Salgo de la biblioteca agobiado, con la mochila al hombro, pesados mamotretos apoyados en mi pecho como una quinceañera (¿quién dijo que el saber no ocupa lugar?) y las gafas de sol torcidas. Al final de la cuesta me espera una compañera de clase, guapa, muy sonriente y con las uñas pintadas de rojo camión.

De repente, suena el pi-pi del móvil. Tengo un mensaje. Hago malabarismos con los libros -me doy cuenta de que mi compi me observa en la distancia, partida de risa- y me apresuro a leerlo:

"Acabo de llegar a París y me he acordado de ti. Sabes que ésta es tu ciudad. Besos"

Guardo el móvil, tembloroso, en el bolsillo de la chaqueta y cojo los libros con velocidad y soltura. Corro hacia mi compañera y le planto dos besazos en toda la mejilla. Se queda perpleja, roja como sus uñas, pero pronto improvisamos una insulsa conversación.

Solo recuerdo que, de camino a clase, sonreía.

He estado tres horas en la universidad y no he aprendido nada, apenas he escuchado a la profesora. Solo sonreía.

Al terminar, ya de noche, a nadie le apetecía compartir conmigo un sabroso juguito de cebada. Pero me ha dado igual, he seguido igual de sonriente.

No llovía, ni llevaba paraguas, ni sé cantar. Pero me he puesto a cantar bajo la lluvia alrededor de una farola apagada.

 

Es increíble cómo un par de palabras pueden hacer que un día de mierda se vuelva maravilloso.