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La Coctelera

Categoría: Neverending Stories

A real Nowhere Man

Los comienzos siempre son difíciles

El paso entre dos mundos siempre le resultó complicado. Por lo general, solía encontrarse hambriento, nervioso y desmotivado, andurreando por pedregales plagados de cardos y bichos de toda ralea. La fase de vagabundeo solía durar un par de horas. Y luego, la maldita puerta interestelar de las narices. No es que desconociera el protocolo ─reconocimiento de palma de manos, de globos oculares, de buenos pensamientos, juramento al Tratado Gubernamental─, ni que le fastidiara hacerlo en un grado normal. Simplemente, lo odiaba con toda su alma.

En fin, allí estaba de nuevo. Era tan solo un personaje sin nombre, esperando una nueva misión y (casi nada, una minucia) el sentido de su recién estrenada vida.

Si el ser humano ─real o ficticio, qué más da─ puede experimentar sensaciones extrañas y surrealistas, la de no saber qué se es ni qué se va a hacer es una de las más potentes. La cosa consiste, básicamente, en abrir cuadernos en blanco todo el rato, sin límite temporal ni advertencias ni guías de uso.

Como no había ningún parámetro definido todavía y la espera se antojaba larga  y pesada, comenzó a juguetear con un cigarrillo rubio que alguien había colocado cuidadosamente en su bolsillo.

Aturdido, cansado, confuso, perdido

A pesar de que el encendedor estuviera encasquillado, le sorprendió la dificultad para prenderlo. Más aún le sorprendió la inmensa nube de humo que se formó a su alrededor: ¿se le aparecería un genio? ¿un dios? ¿un ángel? ¿algún emisario del diablo? ¿quizás alguna viejecita con un mensaje misterioso?

¿Qué ocurriría?

Pues lo que menos esperaba. La nube era precisamente eso, una nube. Ni más ni menos. A algún escritorcillo primerizo (y gilipollas) se le había ocurrido que una cortina de humo consistía en asfixiarle con truquitos de magia baratos.

Visiblemente cabreado, comenzó a pensar en su destino.

La decepción del listón muy alto

Se sentía exactamente igual que en el patio del colegio, cuando nadie le escogía para su equipo de fútbol. Veía a los demás monstruitos desaparecer de un plumazo mientras que permanecía ahí, con su cigarrillo interminable y su eterna cara de mala hostia.

"Quizás esperan grandes cosas de mí" ─pensó. Quién sabe, eventos de mayor profundidad extraña se han visualizado en el globo terrestre.

Las expectativas son siempre una agonía, pero, qué le vamos a hacer, son necesarias. Lo mismo estaban todavía con el casting de secundarios y para él reservaban el papel principal. Quizás sería un cirujano importante, un arqueólogo con sombrero, un tambor loco, un nazi desquiciado, un cazador de fortunas...

Modestia aparte, él se veía demasiado bien. O mejor dicho, no se veía desechable del todo. A pesar de previas existencias, todavía conservaba cierta mirada seductora y estaba visiblemente delgado, lo cual es muy importante en esta maldita sociedad consumista que humilla a los gordos. Creía ─no sin razón, aunque de ilusión también se vive─ que daba el pego como superhéroe carismático o detective caradura. Estaba seguro de que llevaría como un guante algún estereotipo fácil, de esos que la masa analfabeta aplaude con fervor.

"Si apuntas demasiado alto, la caída puede ser letal" ─murmuró. La última vez que quiso ser rey, lo convirtieron en una linda mariposa. Cuando sugirió que sería bueno para correr aventuras, al escritorcillo se le ocurrió colocarlo como padre sufrido de un sanguinario delincuente, que, a la postre, había sufrido acoso escolar durante su infancia y portaba gran cantidad de traumas.

Pero llegado a este punto, cualquier cosa le valía con tal de salir de ese maldito agujero.

Alguna excusa para poner una canción

Alguien debió notar su impaciencia de alguna forma o quizás sus miedos comenzaron a oler tanto que se hacía necesario la intervención divina de algún ente sagrado. Como todo el mundo sabe, las peores atrocidades imaginadas por un personaje sin nombre se materializan en forma de anguilas, gusanos, cochinos de maltrechos dientes y demás bestias que pueblan la tierra. Quizás fue por el ruido, por alguna complicación inesperada en el ecuación espacio-tiempo o porque hacía semanas que no se duchaba decentemente, pero el caso es que Ella apareció.

¿Y cómo era Ella? El escritorcillo era tan torpe que se perdía en los detalles de su físico, ya que nunca fue bueno para las descripciones. No sé, más o menos, lo básico: pálida como la nieve, ojos grises o azules (en cualquier caso, más cristalinos que la más cristalina de las aguas de los lagos de Laponia), piernas largas y rectas como las carreteras de la Mancha, tirabuzones infernales, vestidito verde claro llevado con gracia y soltura.

Ella era la pelirroja más majestuosa que uno pueda imaginarse. Apareció de la nada (quizás era una ninfa de orejas puntiagudas eso ya se decidirá más tarde) y besó su frente.

Eso, en mi pueblo (expresión castiza que jamás debe faltar), significa que te eligen.

Like an apple on a tree / hiding out behind the leaves / I was difficult to reach / but you picked me

Y ahora me pregunto...

¿Es esto un relato de tintes oníricos sin final, principio, hilo argumental, orden ni concierto?
¿Vale la pena seguir las aventuras de este Don Nadie, este personaje sin nombre que espera en la Tierra de Nadie a Dios sabe qué?
¿Por qué no se hacen torrijas y leche frita durante todo el año?
¿Conseguirá nuestro (ejem) héroe un destino? ¿O se comerá los mocos? ¿Habrá una relación de tensión sexual no resuelta con la pelirroja infernal?

Las respuestas a estas preguntas son un misterio que nadie ha podido resolver todavía. Entre otras cosas, porque ni siquiera puedo asegurar qué va a pasar mañana o qué voy a hacer hoy. Todo es tan impredecible que es complicado hacer planes.

