Durante poco menos de un año estuve viéndote todos los días. Por las mañanas te levantabas tembloroso, aterido de frío, con los ojos más azules y las pestañas más rizadas que nunca. Bromeabas con mi café cargado y mi manía de dar golpecitos a la tostadora. Nuestros desayunos no eran mágicos, ni especiales -ni tan siquiera me atrevería a decir que eran de verdad, siempre íbamos con la hora pegada al culo- pero me sabían a gloria.

Supiste ser el amigo más fiel, el contrapeso ideal, la I de mi punto. Equilibrabas con una sonrisa mi mal humor y aplacabas mi ira cuando hacía falta. También me ponías de los nervios de vez en cuando, que conste. Me agobiabas con tus contradicciones y a veces deseé darte un guantazo, o dos. Pero entonces te plantabas delante de mí, me dabas una palmada en el hombro, me mirabas con sorna y sonreías. Y yo, que soy más blando que la mantequilla, me derretía como un cubito de hielo.

Sabes bien que eres un listo encantador y yo soy un tonto torpe sin carisma.

Algunos días eras grande, inmenso, tanto que me hacías sentir el ser más feliz del mundo. Otros, me conformaba con las migajas de tu afecto. Pero no había día sin nuestros rituales: desayuno, almuerzo, café, charla. Tuvimos noches de cervezas y confidencias en solitario en las que todos y cada uno de mis secretos pasaron por tus manos... te conté cosas que nadie sabe, cosas de las que ni yo mismo era consciente.

Llegamos a tener un grado de compenetración asombroso, una empatía más allá de lo común. Estuvimos en el mejor punto de nuestras vidas, en el que una mirada y un chasqueo de lengua lo indicaban todo. Parecía que leías mis pensamientos y yo casi intuía los tuyos, a pesar de que no soy nada bueno en estas cosas.

Para que veas cómo es la vida: te conocí en una estación y me despedí de ti para siempre en otra. No he vuelto a llorar así desde entonces. Tampoco he olvidado tu mirada vidriosa del último día, ni el abrazo tan fuerte que nos dimos.  

Ha pasado el tiempo (el único justiciero, dicen) y seguimos en contacto, pero ambos somos conscientes de que la chispa se ha apagado. Pero te recuerdo cada día, tanto que me duele. Y lo que más me fastidia es que estoy empezando a olvidar tu forma de andar, tu ruidito de ratón en la habitación de al lado, tu olor, tus llamadas a media voz de madrugada.

Me gustaría volver a verte, aunque preferiría viajar en el tiempo y vivir contigo otra vez. Te aseguro que lo haría todo del mismo modo.

Te echo de menos, amigo. Cada día más.