Desafortunadamente la Navidad terminó y la realidad ha llegado a mi vida con más fuerza que nunca, pisándolo todo, moviendo armarios y conciencias. Se acabó el turrón y se me acabó el cuento.

El nuevo año ha venido cargadito de incertidumbres, proyectos, noches sin dormir y madrugones. Llevo unos días soñando con gráficos, números, papeles, libros y calculadoras con patas que devoran indecisos como si fueran galletas. El otro día me vi nadando entre los cuadros de una vieja libreta manuscrita de cabo a rabo. Me deslizaba con rapidez, aunque no podía evitar que los rabitos de la A minúscula y los puntos suspensivos se me metieran en los ojos como el polvo de las ventiscas. Fue horrible.

No sé por qué, pero no hago más que pensar en playa y palmeras (tropicales y de chocolate), en tardes de sol y en noches de película en lugares que ya apenas recuerdo con personas que hace ya mucho tiempo que desaparecieron del mapa. Es en los tiempos de agobio cuando más echo de menos a los que se marcharon sin razón aparente, a los que "evolucionaron" a otras vidas con otros trabajos, intereses y amistades.

Pero sigo aquí, vivito y coleando. Estoy teniendo una mala racha, pero la superaré.

Sobreviviré.