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La Coctelera

Cuando los árboles no dejan ver el bosque

Categoría: Pienso, luego existo

12 Agosto 2011

Nada que decir

Los blogs ─como los diarios─ corren el grave riesgo de convertirse en pesadas odas al egocentrismo de su autor, quien puede resultar repetitivo y grotesco a medida que pasa el tiempo.

Hace falta mucho talento para enfrentarse a una pantalla en blanco al menos una vez a la semana y lograr algo original. También son necesarias grandes dosis de oficio, perseverancia y valor, entre otras cosas. La más importante: disponer de historias nuevas que contar.  De lo contrario el esfuerzo cae irremediablemente en saco roto.

No es bueno que seis de cada siete escritos hagan referencias veladas a tics y complejos ya conocidos, como tampoco lo es alargar la agonía del que está conectado a una máquina de respiración artificial. He de reconocer que tenía expectativas que no he conseguido cumplir: ni he escrito con asiduidad, ni lo he hecho todo lo bien que hubiera deseado. La calidad de los textos habla por sí sola. 

Por ello, he pensado que es buena idea dar un descanso indefinido (que no infinito) a esta bitácora. Al fin y al cabo, ya está acostumbrado a largos periodos de sequía... pero esta vez quiero que sea diferente. Al menos, voy a tener la decencia de despedirme y agradecer las visitas a los sufridores amigos que me han animado a escribir.

Gracias por vuestros comentarios, sugerencias y críticas.

Volveré cuando tenga algo que decir.

Hasta la próxima.

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18 Julio 2011

Con la cara lavada y recién peiná

¿Todavía queda alguien ahí?

No me extrañaría que estuviera hablando solo. Me lo merecería, por no dar señales de vida en más de dos meses y medio. Yo, que me había prometido escribir al menos una vez a la semana.

Hay una batería de excusas importante: mucho trabajo, demasiados cambios, épocas raras, momentos extraños, planes que se van al pique.

Pero, por el bien mental de todos, me ahorraré profundizar en ellas.

En otro orden de cosas, estoy dándole muchas vueltas a qué hacer con el blog. Cerrarlo me sumiría en una profunda depresión y mandaría al limbo muchísimos textos que, por insulsos, absurdos o incompletos, se merecen un lugar privilegiado en mi estantería de afectos personales.

Sin embargo, no sé si me apetece seguir pasando por aquí. El cuerpo me pide un cambio de aires acorde con la nueva etapa (otra, sí) que he comenzado.

De momento, he optado por intentar darle un lavado de cara a este rincón. Nuevos nombres en secciones y etiquetas lógicas y menos divertidas, pero más funcionales (en teoría). Por alguna extraña razón, los señores de La Coctelera no permiten que las tags se relacionen entre sí, ni tampoco hacen nada contra esa horrenda nube de palabras clave, por mucho que he insistido en cambiarlas.

Además, el post número 100 se acerca (este no vale: mi blog, mis reglas) y me apetece celebrarlo con un gran cambio. Quizás una mudanza (mejor dicho, una migración, que suena más técnico y nómada) no sea una mala opción.

En definitiva, no se trata más que de dar una capa de pintura a lo que hay y de probar cosas nuevas.

Ya me aclararé algún día, espero. Mientras tanto, os deseo un feliz verano.

Seguiremos informando.

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18 Abril 2011

Filosofadas

El Punk no está muerto y "Persépolis" es una obra maestra que, entre otras cosas, te hace mejor persona. O al menos, instruye, ofrece nueva perspectivas e invita a pensar. Si yo fuera ministro de Educación, su difusión sería obligatoria en todos los colegios del Estado.

Sabía que estabas preocupado, comprendía tu dolor... y aún así, seguí empeñándome en herirte.

Dicen los expertos que un buena historia debe comenzar con una frase impactante y terminar con un final abierto a interpretaciones. Algo así como el de "Cisne negro" o, si me apuran, el de "El Luchador", pero bien hecho.

La verdad es que no tengo ni idea de crear literatura. Es algo que se me resiste, probablemente porque soy un lector demasiado ocasional y amante de las soluciones fáciles. Además, hay que tener en cuenta el lado duro del asunto. Un escritor es, por lo general, un tío con un cierto dominio del lenguaje, un nivel de pedantería más o menos aceptable y, en definitiva, mucho talento. Los demás somos otra cosa: juntaletras, maestrillos del todo y de la nada, advenedizos infumables.

Fíjense bien en la expresión que he utilizado: crear literatura. No se trata de hacer vasitos de barro, torres con mondadientes o juegos de magia con una baraja española. No. Estamos hablando de dar nacimiento a nuevas realidades, sentimientos, personajes, paisajes... y darles sentido. O lo que es lo mismo: sentarse a escribir algo, hacerlo bien y que perdure en el imaginario de una más que improbable audiencia.