Habrá que esperar pues a que la inspiración divina aparezca o a que Don Nadie se rebele. Queda también la opción de que los sufridos lectores de esta bitácora sugieran directrices para el porvenir de esta desafortunada criatura, lo que agradeceré con besos, abrazos y palabras.

En fin, lo que suceda antes será bienvenido. Ya se sabe que nada es imposible.

Las fronteras de Fantasía

Pues el otro día estaba volando por ahí en mi nube mágica y alguien me dio un capirote en la oreja. Obviamente, respondí contrariado:

A ver qué cojones pasa.

Me extrañó que una niña tan pequeña pudiera portar una mirada tan adulta.

─Pasa que, una vez más, te equivocas.

Bueno, bueno, bueno: esto es ya lo que me faltaba. No solo era enana y me inspeccionaba con la vista como una vieja curiosa, sino que además, encima, para más inri, era una sabihonda odiosa. Como Mafalda, Libertad o la cursi de Susanita.

─Es bonita la Navidad.

─Sí. Es tan hermosa cuando las mequetrefes inútiles mantienen la boca cerrada y se abstienen de inmiscuirse en las cuitas de los adultos.

─Usas palabras extrañas, humano antiguo.

La examiné de arriba a abajo. No debía de tener más de nueve o diez años y apenas podía mantenerse en pie en el inestable algodón de la nube. Resultaba extrañamente patético observarla mientras intentaba mantener el equilibrio. Si hubiera sido una mala persona, le hubiera dado un empujoncito hacia la muerte más segura. El toquecito de gracia, la última chincheta. 

─Tengo un regalo pa ti.

─Olvídate de que existo, niña. ¿No tienes padres? ¿Ni casa? ¿No hay nadie más en este bendito cielo a quien molestar?

Las Montañas Doradas devolvieron mis gritos con bastante mala leche. Estaba solo de nuevo, envuelto en el más inmenso silencio (y mira que a este, cuando se pone en plan profundo, no hay quien le gane). Puse el freno de mano y me giré. La molesta mosquita se había esfumado sin dejar ni rastro. En una minúscula meseta de algodón reposaba un sobre diminuto con un lacre de color rojo reducido y un lacito azul celeste insignificante. Lo abrí con mis enormes manazas y tiré el inapreciable lazo por el borde de la nube. Dentro había una hojita de libreta escolar, de esas con sus cuadros de tres milímetros.

En perfecta letra de imprenta se leía un fragmento de una obra que conozco bien:

¿Qué sois los seres de Fantasía? ¡Sueños, invenciones del reino de la poesía, personajes de una Historia Interminable! ¿Crees que eres real, hijito? Bueno, aquí, en tu mundo, lo eres. Pero, si atraviesas la Nada, no existirás ya. Habrás quedado desfigurado. Estarás en otro mundo. Allí no tenéis ningún parecido con vosotros mismos. Lleváis la ilusión y la ofuscación al mundo de los hombres.

Comprendí lo que estaba sucediendo y me lancé al vacío sin pensarlo. Aún no estaba listo -jamás lo estuve- para afrontar la realidad.

Desperté enterrado en mantas y edredones, en un mundo en el que hoy es Navidad.

Diálogo de besugos

Visto en Bilbao, allá por comienzos de septiembre de este año

No llevas razón.

Sabes que sí.

─¿Te encanta este juego, verdad? Vienes aquí, coges lo que se te antoja y te marchas. Eres un cínico.

─Y tú una imbécil.

─No me hagas que te dé un guantazo, porque te lo daré.

─Atrévete.

─No me lo digas dos veces.

─Atrévete, atrévete. Hazlo. Ya.

─Lo haría de buena gana.

─¿A qué esperas entonces?

─A que enciendas la luz.

─Estamos lo suficientemente cerca. Puedes pegarme y apenas me movería. Hay que ser rematadamente torpe para fallar.

─No tientes al diablo.

─No lo hago.

─No sigas por ahí.

─No lo hago.

─¿Te ríes de mí?

─No... lo hago.

─¿Ves cómo te divierte jugar con fuego?

─No más que a ti, gatita.

─La próxima vez que me llames así, te estampo la cabeza contra la pared.

─¿Cuántas veces me has amenazado desde que llegamos?

─Un par. Pero es que eres un tocapelotas de cuidado. Y un escolopendro.

─Tú y tu manía de inventar palabras.

─Tú y tu manía de llevarme la contraria.

─Tú y tu manía de sacar punta a todo lo que digo.

─¿Qué es esto, un nuevo ejercicio de estilo? ¿Una vanguardia mal construida, quizás?

─Es lo que quieres que sea.

─Disfrutas haciéndote el misterioso. Me haces gracia porque crees poseer un aura irreal y no eres más que mucha mierda en las tripas. Como todo el mundo.

─Para eso sí que sirves bien. Te maravilla pensar que eres una especie de ángel que da cucharadas de realidad a todos. En el fondo, no eres mejor que yo.

─Pues sí, lo reconozco: no lo soy. Soy complicada, enrevesada y distraída. Me pongo los calcetines de al revés, me olvido de las cosas con facilidad. Donde digo digo, digo Diego. Qué más da. Soy demasiado para ti, de todas formas.

─Pues mira qué bien.

─¿Sabes qué? Que así no vamos a ningún sitio. Durante mucho tiempo he fingido ser otra cosa cuando no tengo nada que esconder ni razones para cambiar. Simplemente soy otra por ti. Ya estoy harta. Hoy voy a ser yo. Mañana también seré yo. Y así será a partir de ahora.

─Felicidades.

─Gracias. Te noto lleno de alegría.

─Tengo mis razones.

─¿Sí?

─El día que vuelvas a ser , no dudes en llamarme. Porque yo me enamoré de ti, pero del de hace mil años. El que reía por bobadas y coleccionaba botones con esmero. Ese al que un día encontré vagando por los rincones de la facultad. El que pensaba en el hoy y que le dieran por saco al mañana. Pero ya no estás. has desaparecido.

─Vete a la mierda.

─Dime una cosa: ¿hoy eres ? ¿Eres de nuevo?

(...)

