Hoy he descubierto que no hay nada peor que la nostalgia. Pensar en noches apagadas, en amigos que se fueron, en historias que ya nunca volverán a contarse. En cómo la vida cambia de la noche a la mañana, sin avisar y nos pilla en calzoncillos. En olores, sabores y sensaciones que están, pero que no son, pues ya no se perciben de ninguna forma.

Hoy he descubierto que no hay nada peor que lamentarse. Llorar por las esquinas, poner cara de perrito apaleado, querer fingir que nada importa sin conseguirlo. Imaginar realidades y circunstancias que nunca llegarán porque, simplemente, son imposibles. Hay trenes que se pierden y otros que no llegan nunca.

Hoy he descubierto que no hay nada peor que quejarse. Afrontar el mundo con una mueca impostada, desesperar a los demás con desvaríos vacíos, patalear. Ver que todo es una mierda pero no poder luchar por el cambio por no saber por dónde empezar. Desear ser paciente, sabio y feliz y ser intransigente, estúpido y desgraciado.

Hoy he descubierto que no hay nada peor que la soledad. Las corazas no sirven, la palabrería no vale. No es lo mismo ser gilipollas que valiente, aunque muchas veces ambas cosas se parezcan. Se puede ser responsable de los actos y al mismo tiempo no tener la verguenza torera de plantar cara a las consecuencias.

Hoy he descubierto que no hay nada peor que ser un solitario quejica, llorón y nostálgico.