Demasiado arroz para tan poco pollo.

No se estaba mal bajo las mantas. En realidad, la sensación recordaba a una madrugada suave y con olor a suavizante. De todos es sabido que los niños suelen esconderse bajo la ropa de cama para huir de las imposiciones (‘mamá, no quiero a ir al cole, no luches contra ello') y él cumplía ocho años. Bueno, para ser exactos, cumplía veinte más, pero no le importaba.

¿Existe el secreto de la felicidad?

Probablemente sí, no lo niego. Por lo que a mí respecta, todo se rige por la filosofía del cambio repentino. Esto es, tener que cambiar el disco cuando aún estamos disfrutando de la canción número seis. Un rollo, sí, pero hay que hacerlo por necesidad física: simplemente, es necesario arriesgar y seguir el camino correcto.

Vale, como teoría es un churro, sí. Carece de argumentos de autoridad, de citas sesudas y cualquier atisbo de autocrítica. Ni siquiera hay una hipótesis que le sirva como esqueleto, ni unas bases fundamentadas que permitan ponerla en duda.

Pero, señores, que estamos filosofando por placer, sin pretensiones de mejorar la Humanidad o el mundo en modo alguno. Además, no pueden esperar nada bueno de alguien que, ya de primeras, se confiesa inútil para la literatura (ojo: no confundir literatura como creación con el arte de hilar palabras sin ton ni son. Eso lo hace cualquiera).

No obstante, no todo son latigazos para este Indeciso. A veces, en arrebatos de lucidez, me cuestiono asuntos de gran relevancia: ¿hay alguna teoría que merezca realmente la pena? ¿Sirven de algo?

La ventana se abrió violentamente: era lo malo de vivir en el centro de un huracán. Millones de hojas de periódico inundaron la habitación. El aire en el exterior se volvió irrespirable, no había nada que hacer allí. No tuvo más remedio que esconderse en su madriguera.

Muchos vendrán a contarme que los marcos teóricos son útiles para describir la realidad, sí. Otros, más audaces, me dirán que su objetivo es enseñarnos lo que debemos hacer y cómo debemos hacerlo. Eso es muy típico de los americanos y su manía de publicar diccionarios de uso y guías para casi todo.

Personalmente, no creo que una buena teoría pueda sustentarse en suposiciones, modelos, ni demás zarandajas. Incluso algunos modelos de comprobación empírica resultan insuficientes, ingenuos y, en definitiva, falsables. Es como querer escribir sobre Canadá sin haber estado allí, pero con cuestionarios resueltos por canadienses sobre lo que a priori hemos delimitado como sus hábitos de vida. Esto se traduce, para entendernos, en un señor con bigote y grabadora que nos pregunta qué cereales tomamos para desayunar cuando en realidad nos decantamos por tostadas con aceite y tomate.

Un sinsentido.

No entiendo qué haces aquí. ¿Cómo has llegado? ¿Quién cojones te ha abierto la puerta? ¿Por qué te niegas a desaparecer? Lo mejor para todos ─la señora adoptó un tono sublime─ es que te lances por un precipicio o te cuelgues de la lámpara del salón de tu cochambrosa casa. De lo contrario, tengo una bala reservada para ti.

Lo bueno de trabajar en sitios diferentes es que uno se pasa el día en movimiento. Tengo un Ipod con un sentido del espectáculo cojonudo que, en modo aleatorio, es capaz de combinar a las t.A.T.u. con Joaquín Sabina y quedarse tan pancho. Pero eso no es suficiente.

Con frecuencia me imagino aparatosos inventos que deberían construirse ya. Todos implican paradojas temporales, nuevas formas de entretenimiento y realidad virtual (se me ocurren mil fantásticas alternativas al 3-D de las narices) y, sobretodo, pretenciosos estilos de vida. Está la máquina de fotos mágicas, el guantazo del saber, el genio de los sueños y la radio de las apetencias musicales, entre otras muchos artefactos absurdos.

Pero mis ideas (que seguro que alguien las pensó antes y mejor) son, de momento, de aplicación totalmente impracticable. Es una desgracia, sí, pero ni me ofendo, ni me cabreo. Apenas me afecta, de hecho.

Sentado en el borde del universo, asumo con resignación las reglas del juego.

Hacía tanto frío que temían que los reproches quedaran paralizados en el aire. Por ello, decidieron abrazarse con más fuerza.

Parece que está de moda andar siempre preocupados por algo o alguien y quejarse todo el rato. No voy a ser hipócrita: yo mismo lo hago siempre. Me preocupo por muchas fruslerías y dejo las cosas importantes a un lado... y también centro mis esfuerzos en empresas que no requieren más que tiempo y constancia en pequeñas dosis.

