Cura. m. Señor con sotana que se sube a un púlpito y lee un libro de aventuras genial. Muchos creen que hablan sobre verdades generales, lo cual estaría muy bien si no se empeñaran en llenar las cabezas huecas de ideas lacias. En un mundo ideal, estaría en nuestra mano hacerles caso y trabajarían únicamente en sus talleres (véase Iglesia). Suelen ser inofensivos y algunos (fíjate tú lo que son las cosas) son buenas personas. Los hay que son muy amigos de los niños, por lo que se desaconseja que se les acerquen demasiado... por lo que pueda pasar.
Dieta. f. Plan que muchos comenzamos cada 1 de enero para rendirnos ante las sobras de Nochevieja al mediodía. Consiste en privarse de uno de los principales placeres que nos quedan (si nos quitan el sexo y las drogas, claro está) con el objetivo de convertirse en seres sublimemente esbeltos. Utopía. Sueño mal entendido. Buena intención que queda en nada.
Iglesia. f. Taller de los curas. Algunas son preciosas y albergan imaginería de gran calidad. Se trata de un lugar respetable con bancos de madera, velas y un monaguillo de tamaño estándar que suele pasar el cepillo (pedir dinero) para los pobres. En lo que a la iglesia se refiere, la palabra pobre cubre un amplio espectro de significados: el pobre cura, sus pobres cenas en restaurantes, sus pobres anillos, el pobre Papa de Roma.
Libro. m. Conjunto de hojas de papel, normalmente de forma rectangular, en la que se dicen muchas cosas. La grandeza de los libros consiste en que hay quien los lee y hay quien los comprende. En palabras del ficticio Premio Nobel de Literatura Prétextat Tach (Higiene del asesino de Amélie Nothomb, otra de mis nuevas obsesiones) todos somos lectores-rana:
[Los lectores-rana] constituyen la inmensa mayoría de los lectores humanos y, sin embargo, no descubrí su existencia hasta muy tarde. Soy tan ingenuo. Creía que todo el mundo leía como yo; yo leo igual que como: no significa únicamente que lo necesito, significa sobre todo que entra dentro de mis cálculos y que los modifica. Uno no es el mismo si ha comido morcilla que si ha comido caviar; uno tampoco es el mismo si acaba de leer a Kant (Dios me preserve de hacerlo) o a Queneau. Por supuesto, cuando digo «uno» debería decir «yo y algunos más», ya que la mayoría de la gente emerge de Proust o de Simenon sin inmutarse, sin haber perdido ni un ápice de lo que eran antes y sin haber adquirido un ápice de más. Han leído, eso es todo: en el mejor de los casos, saben «de qué se trata».
Nothomb, Amélie (1992). Higiene del asesino (Hygiène de l'assassin). Trad. de Sergi Pámies. Barcelona: Editorial Anagrama.
Aunque solamente rocemos la superficie en las lecturas, los libros son fundamentales para sobrevivir. Son una evasión de la realidad, un instrumento de la cultura y un bonito adorno en las estanterias. Ya ven, son todo ventajas: cada vez son más baratos, en las bibliotecas los prestan gratis (¡!) y Amazon ha sacado a la venta el Kindle, el invento más revolucionario desde la rueda o el palito del chupachús.
Mudanza. f. Infierno en la Tierra. Consiste en empaquetar tu vida en cajas de cartón ajadas, transportarlas a otro lugar mejor (o no) y sacarlas una a una para darte cuenta de que ya no encajan en ninguna parte. Entonces, te das cuenta de que aquello ya no sirve porque has cambiado, te has hecho viejo o eres aún más gilipollas. Hay que tener en cuenta que el primer castigo de Dios fue la mudanza de Adán y Eva del Jardín del Edén.
Navidad. f. Época del año en la que se conmemora el nacimiento de un niño en condiciones infrahumanas. La celebración consiste en, básicamente, comer y comprar mucho. Hasta reventar. También se produce una exaltación masiva de la amistad, el amor y buenos sentimientos tan poco comunes como la solidaridad. Pero no hay por qué preocuparse: se pasa en nada.
Sandía. f. Fruto divino que el Señor plantó en la naturaleza para el disfrute de paladares exquisitos. Si la rechazas, eres un memo. Si no te gusta, mereces ser castigado a tragar toda la arena del desierto del Sahara hasta el Fin de los Días.
Trabajo. m. Según la sabiduría popular (a la que yo imagino como un anciano con boina, bastón y palillo en la boca), "el trabajo es salud". También, "el trabajo ennoblece". Desafortunadamente, los miserables también trabajan, aunque traten de no hacerlo y carguen con su mierda a los demás. Lo mismo pasa con los enfermos, puesto que los hay de todo tipo. Los adictos al trabajo son los peores. Los pelotas y los jefecillos de mierda también son, bajo mi punto de vista, enfermos. Enfermos del poder y del ansia de ascender rápido en la cadena trófica (véase ilustración). En fin, al grano: trabajar es todo esto y mucho más. El trabajo puede ser felicidad, monotonía, estrés y las tres cosas a la vez. Pero, sobre todo, aporta un punto de vista adulto a nuestra forma de plantearnos la existencia. Y eso, amigos míos, es algo chachi.
Vástago. m. Palabra super culta y pedante que me encanta utilizar para insultar a alguien con menor coeficiente intelectual que yo (estos especímenes son difíciles de encontrar, pero los hay). Suelo combinarla con "bastardo". ¡Eres un vástago bastardo! suele ser la cerilla que enciende la mecha de mis debates más acalorados. A veces, el improperio va acompañado de un fuerte golpe con un guante de cuero en la mejilla del contrario. Con respecto al significado real del palabro, consulten el DRAE, que para eso está.
Yanqui. m. Colectivo de seres humanos con sombrero de vaquero procedente de los Estados Unidos. No me caen especialmente mal y consumo la mayoría de la basura que producen: hamburguesas, coca-cola, películas, música, etc. Son especialmente ineptos en ciertas cosillas sin importancia tales como derechos humanos, gobierno, política exterior y seguridad social... pero son simpáticos y consumen mucha paella y sangría en los calurosos veranos de nuestra querida España.