El amante estrechó a la chica entre sus brazos con sumo cuidado. El cuello tenso, la mirada perdida. Susurros y palabras ahogadas.

Como los soldados que saben que cada noche con la novia puede ser la última, como unos renovados Romeo y Julieta con tan solo dos minutos de vida, como dos extraños fusionándose de forma magnética; aquella noche, con el hambre de días largos sin pan, con los gatos balanceándose en las cornisas, con la vecina tendiendo la ropa, con los ruidos de la calle, con la puerta abierta; aquella noche, sin estrellas, sin humo, sin reproches, sin vida, sin ropa; aquella noche...

Aquella noche fueron, quién sabe si por última vez, el y el yo de siempre.

Viaje alucinante

Hay viajes que es preciso hacer. Muchas veces a destinos difusos con rumbos desconocidos, guías con callejeros sin actualizar y una maleta repleta de palabras rimbombantes.

Hay veces que es necesario cruzar los Siete Mares del Apocalipsis, recorrer el Laberinto de las Emociones Pérfidas, luchar contra el Dragón de los Colmillos de Oro, el Cíclope Hipermétrope de Pelo en Pecho y salvar a la Bella Princesa de Ojos Turquesa y Boquita de Piñón.

Hay ocasiones en las que el corazón nos lanza un presentimiento y hay que darle caza a toda costa.

Hace algún tiempo, andaba ensimismado en los preparativos de una aventura ─calavera en mano y mirada al infinito (¿compro un caballo nuevo?, ¿encontraré un jubón de mi talla?)─ cuando una bella damisela me avisó de la existencia de este escrito. Raudo y veloz, me dirigí a mi máquina computadora de números y letras para leer (y releer mil veces) tan bellas palabras. Cada una de ellas se clava en mi alma como un puñal de pétalos de rosa y despierta el más profundo estupor: estoy atontolinao, como se dice en mi pueblo. Me encanta que hablen bien de mí, me digo. Me reconforta saber que alguien lee estas cosas y que tienen algún efecto.

Qué bonito es gustar y que te gusten, me digo ante el espejo cual adolescente granoso. Qué de satisfacciones da el blog de vez en cuando.

***************

Pues bien, tras un noviembre repleto de emociones hasta el tuétano, me planto aquí para emprender un viaje más íntimo y natural: el que va del esplendor a la genialidad de las letras. Mi gran amigo Denis William nos servirá de guía, o quizás no. Quizás nos aturulle con su ínclita verborrea o nos mande a freír espárragos con arte.

Pero les aseguro que, en todo caso, pasarán un buen rato.

(Minúsculo inciso, ejem: a lo largo de este texto iré desplegando montones y montones de palabras dulces y aterciopeladas para describir una traversía de la forma más moñas posible, con un estilo ampuloso del que Denis se ha confesado fiel admirador).

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Por favor, abróchense los cinturones y absténganse de fumar durante el trayecto.

Vamos allá.

1ª parada. Vuelta a los orígenes

Nos encontramos aquí con un canto a la nostalgia tibio y deshojado, un umbral de luz en el que la evocación a lecturas pasadas y el terrorismo de bigote y barba se dan la mano. Denis despierta de su letargo y las niñas guapas (y eruditas) beben vino rebajado.

Por razones técnicas, tardaremos en reanudar el viaje. Pero no se preocupen demasiado: esto es tan solo una puesta a punto.

2ª parada. Homenaje a Delibes

La palabra se hizo obra, el retorno se ha materializado por fin. Lloraremos amargamente la pérdida de tan buen escritor junto a nuestro amigo. Todos los amantes de la buena literatura nos sentimos un poco huérfanos... y aquí mora una de las dedicatorias más bonitas que nunca se han escrito. Desconfien de la apariencia fría del lugar: la fusión entre la lírica y la maestría tiene lugar en sitios inexplicables. Y azules.

Un pueblo sin literatura es un pueblo mudo

(Miguel Delibes, 1920-2010)

3ª parada. Una vez más, con la Iglesia hemos topado

De vez en cuando, el sentido común florece entre las palabras y nos da un pescozón. Tenemos acceso a información de todo tipo y está en nuestra mano el saber interpretarla con acierto y buen tino. Denis pone el dedo en la llaga y nos da un ejemplo claro de contradicción sobre un tema muy espinoso: el abuso a menores por parte de la Iglesia. Hierve la sangre ante las escalas de pederastia que se inventan en la Santa Sede ("efebofilia", relaciones sexuales y pederastia verdadera). Aquí no queda más remedio que poner el grito en el cielo...

¿No son abusos sexuales los "actos de efebofilia"?, ¿haber cumplido los 13 años da patente de corso al abusador?, ¿legitima la agresión sexual a un menor de edad, que arrastrará las secuelas psíquicas del crimen de por vida?, ¿lo saca del vagón de las víctimas? Pero lo verdaderamente sorprendente es la distinción entre "relaciones sexuales" y "la pederastia verdadera y propia hacia niños impúberes" ¿Hay una pederastia figida o impropia?, ¿debo deducir que abusar de un menor, haya alcanzado la pubertad o no, no es una relación sexual, pese a no consentida y denigratoria?

Sintonicen bien sus sentidos y lean el artículo con atención. No tiene desperdicio. Pocas veces encontrarán tanta lucidez.

4ª parada. Semana Santa

Llegamos a una jornada en la que el empacho y la desidia constituyen un uno potente y dichoso: el nuevo domingo. Resulta complicado no dejarse llevar por un estilo tan aparente como plagado de guiños y referencias comunes; así como por una selección del léxico extraído en ocasiones de las entrañas más recónditas del Siglo de Oro. Aquí huele a antiguo, sí. A costumbrismo fatal y rancio, también. Pero es el olor del Jueves Santo, el de procesión obligada, torrijas y pestiños. Tal como somos, vaya.

5ª parada. Morir

No, no se asusten... la placidez de estar muerto reside en la noche y sus sonidos. La tranquilidad se convierte en parábola de genial e indescifrable significado. A menos que demos nuestro brazo a torcer, guardemos el billete y sigamos leyendo.