Las quejas son, pues, una consecuencia lógica y no queda otra que que aprender a guardarlas en un estuche apropiado para arrojarlas contra el espejo cuando la necesidad de castigarse asome su asqueroso hocico.

¿Por qué te hartas de ti mismo, so imbécil? ¿A qué viene esta rabieta? ¿Crees que se merece esas palabras tan llenas de dolor, ira y vinagre?

Creo que ser adulto consiste, valga la redundancia, en saber crecer: separar el grano de la paja con soltura, buscar la felicidad a toda costa, aprender que nadie se acordará de nosotros cuando hayamos muerto. Si nos paramos a pensar, tampoco vivimos tantos años. Estar en la flor de la vida es una metáfora tan bonita como adornar nuestras tumbas con pétalos de rosa.

No quiero caer en el maniqueísmo del "ama a tu prójimo sobre todas las cosas". Los que me conocen saben que la última vez que pisé una iglesia fue para mi comunión y porque había regalos después. Pero si cambiamos el "ama" por "no fastidies" creo que, a grandes rasgos, se entiende lo que quiero decir.

¿Les he dicho ya que deben ver "Persépolis"? ¿Que es genial, entretenida, humana, cruda, realista? ¿Que es la mejor película de animación que he visto en mucho tiempo? ¿Un soplo de aire fresco? ¿Una luz en el crepúsculo?  ¿Sí?

Sinceramente, no sé si se pueden sacar unas conclusiones coherentes de esta batería desordenada de pensamientos mal analizados. Probablemente alguno de mis tres lectores crea que el Indeciso está borracho, loco o ambas cosas.

Pero, ché, que me trae sin cuidado.

Agazapado tras el matorral, comenzó a divagar cómo hubiera sido su vida si se hubiera echado para atrás aquel caluroso día de mayo. Sonrió mientras observaba sus uñas ennegrecidas y la sangre fresca que recorría el camino marcado por las líneas de sus manos. Frunció el ceño. Olía a muerte.

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27 Marzo 2011

Quitando telarañas

Escobar, un genio que luchó por los derechos del proletariado

When we remember we are all mad, the mysteries disappear and life stands explained

(Mark Twain)

Pueden pasar muchas cosas en apenas un mes y medio.

Puedo dejar de escribir en el blog por motivos de agenda, porque realmente no tenga tiempo material más que para trabajar, comer y dormir. Así ando ahora, medio loco entre correcciones, preparar clases, atender a la gente. La marea, tan alta; el barquito, tan escondido. De todas formas, no voy a quejarme: he descubierto que soy un masoquista redomado. Que veo que queda alguna tuerca floja, la apreto doblemente y la sueldo con plomo derretido si hace falta. Que veo que una lectura es mala, baja la moral o no es provechosa, la elimino del programa e intento bucear en las entrañas de mi memoria y mi limitada biblioteca. Es un ejercicio mental extenuante, pero divertido... que es lo importante.

Puedo comprobar que la felicidad está cerca, aunque esté lejos. Porque se ha embarcado en un proyecto que le ilusiona, porque sabe lo que se hace, porque disfruta de las expectativas. No concibo vivir sin trabajar en lo que se ama, ni amar sin entender lo que se desea. Al fin y al cabo, siempre nos quedará el puente aéreo.

Puedo sentir miedo y vértigo ante lo que se acerca. Pero me lo merezco, porque lo he estado buscando y deseando durante años. Es gracioso que los que me conocen bien me miren con cara de What's coming next? (sí: era necesario decirlo en inglés).

Puedo dedicar mi escaso tiempo libre (el que me tomo con remordimientos, como ahora) a las actividades más mundanas. Por ejemplo, escaparme un fin de semana y ver mil películas, Glee (segunda mención en esta bitácora, voy a tener que mirármelo) y divertirme con mis críticas insulsas y carentes de sentido. Voy a ser breve:

"Las vidas posibles de Mr. Nobody" (Jaco Van Dormael, 2009)

Hay una parte de mí a la que le gustó la película, pero otra muy fuerte se inclina a pensar que es pretenciosa, tremendamente larga y exageradamente preciosista. Todavía no sé si el argumento es una genialidad o una tomadura de pelo de dimensiones gigantescas. Jared Leto no lo hace mal del todo, pero sigo viéndole cara de chulapón merluzo en Beverly Hills.

¡Y dura 141 minutazos!


