Cosas que pasan
J. no es nuevo en la ciudad, pero lleva tanto tiempo fuera de casa que se le ha olvidado cómo era vivir allí. En el trabajo no destaca especialmente por su lucidez, ni por su astucia, ni por nada por el estilo. Es más bien un tipo normal tirando a mediocre.
Tiene sueños, eso sí, y anhela con demasiada frecuencia los tiempos pasados. Sabe escuchar a los demás y callar cuando hace falta. No es una persona muy afable ni amistosa, aunque tampoco un ermitaño. Simplemente no está acostumbrado a socializar demasiado con la gente, a pesar de su alto grado de empatía cuando lleva alguna copa de más.
Un buen día, una compañera le propone tomar algo tras el trabajo junto a otros muchos. Piensa en decir que no, pero su Pepito Grillo le recomienda aceptar.
-Luego no te quejes si te quedas solo -le recrimina. Casi a regañadientes, dice que sí.
Entran en un bar de tapas y comienzan a pedir cerveza y raciones variopintas por un tubo. A pesar de sus malas experiencias con la cerveza sin alcohol, J. opta por pedir una y retirarse discretamente a un rincón de la mesa. Hay dos personas que monopolizan las conversaciones, a las que todos ríen las ocurrencias sin apenas dudar sobre la veracidad de lo que se dice. J. es un tibio, un culo entre dos sillas, y no opina por no ofender.
Sin embargo, es consciente de que la gente alrededor está empezando a conocerle y de que les cae bien. No es el más divertido, ni el más ocurrente, pero sí el más sincero de los que allí hay. Y hay personas que perciben esas cosas, entre ellas, su compañera de trabajo. Cruzan miraditas un par de veces, casi sin querer, casi a propósito. Parece que hay cierta química.
Finalmente, tras pagar la cuenta, todos salen del establecimiento y de despiden educamente. En el camino a casa, J. recibe una llamada a su teléfono móvil.
-Necesito hablar contigo -dice una voz tibia, como destemplada. J. se queda perplejo: es la chica de las miraditas entrecruzadas. Le propone quedar en media hora en una pequeña cafetería urbana que conoce bien.
Dos cafés y cuatro cigarrillos más tarde, Cupido vuela hacia a casa tras cumplir con su trabajo. Ya hay dos felices indecisos más en el mundo.










mixcelaneas dijo
En serio Indeciso? Esto es de verdad??? Ojalá!
Me encantó la historia!!
Besosss navideños.
P.d1: Si me he perdido algo en los enlaces te pido disculpas... me estoy yendo a ver un partido de tenis de mi hijo.
P.d2: Por qué las mujeres siempre tenemos que dar el primer paso?, jejeje.
22 Diciembre 2008 | 07:55 PM