6ª parada. El sindicalismo de pesebre

Volvemos a la columna de opinión pura y dura, primorosamente escrita y feroz como el lobo de sangrantes colmillos. En esta ocasión, les ha tocado el turno a los sindicatos y su acojonamiento ante una huelga que resultó ser de broma.

No encontraremos reinvidicaciones ni soflamas: solo verdades como puños. Los trabajadores no tenemos representación digna y lo que nos queda está en permanente idilio con el gobierno. Nada que ver con la semilla que sembró nuestro querido Marcelino Camacho.

7ª parada. Encontronazo con el artista

Existe una fauna recalcitrantemente divertida en sus supuestos y contradicciones: los perroflautas con ínfulas artísticas o, parafraseando a nuestro homenajeado, "artistas otromundoesposible". En este punto, les invitamos a que se sienten y tomen aire para troncharse de risa ante un relato con tintas de parodia que no es tal. Porque la gente así, que se cree en la necesidad de compartir su futil aporreamiento de guitarra con el resto del mundo a todas horas, está entre nosotros. Algunos nos piden dinero para cerveza, otros nos machacan con consignas de amor libre desde el poncho pulgoso comprado con dinero de Papá en Portobello Road, y los más divertidos nos transmiten energía mediante artes milenarias y explicaciones de mitologías raras y pobremente documentadas.

Pero, ay, qué sería de nosotros si no pudiéramos burlarnos de ellos desde nuestro púlpito de escepticismo y disimulada mala leche.

8ª parada. La de las debilidades

He aquí un ejercicio que todos deberíamos hacer alguna vez: resumir, de una tacada y con el corazón en la mano, todas las razones para seguir siendo feliz. Es bastante fácil esconderse en la cueva del desazón y la amargura cuando despiden a un amigo, un proyecto se desmorona o la vida se empeña en disfrazarse de frustración continua. El paso de la infancia a la madurez supone la aceptación de la rutina, los dias intercambiables y el aburrimiento más hostil y cansino. Ya no hay momentos excepcionales, todo es igual.

Pues bien, olviden toda esa patraña existencialista (¡el ser humano está cavando su propia tumba!) y asómense a esta estupenda colección de olores, sabores y sensaciones. Seguro que tienen algo parecido en casa, por muy mal que vayan las cosas. Y si piensan que no, cojan papel y lapiz y conecten el cerebro.

9ª parada. El mal profesor

Nuestro anfitrión nos propone echar la mirada atrás y reflexionar sobre si realmente hemos cambiado tanto como rezan las crónicas. Evidentemente, ya no quedan profesores endiosados que maltratan a los alumnos gratuitamente. La realidad ahora es bien distinta: el verdugo es ahora la víctima de asociaciones de padres (siempre me encantaron las siglas A.M.P.A.) y alumnos furibundos y malencarados.

Por suerte, ahora estamos mejor que antes y la historia del profesor que aquí se relata se nos antoja anecdótica... aunque ocurrió. Llama la atención que un escritor tan joven nos compela a la carne de gallina y el escalofrío por una sociedad que muchos no hemos vivido, a pesar de que aún la podamos sentir en el ambiente enrarecido como una enjambre de moscas vinateras.

10ª parada. El cristal del adulto

Los buenos escritores son ante todo, buenos observadores. En realidad, el oficio de escribir se basa en digerir la realidad, pasarla por tamices de espejos más o menos ficticios y ofrecerla desde un cristal nuevo, reluciente y brillante, como un tesoro sobre un cojín de seda. Al menos así lo ve este humilde servidor.

Como dicen los viejos: para muestra, un botón. Casi siento el suave viento de septiembre azotando mis mejillas recién salidas del sofocante verano de la metrópoli.

11ª parada. Bebamos por la vida

Seguimos con el juego de perspectivas de quien conoce bien las oscuras artes de la literatura. Plantéense esto como un capítulo de Los Simpsons en su época dorada: según su grado de madurez intelectual y de conocimiento sobre el tema, se divertirán con unas bromas o con otras. Lo importante es que la diversión funcione a todos los niveles.

Lo mismo ocurre aquí: algunos se deleitarán con la simetría de la rima, otros redundarán en el barroquismo de las palabras y en su eficacia como flechas certeras del lenguaje.

Los que conocemos al susodicho nos regodeamos en su confesada afición a las tabernas y en sus múltiples hazañas vaporosas, que le han hecho merecedor de cierta aura de misticismo en según qué lugares.

Me van a permitir que haga un alto en el camino para ser egoísta: me cuento entre los elegidos que pueden disfrutar de este poema más que nadie. Soy un afortunado, qué pasa.

12ª parada. Recuerdo de Don Juan Tenorio

A nadie le pilla por sorpresa mi exagerada querencia por la nostalgia... y de ahí mi cariño por este texto sencillo y fugaz, desprovisto de preciosismo y palabras esdrújulas. La expedición está a punto de llegar a su fin y el autor, consciente de ello, decide regalarnos una media sonrisa y un recuerdo imborrable.

¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla, más pura la luna brilla y se respira mejor?

13ª parada. De otoño, de amores

Llegamos a la última dársena con la sensación agridulce de que lo bueno termina, aunque en espera desesperada de más noticias. Las hojas secas caen sobre la acera y se arremolinan a nuestro alrededor como cachorros en torno a la generosa madre, fuente de bondad y alimento.

Nos balanceamos entre el suave frescor que acompaña a las trazas del pelo de alguien querido y el intrincado laberinto urdido por la marea repentina de palabras aposentadas en las ramas de la frondosa arboleda.

La odisea llega a su fin: tiempo queda.

Los viajeros quedan como niños desconsolados. Anhelan un próximo destino, una nueva estación, una pequeña luz de esperanza.

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Las cosas son así:
era realmente complicado,
dar con algo deliciosamente intrincado,
confuso, oscuro, nada baladí
para desearte un cumpleaños feliz.

Este recorrido por tu obra,
es un gracias, un hasta ahora.
Sigue deleitándonos con tu genialidad,
que es lo que tienes que hacer a tu edad.