"La trampa del mal" (John Erick Dowdle, escrita por M. Night Shyamalan, 2010)

El cuento de que el diablo está entre nosotros está muy manido. El personaje del policía destrozado por la muerte de su familia en un accidente fatal ya ha salido en varias películas. Que subirse a los ascensores sea un coñazo tremendo es algo que vivo cada día. El que más y el que menos conoce bien la historia de los "Diez negritos". Si a esto sumamos que el escritor-guionista-hombre-orquesta Shyamalan lo deja todo atado y bien atado, clarito como el agua cristalina, ya tenemos una película predecible y sosa.

Se deja ver: va bien para no pasar frío en la calle un sábado por la tarde, pero nada más.

¿Verdad que se parece a Arturo Valls?

Nota muy importante: también he visto la magistral (y un pelín sobrevalorada) "Pato Oscuro" "Cisne Negro" (Darren Aronofsky, 2010), pero me reservo una entrada entera (un post o cómo se diga, leñe) para tan fantástica obra cinematográfica, pues aún me debato entre sus ínfulas de surrealismo tramposo y estereotipado y sus verdaderos destellos de obra maestra.

Pero eso será en otra ocasión, lo prometo.

No podía no poner este cartel

Puedo desarrollar una vida paralela en autobús, medio de transporte al que estaré abonado de por vida. Ahora estoy descubriendo "El tambor de hojalata" (Günter Grass), en una edición de bolsillo de Bruguera, comprada el 23 de enero de 1984 por 475 pesetas. Toma ya. De repente, se me ha despertado una gran curiosidad con todo lo relacionado con Alemania, país que desconozco profundamente (a excepción de frases emblemáticas en su lengua: Haben Sie Feuer?, Wo wohnst du?, Ich kann ein Auto fahren.)

En fin...

¿Lo mejor de todo?

Que estoy vivo, que tengo una suerte inmensa y que sigo tan sensiblón como siempre.

Que soy capaz de imaginarme la vida sin estos golpes de suerte... y que, en definitiva, creo que hubiera podido seguir adelante (aunque a más de uno le hubiera costado años de psicólogo el aguantarme).

Que tengo muchas dudas y muy poco tiempo para poner las cartas sobre la mesa.

Que sigo manteniendo las amistades que cultivé, que hay chispas que no se apagan. Que no se resignan, sonríen y están bien.

Que ella está en mis pensamientos, que el futuro está ahí, que ya no queda nada.

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24 Enero 2011

Cuentavidas

Nací hace ya mucho tiempo, en algún momento lluvioso de un lejano noviembre del siglo pasado.

Tengo un hermano al que adoro.

Mi infancia fue tan feliz que casi la recuerdo en dibujos animados. Jugué a juegos bestias (y también a los de niñas), me rompí las gafas mil veces y tenía los pies planos. Dibujaba mucho -y dicen que bien- y leía sin parar todo lo que caía en mis manos. Tuve un profesor que me obligó a escribir libretas de diarios (reales y ficcionados), pequeñas poesías y relatos estrambóticos que ilustraba yo mismo. Tengo un cuento sobre la amistad entre un filete y una paloma, uno sobre un periodista en la Prehistoria que escribía sus noticias en hojas de árbol, entre muchos otros.

Fui un adolescente cauto, sombrío, reservado. Viví amores platónicos, deslices torpes y cometí bastantes tonterías de juventud.

Empecé la universidad con el convencimiento de que aprendería muchísimo. Y fue cierto, aunque he olvidado muchas cosas o las he sustituido por otras.

He trabajado y trabajo, más o menos, todo lo que puedo. Nada se me da especialmente bien ni mal, pero tengo mis preferencias. Por ejemplo, disfruto del trabajo en equipo y me angustio con frecuencia cuando me encierro en soledad. En cualquiera de los casos, me encanta tratar con palabras y aprendí a odiar las cifras a golpe de chillidos por teléfono.

Me siento muy afortunado por lo que tengo. Siempre lo he estado en secreto, aunque jamás paro de quejarme y dar la tabarra.

He cometido muchos errores: el más gordo, olvidar grandes cosas por una mezcla de cabezonería y orgullo mal entendido. El más pequeño, recordar pequeñas injusticias en momentos inoportunos.

Creo firmemente en las segundas oportunidades. Suena idealista y pretencioso, pero a mí siempre me han funcionado.

También pienso que nadie es mejor por saber más, ni que es más inteligente el que lo proclama a viva voz, ni más tonto el que calla. Reivindico la dignidad del silencio y de las palabras nunca dichas porque no vienen a cuento.

Soy egocéntrico como el que más y por ello tengo un blog de grandes pretensiones y nulo efecto.

No tengo ni idea de hacia dónde voy con este escrito, pero sigo tecleando.

