
No había conseguido determinar la razón exacta, pero M. necesitaba salir de paseo urgentemente. Quizás era el corazón, que le pedía oxígeno; o la cabeza, que le iba a estallar en mil pedazos.
Ni corto ni perezoso, y a pesar de las advertencias de su compañera de piso, M. se puso los guantes de lana y salió rumbo a la playa. Hacía frío y el viento azotaba fuertemente su rostro, pero prefirió no volver a casa a por el abrigo.
‒Venimos a este mundo a sufrir ‒pensó.
Por el paseo marítimo se veían ancianos y jóvenes parejas cogidas de la mano con niños pequeños envueltos en aparatosos abrigos que apenas les dejaban caminar. A M. le divertía que los chiquillos fueran felices con el simple hecho de tirar piedras a la orilla del mar. Esbozó una sonrisa al ver cómo uno de esos muñequitos de Michelín se acercaba a él torpemente para enseñarle un puñadito de arena.
‒Es un niño muy sociable ‒le indicó la madre, una joven rubia de ojos grises.
‒Ya veo, ya ‒contestó M. Acarició la cabeza del pequeño, hizo un ademán de despedida a la muchacha con la mano y prosiguió su camino.
Fue entonces cuando M. comenzó a pensar otra vez en lo mismo, y fue entonces cuando quiso llorar y morir, sin importarle en qué orden. Se sentó en un banco con vistas al faro e hizo un repaso mental de su vida. Nada reseñable, desde luego. Toda la vida consagrada al trabajo y a la felicidad de los demás. Por su mente pasaron viejas y nuevas ilusiones y se dio cuenta de que no había grandes diferencias entre ellas. De hecho, aún seguía enamorado de alguien que jamás le correspondería.
Su amor platónico habitaba justo en la habitación de al lado. Tenía una sonrisa demoledora, unos increíbles ojos azules y pestañas rizadas. A M. le encantaba verle e inventaba las más peregrinas excusas para entrar a su dormitorio. A veces, entraba a sabiendas de que estaba a punto de dormirse sólo para darle las buenas noches y deleitarse ‒de refilón, siempre cómo quién no quiere la cosa‒ con la sola visión de su torso semidesnudo y su expresión somnolienta. Su amor platónico parecía no darse cuenta de nada y apenas le hacía caso. Solamente a veces, en muy contadas ocasiones, se mostraba muy amable y entonces hablaban de todo. Para M. esos leves momentos suponían un oasis de felicidad entre tantos días de hastío.
Pero esos destellos de alegría no le hacían ningún bien. Aunque sabía que jamás podrían tener nada serio, esas conversaciones le hacían imaginar cosas que nunca se iban a cumplir. Le provocaban sueños de fabulosas promesas que se convertían en el más absoluto dolor cuando despertaba. Pero se olvidaba pronto del chasco y había empezado a contar anécdotas a sus seres queridos sobre una amistad que no existía. Se hacía ilusiones y, en definitiva, se creía su propia mentira.
Claro está, todo lo que sube, tiene que bajar. Cuando no recibía más que saludos y respuestas monosilábicas en recompensa a sus atenciones, M. se veía obligado a volver a la tierra. A pegarse la ostia y afrontar la puta realidad.
‒No te quiere, ni tan siquiera te aprecia. Asúmelo ‒se repetía constantemente.
Entonces volvía a sumergirse en la paciente espera de esa mirada, ese gesto que nunca llegaba.
Comenzó a llover y M. aceleró el camino a casa. Pero antes de perderse en el laberinto de edificios y coches, miró al mar,con la esperanza de encontrar alguna respuesta en su cabeza, algo que le pudiera reconfortar. Nada.
‒Ojalá pudiera ser feliz con un puñadito de arena ‒se dijo en voz baja. Y huyó corriendo hacia la habitación de al lado, con la ilusión de recibir un pedacito de la felicidad momentánea que tanto necesitaba.


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