

Hubo un tiempo en el que decidí que no hacía falta molestar a nadie y me aventuré a visitar las salas en solitario. No es una práctica que me guste mucho, pero reconozco que a veces hace falta. Recuerdo con especial cariño Y tu mamá, también (2001) en un centro comercial a las cuatro de la tarde. Aún no se me ha olvidado la sonrisilla del tío que cortaba las entradas (amigo mío, por cierto) y su manoseada broma sobre la soledad del vicio onanista y solitario. Qué sabría él del buen cine.

Creo firmemente que uno es, en gran parte, lo que ha visto en las butacas. Mi bagaje cinematográfico es limitado e ingenuo: muchos dibujos animados, muchos telefilmes de sobremesa, demasiados grandes estrenos, casi todo el cine español, los clásicos que mi familia adora y alguna que otra película de las denominadas "independientes", que, salvo excepciones, siempre me parecen sobrevaloradas y convencionales. Pero me siento orgulloso y agradezco muchísimo que me inculcaran el amor al Séptimo Arte.

Al fin y al cabo, cuando termina el trabajo, cuando la vida no sonríe, cuando el frío hiela el alma o el calor derrite las meninges, cuando estamos solos o bien acompañados, cuando las horas se amontonan como losas de piedra sobre la espalda... ¿a quién no le apetece una buena peli?

Tres días de aburrimiento

Página oficial

Título original: "Tres días con la familia" ("Tres dies amb la familía").

Directora: Mar Coll.

Año: 2009.

Duración: 86 minutos.

Género: Drama.

País: España.

Reparto: Nausicaa Bonnín, Eduard Fernández, Philippine Leroy-Beaulieu, Francesc Orella, Ramón Fontserè, Aida Oset, Artur Busquets, Amalia Sancho, Isabel Rocatti, María Ribera.

Guión: Mar Coll y Valentina Viso.

Ficha en IMDB

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Odio no entrar en las películas. Por no entrar me refiero, obviamente, a no identificarme con ninguno de los personajes (ni con el protagonista, ni con el amigo tonto, ni con el padre sufridor) y, por tanto, quedarme con las ganas de evadirme por un rato de la rutina. Tampoco es pedir mucho. De hecho, creo que el Séptimo Arte se inventó (más bien: debió haberse inventado) con ese loable propósito.

Antes de rasgarse las vestiduras, habría que pararse a analizar el asunto con detenimiento. No se trata, por ejemplo, de rodar solo películas fantásticas o de acción. La dicotomía no está en elegir entre el enésimo ejercicio fílmico de concienciación social de Fernando León de Aranoa y el último espectáculo palomitero de Bruce Willis dando ostias por doquier mientras que su mascota, un simpático chimpancé con pajarita, se entretiene en beber sus propios orines para el deleite del público más elemental. Tampoco estoy diciendo que la única finalidad del cine tenga que ser, obligatoriamente, la de hacernos pasar un buen rato. También se aprecia que nos haga sentir incómodos (Funny games), cagarnos de miedito (Al final de la escalera) o reflexionar sobre la podredumbre que nos rodea (La vendedora de rosas, que, por cierto se puede ver online aquí). En todo caso, el quid de la cuestión es despertar emociones en el espectador... y aún mejor si perduran tras los créditos del final.

Por alguna extraña razón que no acierto a entender, un importante sector del cine español se empeña en reflejar la realidad punto-por-punto a toda costa. Lo cual no tendría nada de malo sino fuera porque la vida, como la mayoría de las cosas, puede ser un coñazo de dimensiones estratosféricas. Además, los guiones siempre tocan los mismos temas y desde los mismos ángulos. Uno sabe qué va a pasar desde el primer momento, lo que no ayuda a mantener el interés de ninguna de las formas (para que conste en acta: un servidor realiza esfuerzos sobrehumanos y -salvo pestiños insalvables- se traga todas las películas enteritas) y así nos luce el pelo cuando se compara nuestra ficción con la francesa o la británica, por poner un par de ejemplos cercanos.