Amo y soy amado, lo que me hace replantearme esquemas y acomodarme en una felicidad nueva, brillante, sugerente. Todo tiene sentido si lo miras desde el cristal de mis gafas ralladas.

El tiempo me ha dado y quitado la razón en muchas ocasiones: le estoy muy agradecido por ello.

Tengo grandes amistades de las que me siento muy orgulloso. Aquí debería escribir un gran párrafo lleno de sensibilidad y melancolía, pero no me siento con ánimo. He aprendido que la amistad es mucho más que un compendio oscilante de buenas palabras que se entrega cada quince días. Me basta con saber que, vaya dónde vaya, me quedará alguien en quien confiar.

Disfruto de "Glee" como un niño pequeño, así como de las novelitas dramáticas de baja estofa.

Me dejo llevar por la corriente de los acontecimientos como un palito flotando en el arroyo. Ya sé que cómo símil deja mucho que desear... pero qué queréis que os diga.

Soy yo, sigo aquí.

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2 Diciembre 2010

Cerrar un ciclo

Yo, mi, me, conmigo.

Esta es la definición de mi blog y la de la mayoría de los que conozco. Lo cual no eso malo, dicho sea de paso. No hace falta que entre a divagar sobre la incoherencia de exigir originalidad a un tío que puede tardar más de media hora en decidir qué pantalones va a llevar al trabajo. Con llevar adelante un conjunto difuso de escritos sobre temas personales, va listo (creo). Tampoco se le pueden pedir peras al olmo.

He estado mucho tiempo sin escribir y no ha sido por falta de ganas, lo aseguro. Sencillamente necesito la tranquilidad de sentarme frente al ordenador y empezar a crear historias nuevas con personajes estrambóticos de buen corazón, inquietantes damas de mejillas rosadas y chispeantes diálogos que ya he vivido o imaginado en sueños.

En fin, lo que son las cosas. La creatividad despierta con la tristeza y dormita con la alegría. Lo repentino tiene un aire de primavera en mitad del invierno más desolador: quizás se trate de la calidez de los cambios necesarios. Una mudanza temible, la travesía hacia otra ciudad, otro trabajo, otra vida... pero conservando (espero) las mismas amistades. Porque las personas que he encontrado en mi último año, cinco meses y tres días merecen permanecer escondidas en un rincón del alma, como cantaron Alberto Cortez, Chavela Vargas y tantos otros. Y no estoy dispuesto a perderlas así como así.

En espera de encontrar la serenidad para expresarme como Dios manda, hoy voy a dejar a otro que hable por mí. A continuación reproduzco un texto de Paulo Coelho que me gusta regalar cuando alguien cierra una etapa de su vida. No es de mis autores favoritos (el aura mística de los Guerreros de la Luz nunca fue conmigo), aunque reconozco que lleva mucha razón en los pocos textos suyos que he tenido la ocasión de leer. Que tire la primera piedra el que nunca haya hablado desde la ignorancia.

El artículo en cuestión es bastante conocido y puede encontarse como Cerrando ciclos, Cerrar un ciclo o Las etapas, dependiendo de la fuente. Al parecer Coelho no escribió el original, sino que lo adaptó y publicó, reivindicando parte de su autoría. Habla sobre transiciones bastante más radicales que las de este Indeciso, pero puede servir como receta.

Espero que les guste.

«Hay que saber cuándo una etapa llega a su fin.

Cuando insistimos en alargarla más de lo necesario, perdemos la alegría y el sentido de las otras etapas que tenemos que vivir. Poner fin a un ciclo, cerrar puertas, concluir capítulos... no importa el nombre que le demos, lo importante es dejar en el pasado los momentos de la vida que ya terminaron.

¿Me han despedido del trabajo? ¿Ha terminado una relación? ¿Me he ido de casa de mis padres? ¿Me he ido a vivir a otro país? Esa amistad que tanto tiempo cultivé, ¿ha desaparecido sin más?

Puedes pasar mucho tiempo preguntándote por qué ha sucedido algo así. Puedes decirte a ti mismo que no darás un paso más hasta entender por qué motivo esas cosas que eran tan importantes en tu vida, se convirtieron de repente en polvo.

Pero una actitud así supondrá un desgaste inmenso para todos: tu país, tu cónyuge, tus amigos, tus hijos, tu hermano; todos ellos estarán cerrando ciclos, pasando página, mirando hacia adelante, y todos sufrirán al verte paralizado.

Nadie puede estar al mismo tiempo en el presente y en el pasado, ni siquiera al intentar entender lo sucedido. El pasado no volverá: no podemos ser eternamente niños, adolescentes tardíos, hijos con sentimientos de culpa o de rencor hacia sus padres, amantes que reviven día y noche su relación con una persona que se fue para no volver.