(Espero que aprecies el esfuerzo,
que le supone a este mastuerzo,
escribir en verso.

Y solo por eso,
te emplazo a las tabernas sin seso,
a tomar cerveza y mucho queso.

Entonces, entre las más bellas gentes,
me dirás que rimo peor que Gloria Fuertes
).

 

Esto es música y no lo que escuchan los jóvenes de hoy en día, esos hippies melenudos y que huelen mal...

Notas del día a día

La Gran Vía de Colón está a rebosar. Esto no es Madrid, ni Nueva York: por eso tiene su encanto. El barrendero se afana en su tediosa tarea mientras observa las piernas más largas y esbeltas de la ciudad.

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Nadie pareció darse cuenta, pero ella ya estaba allí cuando llegamos. También se quedó la otra vez, y la anterior... y quizás algunas otras más. A mí me tocó la espalda, me dio un golpe certero.

Tres copas más tarde me di cuenta de que hubiera sido mejor mantener el misterio.

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Hay días en los que es mejor improvisar. Salir a la calle, entrar en un supermercado pequeño, comprar la vida para tres... confirmar teorías, redescubrir sentimientos, darse cuenta de la fortuna propia.

Me quedé sin palabras cuando la lucidez habló por sí sola.

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─¿Estoy haciendo lo correcto? He renunciado a mis proyectos, a la vida que quise tener durante un tiempo, al brillo que pude alcanzar de un salto.

Cállate y sigue remando.

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La escritura tiene un punto de vanidad inevitable. Siempre se desea gustar. A veces creo que todo se resume en hacerlo bonito y con frases contundentes:

"El horizonte acechó su frente como un león rabioso en la sabana de Santander".

Evidentemente, estoy equivocado.

Más allá de las letras, uno quiere que le quieran y que le hagan caso. Nos pasamos la vida buscando la aprobación de los demás. Parece que nadie se da cuenta de que todo es mucho más fácil si limitamos las expectativas a la nada.

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Calidad no es cantidad. Si no puedes contar una historia en 500 páginas, mejor estáte quieto. Si necesitas más de dos horas de película, ahórranos el sufrimiento.

A ver si me aplico el cuento.

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Me encanta la música superficial cuando estoy dormido y las letras profundas cuando estoy triste. Guardo la mediocridad de las medias tintas para el resto del día.

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Rondaban el cuarto de siglo, eran guapos, inteligentes y circulaban en bicicleta. Entraban y salían en un zig-zag interminable que precipitó el fracaso.

Hubo quién se quejó de los tiempos venideros y añoró la libertad de antaño.

Personalmente, preferí mirar a otro lado.

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─Me hice policía para luchar contra el crimen, no para lidiar con gilipolleces.

Perdone usted, señor policía / gilipollas ocasional. Quise ser puente y me quedé en alcantarilla. Quise ser lanzadera y me quedé en calculadora. Así que tramite mi inútil denuncia y deje de tocarme las pelotas.

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Un día me propuse escribir una fábula para niños sobre un león y una cabra. Antes de que me diera cuenta, el relato estaba repleto de aviones de papel de la adolescencia, besos robados e inaguantables licencias poéticas.

Al final el león devoró a la cabra y el lamentable escrito se pudrió en la papelera.

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El problema de no saber terminar es terrible. Se debe, sin duda, a la necesidad de agradar de la que hablábamos anteriormente. También tiene algo que ver el cuento de la cantidad y la calidad. Y esta educación tan centrada en medir el mérito académico y la valía personal por el número de caracteres y páginas.

Me encantan las tardes de domingo porque todo el mundo duerme, la casa está tranquila y puedo aprovechar para escribir mis tonterías sin que nadie moleste.

Aventuras en Tokio

Para mí cualquier viaje supone un desafío monumental. De hecho, ir a Córdoba desde Granada es (casi) un viaje al extranjero. Soy un vago de los andenes y de las dársenas, un lento para hacer maletas, un inútil con los tickets y reservas. Lo que viene siendo un desastre con bultos.

Pero eso no me impidió pasar una tarde en Tokio.

Andaba yo perdido por las inmensas calles de la urbe, impresionado por la gran cantidad de anuncios gigantescos, luces estridentes, voces chillonas, escaparates imposibles, veloces taxis, marabuntas infrahumanas, noche sin estrellas... cuando me encontré con una extraña mujer occidental de ojos verdes y sombrero extravagante.

¡Hola!

Me pareció una señorita de belleza atemporal, como si hubiera cumplido 22 años en los noventa del siglo pasado y se resistiera a envejecer. Me resultó una tipa interesante, a pesar de que alguna arruguita poblaba su frente y sus manos ya no eran de colegiala. En un chás, intuí que guardaba multitud de historias en su interior que debía conocer.

Quizás por solidaridad (o porque no le quitaba ojo de encima), la chica paró el tiempo y me tendió la mano. La segunda maniobra fue bastante fácil y sencilla, pero lo de detener el circuito temporal momentáneamente le costó lo suyo (los pormenores de tal escaramuza tuvieron algo que ver con Momo y los hombres grises, pero ya veremos si me acuerdo de contarla en otra ocasión).

─Me llamo Amélie.

─Ehmm... yo no.

─Estupendo. De todos los pieles blancas que hay por aquí, me ha tenido que tocar el más tonto.

Sin mediar más palabras nos adentramos en un gran Starbucks. No exagero cuando digo que he visto grandes almacenes más pequeños y menos blancos que aquella monstruosidad. Pedimos dos cappuchinos y nos resguardamos del gentío en una esquina con vistas al tremendo dragón de aceras blancas e hileras interminables de automóviles.

Amélie era belga, pero había nacido en Japón y había vuelto en busca de sus raíces. Ella decía que se consideraba nipona y que profesaba un profundo amor a la cultura oriental. Trabajaba en Yumimoto, una multinacional en la que las cifras de dinero eran tan excesivas que podrían agobiar fácilmente al Tío Gilito. Aunque teóricamente tenía un contrato como intérprete, la verdad es que su periplo por la empresa era de lo más penoso: desde trabajos absurdos de contabilidad hasta servir como camarera e incluso limpiadora de los cuartos de baño. Todas, todas las humillaciones del mundo caían día a día sobre su cabeza como la espada de Damocles.