"Tres días con la familia" es un claro ejemplo de este cine tan poco necesario. Cuenta la historia de Léa (Nausicaa Bonnín), una joven veinteañera que tiene que volver a Girona para el velatorio y entierro de su abuelo. Vive en Toulouse, tiene un novio de allí, quiere dejar los estudios de ingeniería y montar un bar. No encaja del todo en su familia por ser bastante retraída y estar muy harta del juego de apariencias que se traen entre todos. Su padre (Eduard Fernández) es lo que viene llamándose un tipo "cuchara", esto es, que ni pincha, ni corta, ni opina, ni hace nada. La madre (Philippine Leroy-Beaulieu) se siente anulada completamente porque se ha pasado 25 años con un tío más anodino que el agua del grifo ("un amante de la verdura hervida", dice ella, en el quizás único momento verdaderamente divertido del film). Los demás miembros del clan pululan por el metraje de forma pulcra y ordenada, respondiendo más a un arquetipo que otra cosa: el tío gruñón y prepotente que siempre da lecciones a todo el mundo, el sobrino pijo que se esfuerza en ser la sombra de su padre, el primo rarito, el buen hijo, la tía cotilla, la tía rebelde e intelectual, etcétera. Todos están caracterizados a brochazos y sus cuitas son tan insustanciales que ni nos afectan, ni nos importan.

El problema no estriba en que no te creas a ninguno de los personajes (para eso está Two Lovers, a.k.a "Historia aburridísima de los amantes de cera"), sino en que todos son tan rematadamente reconocibles que provocan el hastío. Ni emocionan, ni sorprenden. No hay conflicto dramático. Tres días con la familia es precisamente eso, tres días de una familia burguesa catalana. Todos con traje, coches bonitos, casas grandes y macarrones para almorzar. Un rollo repollo, como la vida misma.

Y, cuidado, que nuestro cine es rico en películas de corte realista que sí funcionan. Así a bote pronto, se me ocurren todas las de Icíar Bollaín (si Flores de otro mundo no te inspira ternura alguna, ve al médico a que te curen tu piedrocardiopatía), El bola (2000), ¿Y tú quién eres? (2007) y, la mejor con diferencia, Una palabra tuya (2008). Incluso Azul oscuro casi negro (2006), siendo también bastante plomo, conseguía empatizar con el espectador. Sin embargo, el film que nos ocupa solo nos arranca bostezos e indiferencia, pues da la sensación de que nunca va a arrancar. Cuando parece que va a haber algún pico de tensión, llega el personaje de turno y expone el problema de viva voz, a lo bestia. Así no hay forma de quedarse intrigado con nada, oiga.

En el lado positivo de la balanza, habría que destacar la actuación de casi todo el elenco (incluso la tía escritora superpija y divina que cuenta chistes en el funeral, a pesar de que chirría un poco) y una realización estupenda, con poderío y bonitos exteriores. Eduard Fernández está sublime como padre inexpresivo y aburrido. No conocía a Nausicaa Bonnín y la verdad es que me extraña que no haya habido todavía ningún productor de televisión que le haya ofrecido un papel en alguna serie. La actriz lo borda y espero que tenga muchas y mejores oportunidades. También destacan Ramón Fontserè, en un papel muy poco agradecido y demasiado caricaturesco (aunque, al César lo que es del César, yo tengo un tío así) y Philippine Leroy-Beaulieu, como el personaje más auténtico, quizás el único al que le corre sangre por las venas.

Por lo demás, no me queda más que alabar el trabajo de dirección (Premio Goya 2010 a la Mejor Dirección Novel), pues se nota que la joven Mar Coll sabe lo que se hace: la historia va al grano y la dirección de actores procura que todos estén en su sitio, con escenas magníficas como la del desayuno de silencios incómodos entre padre e hija (cartón de leche "Hacendado" incluido).