Todo pasa, y lo mejor que podemos hacer es no volver a ello.

Por eso es tan importante (¡por muy doloroso que sea!) destruir recuerdos, cambiar de casa, donar cosas a los orfanatos, vender o dar nuestros libros. Todo en este mundo visible es una manifestación del mundo invisible, de lo que sucede en nuestro corazón. Deshacerse de ciertos recuerdos significa también dejar libre un espacio para que otras cosas ocupen su lugar.

Dejar para siempre. Soltar. Desprenderse. Nadie en esta vida juega con cartas marcadas. Por ello, unas veces ganamos y otras, perdemos. No esperes que te devuelvan lo que has dado, no esperes que reconozcan tu esfuerzo, que descubran tu genio, que entiendan tu amor. Deja de encender tu televisión emocional y ver siempre el mismo programa, en el que se muestra cómo has sufrido con determinada pérdida: eso no hace sino envenenarte.

Nada hay más peligroso que las rupturas amorosas que no aceptamos, las promesas de empleo que no tienen fecha de inicio, las decisiones siempre pospuestas en espera del "momento ideal". Antes de comenzar un nuevo capítulo hay que terminar el anterior: repítete a ti mismo que lo pasado no volverá jamás. Recuerda que hubo una época en que podías vivir sin aquello, sin aquella persona, que no hay nada insustituible, que un hábito no es una necesidad. Puede parecer obvio, puede que sea difícil, pero es muy importante.

Cerrar ciclos. No por orgullo, ni por incapacidad, ni por soberbia, sino porque, sencillamente, aquello ya no encaja en tu vida. Cierra la puerta, cambia el disco, limpia la casa, sacude el polvo.

Deja de ser quien eras y transfórmate en el que eres.»

***************

Imaginen por un momento que abren un armario y mil piezas de puzzle caen sobre sus cabezas como una manta de ostias. No es momento de pensar en flores, películas, ni libros pendientes. Tienen el tiempo justo para montarlo y subirse en un tren que solo pasa una vez cada cien años.

Así mismo me siento ahora. Encajando dificultades, tapiando antiguas ventanas, limpiando telarañas.

Pero que nadie se preocupe: soy feliz.

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6 Noviembre 2010

Yo tampoco te espero

Caricatura de Francisco de Borja Esteban Costa

Ya está aquí, ya llegó. Benedicto XVI ha llegado hoy a Santiago de Compostela y pronto partirá hacia Barcelona con su inmenso séquito (cien personas, entre pitos y flautas) y su plétora de acólitos de misa de doce y latigazo en la espalda (la del prójimo, se entiende).

Personalmente, no estoy de acuerdo en que se reciba en loor de multitudes a un señor que representa a la institución más rancia, oportunista, cavernaria y arcaica de nuestro mundo globalizado. Qué quieren que les diga, alguien que ha ocultado sistemáticamente y de forma repetida los abusos de sacerdotes a niños no me merece ningún respeto. Más bien me provoca una profunda indignación y asco, además de una creciente pérdida de fe en la Humanidad. El hecho de que todavía haya millones de católicos que crean en el Papa es una señal grande y luminosa del mal signo de los tiempos, de que estamos perdidos, sin rumbo y en el lodo.

Pero ojo: tampoco quiero decir que "la única Iglesia que nos ilumina es la que arde". No. Creo en el laicismo y en la libertad de religiones. Al fin y al cabo, cada uno hace de su capa un sayo y aquí hay sitio para todos. También creo en el catolicismo bien entendido, en los curas de barrio que llevan las bolsas de la compra a las ancianitas y dan la chapa a los drogadictos para que vuelvan al redil, en los que van de Lezama a Montecarmelo, en las madres de familia que enseñan catequesis de forma voluntaria y se preocupan por educar a los niños para el futuro... en las buenas personas, en definitiva. Así a bote pronto se me ocurre un par de ejemplos de católicos insignes: Vicente Ferrer (que comenzó como misionero jesuita e hizo muchísimo por la India a través de su fundación) y Marino Ayerra Redín (que es mi cura favorito porque no se doblegó a ser un perrito faldero del Franquismo. ¡Vean La buena nueva! ¡Ya!).

Pero no creo en Benedicto XVI ni en el Vaticano. Toda la parafernalia a su alrededor me despierta una serie de sentimientos que van desde la desconfianza hasta las ganas de vomitar, pasando por la somnolencia, el hastío y la desesperación. Mi opinión sobre los obispos, arzobispos y curas de sotana, fajín y anillos de oro es tan desagradable que no se puede expresar con palabras (o al menos sin insultos). No odio a estos personajes, pero ganaríamos mucho si algún alto mando les obligara a reciclarse en misioneros de la palabra de Cristo de los de verdad, de los que se van al último país del Tercer Mundo y luchan por construir escuelas, acabar con el hambre y crear dignidad humana donde ya no queda. Aunque no sé por qué, me da la sensación de que más de uno pediría la cuenta y saldría echando leches si tuviera que ponerse a trabajar.

