Estuvimos hablando durante una hora. Parecía que el tiempo no había pasado por ninguno de los dos y la conversación fue ágil, cruel y directa.

Fue muy amable en fondo y forma, pero demoledora para mí. Y es que resulta que, mientras que yo me he roto en mil pedazos en los últimos días, tú estás bien, avanzas, vives y te estás olvidando de todo.

Te felicité efusivamente, me alegré en serio por tus éxitos. Te aseguré que iría a verte pronto, cuando reuniera el dinero necesario. Pero tanto tú como yo sabemos que eso no pasará. Que no volveremos a vernos.

Tras colgar, salir de casa de un portazo y entré en la tasca que hay junto al portal. Apenas había nadie, solo un par de vecinas tomando café y dos señores jugando a las cartas. Saludé con un gesto y balbuceé al camarero:

- Una cerveza sin corazón, por favor.

El hombre, sin levantar la mirada, me sirvió un whisky sin hielo.

- Invita la casa, amigo. Es el mejor remedio para las traiciones de subconsciente.

Me lo bebí de un trago y juré que olvidaría este estúpido incidente. Sin embargo, aquí lo dejo, narrado de forma torpe y atropellada en un rincón recóndito de la blogosfera: prueba de que dejaste en mí un recuerdo imborrable.