Ya solo hace falta un poco más de atrevimiento (y de dinero) en la industria cinematográfica española para contar historias diferentes (Celda 211) y tendremos la batalla ganada.

Talento no falta.

Aquellas maravillosas secretarias de España

Título: "Las secretarias"

Director: Pedro Lazaga

Año de producción: 1968

Guión: Pedro Masó, Rafael J. Salvia

Reparto: Rafaela Aparicio, Florinda Chico, Antonio Casas, Teresa Gimpera, Sonia Bruno, Paca Gabaldón, La Polaca, Mary Carrillo, Juanjo Menéndez.

Duración: 85 minutos

País: España

Ficha en IMDB

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Lo mejor de las películas de "Cine de Barrio", ese cementerio de elefantes de la 1, es que tienen un interés antropológico innegable. La mayoría de ellas  ("españoladas" se les llama despectivamente) funcionan como un acertado reflejo caricaturesco de la sociedad (tardo)franquista. Su calidad cinematográfica es más que discutible, pero no su fidelidad a los valores, tradiciones y esquemas mentales que imperaban en las casas del españolito medio en aquel entonces.

"Las Secretarias" (Pedro Lazaga, 1968) es un ejemplo claro de la tendencia exagerada al realismo patrio con tintes costumbristas. En otras palabras: personajes estereotipados hasta la náusea, planos infinitos de piernas bonitas y diálogos sonrojantes. No obstante, hay un fondo de verdad en todos y cada uno de los problemas de estas atribuladas amazonas de vestidos caros, cigarrillos interminables y maquillajes imposibles que luchaban por hacerse hueco en un mundo dominado por el hombre.

Bajo la perspectiva de joven bienpensante nacido en los ochenta, lo cierto es que la imagen de la mujer presentada en la película llama la atención por su ingenuidad y crudeza. Han pasado cuarenta y dos años desde su estreno y las cosas han cambiado mucho. O quizás no.

A mí me da en la nariz que bastantes situaciones machistas que salpican esta obra se dan aún hoy en día en nuestro cacareado siglo XXI. Hagamos, pues, un breve repaso:

  • Una de las secretarias (Teresa Gimpera) abandona el trabajo en la oficina tras casarse porque tiene que dedicarse a ser la "señora de la casa". Hasta le prepara el café con leche a su marido.
  • El personaje de Paca Gabaldón (a la que llaman "la frívola") presume de ser la más sobada por los superiores y de cambiar de jefe cada tres meses.
  • Uno de los jefes se enrolla con la secretaria interpretada por la Polaca (fallecida hace poco, D.E.P.) y si te visto, no me acuerdo. Como no podría ser de otra forma en una dramedia social de estas características, la chica (joven, guapa, marchosa, emprendedora) lo pasa fatal e intenta suicidarse a base de pastillas.
  • Por último, la secretaria a la que da vida Sonia Bruno acaba encontrando el amor con el cerebrito de la oficina (Juanjo Menéndez), el típico feo, tímido y apocado al que nunca habían dado un beso. Esto no tendría nada de particular... si no fuera porque desde el minuto 1 de la película se nos presenta a Sonia (lo siento, no me quedé con ningún nombre de los personajes) como la más alocada, la más libre, la más excéntrica, la más pasota, la más lista, la más desinhibida y la más todo del grupo. Vamos, que los guionistas necesitaban redimirla a toda costa.

Al final, tan solo la primera secretaria se salva de la quema, ya que pronto se aburre como una ostra en casa, manda al marido a hacer gárgaras (lo que se intuye porque el palomo no sale más en pantalla, no sabemos qué opinaría Franco de ésto) y retoma su vida de secretaria independiente y servicial. Paca y la Polaca se quedan igual: una le da un bofetón al baboso de su jefe de vez en cuando y la otra se recupera y vuelve al trabajo. Y aquí no ha pasado nada, señores.