Se encontraba agobiada y afligida por el doble handicap de ser mujer y occidental en un mundo en el que las jerarquías y las absurdas burocracias son tan duras e inamovibles como el peñón de Gibraltar. Sus lamentables peripecias, aderezadas con un amor oculto hacia su superior inmediata, se complementaban con lúcidas reflexiones sobre la mujer en Japón:

Si por algo merece ser admirada la japonesa -y merece serlo- es porque no se suicida. Conspiran contra su ideal desde su más tierna infancia. Moldean su cerebro: «Si a los veinticinco años todavía no te has casado, tendrás una buena razón para sentirte avergonzada», «si sonríes perderás tu distinción», «si tu rostro expresa algún sentimiento, te convertirás en una persona vulgar», «si mencionas la existencia de un solo pelo sobre tu cuerpo, te convertirás en un ser inmundo», «si, en público, un muchacho te da un beso en la mejilla, eres una puta», «si disfrutas comiendo, eres una cerda», «si dormir te produce placer, eres una vaca» etc. Estos preceptos resultarían anecdóticos si no la emprendieran también con la mente.

Porque, en resumidas cuentas, la estocada que, a través de todos estos dogmas incongruentes, se ha asestado a la nipona es que nada bueno debe esperar de la vida.

Nothomb, Amélie (2000). Estupor y temblores (Stupeur et Tremblements). Trad. de Sergi Pámies. Barcelona: Editorial Anagrama.

Me contó una historia hiriente y supurante de ironía y mala leche sobre los preceptos más absurdos y delirantes de la cultura japonesa. De forma ágil y espontánea, la belga conjugó multitud de anécdotas sobre tareas incomprensibles y tiránicos jefes con jirones de pensamientos que me dejaron cavilando durante largo rato.

Quedé un poco patidifuso y con un sabor de boca agridulce. Ignoraba que las relaciones sociales en Japón fueran tan extremadamente jerarquizadas y que, en definitiva, pudiera ser tan complicado para un occidental encontar la felicidad en el trabajo. Se me quitaron las ganas de volver por allí.

Este feo asunto me desanimó un poco y me robó el sueño por la noche. Yo, que siempre intento evitar el choque cultural en mis viajes y lecturas, porque allá donde fueres, haz lo que vieres. Me quedó bien claro que no todo se resuelve con buena voluntad, ojos abiertos y actitud respetuosa ante las costumbres del Otro, el diferente, el que nos muestra que la realidad es muy diferente desde sus gafas.

Y es que, que haya una cultura milenaria que desprecia a las mujeres y que muchos japoneses se crean superiores a los occidentales (y viceversa) no es, como diría un amigo mío, un asunto baladí.

Con todo, me sentí un poco identificado con la protagonista del relato. Al fin y al cabo, es tanto un reflejo de la sociedad japonesa como un ataque directo a la vida en las multinacionales de todo el mundo. Todos los oficinistas grises (entre los que me incluyo) hemos sufrido alguna humillación o algún jefe incompetente en las altas esferas... incluso hemos cargado con la mierda de algún superior pelota endiosado.

Es ley de vida, parece ser. En Japón y en todas partes.

Dije adiós cortésmente a mi joven-pero-no-tan-joven nueva amiga  y me adentré de nuevo en los intrincados laberintos de la ciudad. Conforme ponía el pie en la calle, Amélie no tuvo más que reanudar el discurrir del tiempo con un chasquido de dedos y desaparecer en el interior de su sombrero. Los detalles de la desaparición los contaré algún día (o no).

***************

Me dirigí hacia la boca de metro más próxima con la intención de ir a ningún lado en particular. Caminaba aturdido por el cansancio y atónito por lo que me acababan de contar. Bajé unas sucias y amplias escaleras que conducían a una plataforma de andenes de baldosas blancas y relucientes. Cientos de personas se agolpaban allí, entraban y salían, se dirigían a las taquillas como autómatas. Sentada en un pequeño asiento naranja, divisé a una Scarlett Johanson de 19 años que ojeaba una revista con evidente desinterés.

"No tengo nada que perder" pensé y me dispuse a perseguirla como un fantasma aficionado al espionaje.

La verdad es que la chica era (es) muy guapa, pero la encontré un poco insulsa, no como en otras ocasiones. Deambulaba de un lado para otro sin demasiado criterio, mohína y melancólica como una tarde de otoño lluviosa bajo un portal sin abrigo y sin tabaco. Una belleza desangelada en un entorno desconocido, desconcertante y hostil.

Estoy triste y contemplativa cual florecilla atrapada en una maceta ante la crueldad de la lluvia...

Afortunadamente, Bob Harris (Bill Murray), un actorazo venido a menos en viaje de negocios, la estuvo rondando todo el rato y prendió la chispa de diálogos tan insulsos y sublimes que un humilde mortal no acabó de entender más allá de su sentido primigenio.

Charlotte (Scarlett J.) : ¿Qué hace usted por aquí?

Bob Harris: No me trates de usted... descanso de mi mujer, olvido el cumpleaños de mi hijo y gano dos millones de dólares por anunciar un whisky en lugar de hacer una obra de teatro.

C: Oh.

B.H.: Lo mejor es que el whisky es bueno.

Pero eso no importaba demasiado: lo importante aquí era comprender que ambos estaban solos en una metrópoli que los atrapaba y ahogaba con tenazas de Godzilla porque eran unos incomprendidos en busca del amor, la amistad o el Ratoncito Pérez. Realmente, a mí no me quedó claro qué les pasaba.

Estuve a punto de descolgarme varias veces de las contingencias de estos dos por las calles de la capital japonesa, pero decidí quedarme por cabezonería. Además, de mano de Charlotte y Bob, pude maravillarme con paisajes que parecían pintados a mano, inmensas avenidas urbanas y habitaciones de hotel sombrías y lujosas. Fui testigo del sufrimiento continuo de la chica y de la resignación de él ante el declive su carrera artística.