Me parece mal que entre la Xunta de Galicia, el Ayuntamiento de Barcelona, la Generalitat y la Diputación se gasten casi 5 millones de euros en la visita de este individuo (total para qué, si de momento está defraudando las expectativas). Estos curas y su manía de ir a todos lados de gorra. Además, si tantísima gente está dispuesta a ir a ver al Santo Padre, pues que paguen una entrada como en los conciertos. La lógica -además de necesaria- es aplastante.

Sé que todo esto puede resultar demagogia barata, una soflama débil y discutible desde mil puntos de vista... pero no me importa. Ratzinger es la cara visible de un Estado responsable del encubrimiento de actos de pederastia, abusos a menores, apología del genocidio y otros delitos. La Iglesia a la que representa cada vez vive más ajena a la realidad en su particular cruzada contra todo lo que signifique avanzar y mirar adelante (un repaso rápido de temas pendientes: ETS, uso de preservativos, matrimonio homosexual, etc.).

Por todo ello, me sumo a lo que dicen muchos de nuestros vecinos gallegos y catalanes:

Eu nom te espero / Jo no t'espero

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24 Octubre 2010

Me agobio, luego existo

Tengo una tendencia tremenda a estresarme desde muy pequeño. Me aturullo fácilmente cuando se me imponen metas, objetivos y plazos. Es algo que no puedo evitar.

Mis padres cuentan que ya desde parvulito me preocupé por dejar claro que lo mejor que se puede hacer conmigo es dejarme a mi aire. Alguna vez que otra le dije a la profesora que aprendería a leer por mi cuenta y que me permitiera hacer dibujos libres cuando me viniera en gana. Así, si me mandaban dibujar un árbol, yo dibujaba, por ejemplo, unos destartalados Batman y Robin. ¿Por qué? Porque sentía que me presionaban con deberes que no venían a cuento. Y eso implicaba una huída hacia adelante: justo lo contrario de lo que se esperaba de mí.

No he cambiado absolutamente nada en ese aspecto. De hecho, creo que cada día voy a peor y he desarrollado un miedo patológico al agobio.

Ya sé que a lo mejor no le importa a nadie, pero necesito hacer una lista de las cosas que hacen que me abrume hasta límites inimaginables. Los que me conocen en persona ya se las saben de memoria y están más que acostumbrados a verme así:

El Indeciso furibundo porque a alguien se le ha ocurrido la genial idea de adelantarle un plazo de entrega. Además, no encuentra su bocadillo de jamón con tomate.

No es que siempre me enfade cuando me agobio, pero sí es verdad que acumulo la ira en un cajón del escritorio que se abre cuando menos falta hace. De ahí que a veces descargue la tensión con quien menos lo merece y la entrada en un círculo vicioso de perdones y réplicas sea inevitable.

En fin, ahí va mi pequeña lista de infiernos personales. Como siempre, mis disculpas por adelantado por otra entrada terapeútica. Pero es que últimamente ando de un apabullado que no hay cristiano que me aguante.

Cosas que estresan al Indeciso

1) La burocracia. Cada día estoy más seguro de que la burocracia es un invento de Lucifer para volver loca a la Humanidad. Entiendo que necesitemos reglas, plazos, registros, documentación. Hay que organizar la sociedad por administraciones para evitar el caos y la anarquía. Vale. Pero... ¿es necesario que compulse todas las fotocopias de mis títulos académicos? ¿Tan problemático es el hecho de equivocarse de impreso? Si la diferencia entre el formulario A12 y el A13 es un puto número, ¿qué más da si lo tacho? ¿Es realmente relevante indicar el nivel de estudios de mi padre para matricularme en un curso de postgrado? Si entrego un papelito un día tarde, ¿es justo que un funcionario mal encarado me eche la bronca y tire mi solicitud al cubo de la basura? ¿A cuento de qué he de pagar por un título que me he ganado con mi esfuerzo y mil doscientas noches en vela? ¿A quién cojones se le ha ocurrido crear un certificado digital que funciona cuando quiere (si tienes la inmensa fortuna de poder descargarlo con éxito)?

No entiendo nada. I do not understand. Je ne comprend pas. Que alguien ponga medios para solucionar este desastre o acabaremos como en "Las doce pruebas de Astérix".

Una simple formalidad administrativa

2) Las prisas injustificadas. Si no vamos a coger un avión en media hora ni tenemos que ir a operar a una venerable viejecita a corazón abierto, ¿a qué viene tanta bulla?