Así las cosas, el paradigma de mujer moderna y triunfadora que se nos enseña no es mucho más alentador:

  • Jóvenes y guapas. Las mayores y gordas parecen de menor valía profesional. La secretaria más mayor (Mary Carillo) es despedida y readmitida tras la huelga de brazos caídos de las bellas del lugar, mientras que las más rellenitas (Rafaela Aparicio y Florinda Chico) son un mero alivio cómico.
  • Ligeramente aputonadas en el vestir y el caminar. Parece ser que para triunfar en la vida hay que gastarse una millonada en trapitos y darse aires de sex symbol en cada paso. Además, hay que fumar empedernidamente y poner morritos para aumentar la sensualidad del conjunto.
  • Se creen sexualmente liberadas, pero luego se cuelgan desesperadamente del Macho Alpha de la manada. El poder de atracción de la testoterona, que nunca cambia.

Sé que estoy siendo injusto y que no debería hablar así de esta película. Quizás debería centrarme en sus virtudes de esta obra (difíciles de encontrar) y hablar sobre la actuación de tal o cual actriz. Pero es que, una vez más, me hierve la sangre. La historia no me parece tan anticuada como debería, al menos en comparación con el trato desfavorecido que las mujeres sufren actualmente.

Conozco a chicas jóvenes que han renunciado a sus carreras tras casarse y tener hijos y a maridos que lo ven bien. También conozco a alguna "frívola" de la vida y a otras que complementan su brillo profesional y total dedicación a sus carreras con poses impostadas de femme fatale, vestidos cortos y actitudes pretendidas de adoración al hombre.

Sé de muchas que intentan ser las mejores en lo suyo y continuamente se dan de bruces con la realidad del Currículum Vítae en el cubo de basura por no ser las más guapas, o que se resignan a trabajar 14 meses para ganar el mismo sueldo que un hombre en un año.

En "Las Secretarias" aparecen máquinas de escribir Olivetti, calculadoras gigantescas, incluso un ordenador IBM que ocupa una habitación entera. Ves a Rafaela Aparicio introducir varias hojas de papel y de calco en el rodillo de la máquina de escribir para sacar varias copias del mismo documento y te tronchas de la risa. Parece algo rancio, viejuno, pasado de rosca. A uno le hace gracia porque se antoja impensable en la Era de los superordenadores.

Ojalá nos resultara hilarante ver lo catetas y superficiales que eran las secretarias y lo atrasada que estaba la sociedad de finales de los sesenta. Pero, desgraciadamente, no es así.

No hemos avanzado nada.

Escenas de Semana Santa

1) Tres niños juegan con una pelota en la terraza de una cafetería urbana. Son las cinco de la tarde y las conversaciones entre los mayores parecen animadas. En mesas separadas, varias parejas parecen discutir temas tan apasionantes como el gol de Pelayo Oliveira -novísimo fichaje del Real Pepino- en el último partido de la Liga Champiñón, lo cara que se ha puesto la cigala con las pinzas atadas con cordón de oro y que, hay que ver y gracias a Dios, el Señor Hacendado ha decidido elegir nuestro barrio como puesto secreto de operaciones. Ellas lucen peinados imposibles de peluquerías carísimas y gafazas de sol, y ellos, abundantes litros de gomina y jerseys coloridos en los hombros. Vaya panorama.

Vale, lo siento. Durante mucho tiempo he estado buscando mil excusas para enlazar este video y no las he encontrado. Mmmm... vamos a suponer que estamos hablando de Laura, su flamante marido, sus preciosos hijos (todos los que el Señor quiera, obvio está) y su pandilla de amigotes. La ocasión la pintan calva.

