En el tiempo del biberón, estaba absorto en descubrir todo lo que rodeaba y su mundo era un ser afable, generoso y que olía bien. Su madre, la única persona que le dejó algún tipo de huella.

Cuando estuvo en edad de beber Coca-cola todo se reducía a los libros. Los devoraba con devoción, uno a uno. Goethe, Pinter, Ende, lo que fuera - nunca le hizo ascos a nada. No era guapo, no era brillante, ni siquiera era demasiado inteligente. Se enamoró varias veces pero procuró olvidarse a base de letras y más letras. "La cultura es lo más importante" - se repetía una y otra vez. Se veía jefe intelectual de las masas, por encima de todo y de todos. Tuvo varios impulsos de libertad, pero él mismo los frenó a base de ostias e hipocresías religiosas. Llegó virgen a los 25 años.

Ya se emborrachaba antes de casarse, de conseguir la plaza en la Universidad, dos gemelas rubias, un perrito y una vida segura, estable y aburrida. Lo tenía todo, pero su vida estaba vacía, tristemente impoluta, como un cuaderno en blanco. Empezó bebiendo agua con whisky, después whisky con agua y terminó bebiéndose el whisky como si fuera agua. Su intachable y estrictamente estricta existencia comenzó a llenarse de agujeros.

Acabó enganchado a una botella de suero eterna e interminable. El resto fue más o menos lo de siempre en estos casos: un vaivén de medicinas, de máquinas de respiración artificial, de instrumentos de tortura en la antesala de la muerte. Murió un día gris de lluvia, aunque ya no recuerdo cuál. Su familia le ha llevado flores. Dos veces, creo.

Se le pasó la vida con tal rapidez que nunca tuvo tiempo de amar.