Si voy tarde, ya os llamaré, os daré un toque u os mandaré un mensaje.

No se me da bien soportar la presión y menos cuando se trata de compromisos sociales/familiares en los que, en teoría, he de pasarlo bien. Si me obligan a llegar corriendo al lugar de la cita, rojo de sudor y nervios, lo más probable es que me pase el rato desconectado o fuera de cobertura. No funciono cuando infrinjo mis propias normas: la tranquilidad ante todo y sobre todas las cosas.

Dejádme solo, a mi ritmo. Seré más productivo en el trabajo y más simpático con los demás.

3) Los aprovechaos. Un aprovechao es un espabilado que siempre quiere la parte ancha del embudo: los mejores días de vacaciones, la comida más rica, la bebida más barata y el mejor sillón del cine. Suele ser un poco chuleta y cree conocer al dedillo todos los temas de conversación entre personas normales. Es un pelín inculto, pero no le importa porque una vez se leyó un libro y tiene una opinión muy bien formada sobre todo. No tiene por qué ser mala persona (aunque a veces coincidan ambas circunstancias). Por desgracia, nacen, crecen y se reproducen con demasiada rapidez... y su nivel de gilipollismo está en alza.

Me los encuentro cada día e intento vadearlos como puedo, intentando marcar el territorio cuando siento que están pisando mis derechos por toda la cara.

Su presencia me atosiga y el escucharlos discutir por nimiedades en pro de sus beneficios personales me pone de los nervios. Normalmente acabo dando golpes en las mesas o saliendo de la habitación a toda leche.

4) La acumulación excesiva de tareas. Llega un momento en que los deberes y responsabilidades se agolpan en el escritorio y las meninges de tal forma que no hay más remedio que suspirar como un buen hijo del agobio. Me ocurre con frecuencia en el trabajo: es tal la cantidad de asuntos a los que prestar atención que es imposible centrarse en uno solo y darle una solución. En consecuencia, a veces sufro situaciones que rozan el absurdo más surrealista...

Ogro enfadado al teléfono: El día 12 de marzo, a las 11.45 horas, usted contestó a mi correo electrónico y confirmó que haría esto: [insertar marrón gigantesco]. Veo que no ha hecho nada, o al menos no hemos vuelto a tener noticias de usted. ¿Podrías explicarme por qué?

Indeciso con inmensa gota de sudor recorriéndole la espalda: ¿Ein? Ehh.... [insertar excusa tonta para justificar que se me olvidó completamente porque estuve liadísimo hasta la médula].

A veces me da la sensación de que mi vida laboral se está convirtiendo en un libro de los de "Elige tu propia aventura" (si intentas bucear por el pasaje submarino, pasa a la página 58 / si decides esperar, pasa la página 64), solo que no tengo ni idea de por dónde empezar ni quién plantea las opciones. Qué estrés, por el amor de Yahvé.

Real como la vida misma

Creo que no me equivoco si afirmo que vivimos en una espiral de prisas y cansancio que está derivando en una nueva generación de jóvenes estresados, aturdidos y aburridos de sí mismos y del ajetreo de sus vidas. Ya sé que hay mucho "Ni-ni" y cazurro suelto que no pega ni chapa... pero les aseguro que existe una hornada multitudinaria de valientes de entre veinte y treinta años que aguanta con resignación la explotación abusiva de jefecillos de mierda, el miedo y la inseguridad ante un futuro incierto y los obstáculos más retorcidos y duros para poder alcanzar sus sueños. Así las cosas, no me extraña que andemos siempre tan agobiados.

A todos ellos les dedico esta insignficante e incompleta lista de angustias comunes.

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Solo soy un letraherido más, amante de todo lo que tenga que ver con la palabra escrita.

Me encanta hacer mil cosas a la vez en pequeñas dosis, lo que ha hecho que me gane una merecedísima fama de lento y pesado.

Siempre intento mostrarme tranquilo y paciente, aunque a veces me dan ganas de cortar alguna que otra cabeza. Ladro mucho, pero no muerdo.

También me gustan mucho la televisión y el buen cine, aunque lo que realmente me fascina es ir de un lado para otro para comprobar que más que culturas diferentes, existen personas parecidas con distintas circunstancias. Ya dijo alguien que son más las cosas que nos unen que las que nos separan.

En este blog intentaré que haya de todo, aunque no puedo prometer nada. El objetivo principal es utilizarlo como herramienta de liberación, como vía de escape de mis penas y espejo de mis alegrías. No obstante, todavía no he decidido sobre qué escribir. Mejor me lo pienso más tarde, pues todavía estoy dudando...

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