En fin, al grano: los niños. Los dos mayores rondan los cinco años, mientras que el más pequeño apenas se tambalea entre el segundo y el tercer año de vida. Los tres van lo suficientemente emperifollados como para que los apaleen en el patio del recreo, pero es Semana Santa, no levantan un palmo del suelo y todo vale. Aunque mantienen la raya del peinado, ya llevan las blusas ligeramente sacadas por encima del pantalón (mamá, no mires) y los zapatos de charol lo suficientemente polovorientos para llevarse una buena reprimenda. Los dos mayores (gordos, rubios y algo violentos, futuros votantes del PP) se pasan la pelota entre ellos y pasan tres kilos del pequeñajo. El otro, pobre, no para de ir de un lado a otro suplicando que le dejen jugar.

- Quiero jugaaaaar - grita, mientras llora y patalea, desconsolado.

- No, porque eres pequeño y bla, blo, blu - le responden los gordos.

Nicolasito (llamémosle así) corre en busca de sus pijopadres, que seguramente arreglarán la situación con mucha mano izquierda y mucho diálogo y tal.

Si es que, hay qué ver:  los niños crecen, las familias cambian, hay cada vez más playstations y ordenadores por casa... pero los conflictos de la infancia siguen siendo los mismos.

2) Tras una agradable y alcoholizada soirée de miércoles noche, varios amigos se encaraman a la cuesta más empinada del Sacromonte de Granada para ver una procesión. Ninguno de ellos es demasiado creyente, pero qué más da. La chica más guapa de la comitiva confiesa que nunca ha visto un paso de Semana Santa a sus 24 años y eso hay que solucionarlo como sea.

Durante la espera -mucho más sobria y serena de lo que cabría esperar-, multitud de temas se pisan y enlazan, en una lucha constante contra el frío gélido de las dos de la mañana. De golpe y porrazo, el mundo entero se funde silencio y aparece el Cristo de los Gitanos en su cruz. Cien lumbres aparecen de la nada y tan solo se escucha el murmullo de un tambor y una saeta, cantada por alguien a quien no se consigue divisar.

Aún desde una posición de descreimiento y agnosticismo radical, he de admitir que es un bonito espectáculo.

3) Un músico callejero irlandés conoce a una vendedora de flores checa y se enamoran. Ella le pide que le arregle la aspiradora, él le propone tocar una canción juntos. Todo empieza en Grafton Street (Dublín) y termina no demasiado lejos. Inundados por una marisma de canciones tristes, nos dan una lección sobre lo que es el amor verdadero y todo parece tan cierto que cualquiera diría que es una película. Se llama "Once", la dirigió John Carney en 2006 y está protagonizada (cantada, mejor dicho) por Glen Hansard y Markéta Irglová. Es una gran película pequeña, de las que llegan al corazón si no te pillan con el pie cambiado.

I don't know you / But I want you

"Once" está hecha con cuatro duros, tres de ellos destinados a la producción de la estupendísima banda sonora. La historia es un poco predecible, pero lo es tanto como la vida misma y por eso se disculpa. Todos los personajes están profundamente desarrollados y en su lugar, como el padre del protagonista o el chulillo irlandés que les alquila el estudio de grabación. La música compuesta por Glen Hansard (líder de The Frames) es excepcional y salpica el filme de contrapuntos de emoción bastante potentes. Es una película muy recomendable y alejada de lo que suele verse en Semana Santa (pero qué pasa, veo lo que quiero, paso de "Ben-Hur" y "Rey de Reyes": soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, ¿sabes?), pero hay que verla si se quiere ser una persona de provecho. Punto redondo.

4) En su huída de las procesiones, un padre y un hijo se refugian en un bar. Media hora y dos cervezas más tarde, se dan cuenta de que están más cerca de nunca. De que los problemas del hijo fueron antes los del padre, y de que el hijo tiene la madurez suficiente como para comprender a su progenitor en todas y cada una de sus decisiones.

El padre paga las consumiciones y ambos se retiran silenciosamente. Todas las cartas se han puesto encima de la mesa, se han mostrado de la forma correcta y lo que es mejor, los dos han ganado la partida.

Una mirada cómplice y un "no se lo digas a mamá" han hecho que esta Semana Santa valga la pena por completo.