Conocí también a una petarda norteamericana (Kelly, Anna Farris) y al megachupiguay del marido de Charlotte (John, Giovanni Ribsi), cuya presencia en mis andanzas por el Imperio del Sol se me antojó irrelevante, innecesaria y hasta molesta.

Vi a ambos saltar de escena en escena con maestría, pero con frialdad y pocas ganas de vivir. Fui con ellos a una fiesta, cantamos en un karaoke, estuvimos en un par de restaurantes... incluso hubo algún que otro momento en los que pensé en marcharme, pues parecía que se iban a dejar de tonterías y pasarían a la acción. Pero no pasó.

Tuve que conformarme con la interpretación de Bob en su anuncio de whisky...

... y con unos planos brillantes del Tokio nocturno y de Scarlett mirando por la ventana con expresión lánguida y taciturna.

Que a todos les quede claro que soy la persona más desgraciada y con más mundo interior del planeta.

Poco más pude sacar de estos dos, más allá de una destacable banda sonora y una marcada tendencia de Sofia Coppola (la mandamás de la parejita) al gafapastismo más deprimente.

Probablemente sea mi culpa, que no capté el mensaje porque soy un cazurro. Porque sé que estuvieron solos, que ni siquiera se tocaron un poco, pero que les hubiera gustado mucho. Eso lo pillé la segunda vez que los vi hablar sobre trivialidades en un restaurante. Lo de ellos era un amor nunca consumado, sí. Tensión sexual nunca resuelta, vale. ¿Qué más? A lo mejor, en algún lugar secreto se escondían diez mil significados ocultos que no logré descifrar.

O quizás es que nos hayan querido vender una moto pretenciosa y soporífera, un paquete vacío bajo un envoltorio de intenciones trascendentales y elevadas en la cima más alta de las almas más estrechas a las que un simple mortal como yo jamás podrá acceder.

En cualquiera de los casos, si no fuera por Tokio, hubiera sido un pestiño inconmensurable.

Y, además, hay que mirar el lado bueno: he viajado 11.084,86 kilómetros (6887.82 millas según Tu Tiempo) sin moverme del sillón.

Un momento, un momento...

Dos (o tres) puntualizaciones rápidas y dejo de dar la tabarra por hoy:

1) Lean Estupor y temblores (Amélie Nothomb 2000, editado por Anagrama, actualmente en su octava edición). Cómprenlo, róbenlo, descárguenlo de internet, pídanlo por Reyes, por sus cumpleaños o por el día de su santo. Es una novelita corta, autobiográfica, magnética, magnífica, fabulosa, estupenda, divertida, entretenida, maravillosa... y se lee de un tirón. Y de paso, vean la película y me cuentan.

2) El mundo se divide entre los que aman Lost in Translation (2003) y los que la odian o les provoca indiferencia. Solo la interpretación de Bill Murray, la fotografía de Lance Acord (una obra maestra) y la banda sonora de Kevin Shields hacen que la película sea soportable y se deje ver. Pero, bajo mi punto de vista, no hay nada más. Es una idea estirada hasta el infinito durante 105 minutos en la que los personajes vagabundean de mala forma, hasta que el chicle no sabe a nada.

No pude perderme en la traducción porque el texto de origen apenas existe.

Pero, oigan, que es mi opinión y es tan válida como un pimiento del Mercadona.

Perdido en sueños

─Que no es posible, ostias. Eres mi padre y te quiero mucho, pero lo que me dices es una burrada como un castillo.

─Que sí, hombre. Solo tienes que tener mucho cuidado y sacarla al balcón cuando llegues. Y no la pongas junto a los huevos de granja porque puede coger una depresión.

─¿Pero se puede saber para qué la quiero yo? ¡Si no le voy a sacar ningún provecho!

─Como se nota que eres joven y no tienes ni idea de nada. ¿Tú sabes la de paseos al supermercado que te va ahorrar? ¿Y lo cómodo que es tenerla siempre a mano en casa?

─¡Que no me da la gana! ¿Para qué quiero yo una vaca en la maleta?

En ese momento aparece Leonardo DiCaprio acompañado de Ellen Page y su eterna mirada de sabihonda. En exactamente 30 minutos (largos como un día sin pan, pues resulta que el tiempo aquí se dilata como un chicle y apenas equivale a décimas de segundo de vida real) me explican que están en mi subsconciente, que mi padre y la vaca son una proyección del susodicho y que vienen a que les dé la clave de la tarjeta de crédito o me matarán de una patada. O, lo que es peor, harán que sueñe dentro de mis sueños en repetidos círculos hasta el infinito y me quedaré perdido en el Limbo para siempre.

Como de costumbre, estoy enfrascado en una complicada operación aritmética con la calculadora. La oficina está desierta y yo estoy tan feliz por tan insólita circunstancia: esos bastardos nunca paran de montar jaleo. Suena el teléfono y un señor me amenaza con clavarme astillas en las uñas de los pies si me niego a pagar una factura que ni tengo, ni sé dónde está. No me queda más remedio que dejarle que me insulte hasta que entre en razón y me pida hablar con mi jefe. Me sucede todos los días, no hay razón para inmutarse.

Como me aburro demasiado, dejo al furibundo en espera y me asomo a la ventana. La vista no es gran cosa: tan solo un pequeño callejón con olor a frituras varias y el ventanal de otra oficina, probablemente tan gris y cansina como la mía.

De repente, las tiendas comienzan a explotar por los aires a cámara lenta y las aceras crecen y crecen, en entramados imposibles que me es imposible explicar. Los muros parecen de goma y se estiran y contraen a mi voluntad. Por todos lados aparecen grandes espejos y creo ver a Marion Cotillard empuñando una pistola. Me imagino mi existencia corriendo a través de un frondoso laberinto en busca de mi imagen real.

Una destartalada furgoneta aparca violentamente en mitad del callejón y Leonardo DiCaprio y su tropa se bajan de un tirón, visiblemente alterados. Las explosiones se suceden como truenos y parece que la ciudad va a explotar de un momento a otro. Mientras tanto, Marion contempla la escena con su mirada de hielo, le pega un tiro en la pierna a Joseph Gordon-Levitt y se marcha por dónde ha venido, tan tranquila.

A mí tampoco me importa, la verdad.

Despierto en una cama de matrimonio a los pies de una gran cordillera cubierta de nubes. No conozco el lugar, por lo que asumo que estoy en los confines del universo.  Estoy contento, me siento bien y sorprendentemente me parece lo más natural del mundo. Tras desperazarme y desayunar un rico zumo de bayas del bosque que me ofrece un oso amoroso que anda por ahí, corro al encuentro del Capitán Kirk, que está obsesionado con subir una montaña.

"Vaya chalado" ─me digo para mis adentros, tras irme de allí.

Acto seguido me dispongo a escalar un montículo no muy alto, con escalones y olor a pastel de mármol. La tierra se va desmoronando a cada zarpazo y un compañero de trabajo disfrazado de Super Mario Bros (¡!) aparece súbitamente en mi hombro como un ángel de la guarda, me da ánimos e intenta convencerme de que no me voy a caer...

... lo cual no sirve de nada, pues toda la naturaleza se aplana súbitamente y se da la vuelta como un calcetín, formando una especie de pozo en caída libre. Me siento como Alicia precipitándose al fondo del agujero...

...y me despierto sobresaltado, con la garganta seca y enterrado bajo una manta de palomitas. La magnífica banda sonora de Hans Zimmer acompaña los créditos de Origen de forma sublime. Todos los espectadores se levantan poco a poco de sus sillones y comentan lo que han visto con interés. Cada uno tiene una teoría sobre el final, una interpretación diferente. A mí me parece que todo es más simple de lo que nos han querido hacer creer, pero me reservo mi opinión para la copa de después.

Aún estoy aturdido, cansado y un poco decepcionado por lo que he visto. Tengo la sensación de que es una buena película, pero que pudiera haber sido excelente. Hay buenas historias, pero son demasiadas y están contadas con poco brío. Con el trauma de Dom Cobb (DiCaprio) hubiéramos tenido de sobra, y habría habido tiempo de desarrollar el resto de personajes como Dios manda. Uno se queda con la sensación de que la panda de ladrones (el elegante Arthur, la repelente y enamoradiza Ariadne, el graciosillo Eames) está poblada de personalidades interesantes, llenas de ricos matices que quedan mal esbozados, como un dibujo infantil. Solamente se nos muestra al protagonista en su plenitud y no dista demasiado del estupendo (y bastante superior) Teddy Danniels de Shutter Island. De hecho, a mí me montan un prólogo explicativo en el que, debido a las mas enrevesadas argucias argumentales, se sacan de la manga un Shutter Island II con el mismo personaje metido a ladrón de sueños y me lo creo a pies juntillas. Si puestos a dejar volar la imaginación, que no quede.

Por otra parte, la película redunda en soporíferas explicaciones teóricas y escenas de acción repetitivas montadas como un videojuego (véase el insufrible sueño en la nieve).

A su favor, hay que destacar que Christopher Nolan mete un gol por la escuadra a la productora y nos entrega un ensayo filosófico en forma de folletín novelesco de misterio. Estamos ante una película valiente, distinta, entretenida y pretenciosa a partes iguales.

Hacía mucho tiempo que no presenciaba debates tan acalorados sobre las dobles lecturas de una historia. Y eso es sano porque permite que algunos se queden en la superficie, mientras que otros intenten buscar nuevos significados y se afanen en construir delirantes teorías sobre la nada. Así, habrá quién cuente que la película funciona a tres niveles llenos de complejidad que justifican las interminables escenas a cámara lenta y habrá quien se beba una Coca-Cola, diga que no está mal, que hay que verla, pero que no hacían falta 148 minutazos para tanta chorrada.

Adivinen en qué grupo se sitúa este humilde servidor.

Días de fútbol y sueños

Abrió la puerta de la habitación con mucho cuidado, pues ya se sabe que las almas puras son poco amigas del estruendo.

Alguien (algún listo) había decidido pintar las paredes de rojo y amarillo macilento, como de plátano descuidado que queda en el fondo de la última caja de la frutería. Un haz de pelusas con olor a película del Oeste pululaba por el suelo con aires de reinona descontrolada. La iluminación era demasiado pobre: tan solo una diminuta televisión que emanaba un enfermo brillo azul hacia el sofá y la mesita, terriblemente inundada de latas de cerveza vacías y colillas a medio apagar.

Al fondo, una pequeña foto del pulpo Paul presidía una suerte de altar improvisado con velas gastadas y flores de plástico.

El muchacho permanecía quieto y callado, encajado en el sofá y atento con los cinco sentidos (y con su alma, y con su vida entera) a las acrobacias de Casillas y compañía. Lucía barba poblada, ojos apagados, frente obtusa y ceño fruncido. Un hilillo de baba luchaba a toda costa por gotear desde la comisura de sus labios y parecía que su bufanda de Ejpaña iba a cobrar vida de un momento a otro, de tan sucia y usada que estaba.

No se perdía ni un detalle de lo que pasaba en pantalla. Acompañaba leves movimientos de cabeza con el compás de sus pupilas perdidas tras cada uno de los movimientos del balón. Ella hubiera jurado que no pestañeaba ni respiraba, por lo que posó la mano en su frente sucia y empapada de sudor.

Sintió un escalofrío. Algo le decía que no debía penetrar de nuevo en su sagrado santuario de vuvuzelas y fanatismos gratuitos. Desde hacía casi un mes había disminuido su intolerancia futbolística hacía fronteras desesperadas que camuflaba con sonrisas condescendientes y copas de más. Al fin y al cabo, el Deporte Rey (fortunas desorbitadas y negocios turbios aparte) hace feliz a muchísima gente.

Se inclinó hacia él y olió su aliento de gritos de furor y nervios nunca apagados. No le quedó más remedio que darle un beso en la mejilla -al que obtuvo un gruñido inconcluso como respuesta- y desaparecer de un portazo, no sin antes desearle suerte a la Roja.