La Cabalgata de Reyes

Estos días azules y este sol de la infancia...
(Antonio Machado)
Apenas había cumplido seis años y ya se creía el ser más desdichado del planeta. Él, que había sido más bueno que los cuatro angelitos que guardaban su cama. Que había estudiado con entusiasmo febril las letras, los números y ya casi sabía sumar y restar de corrido (¡con dos cifras!). Que se había comido todo el potaje de garbanzos sin rechistar ni armar jaleo. Que incluso -y hay qué ver qué difícil puede ser la vida a tan temprana edad- había aprendido a aguantar a su abuela y todos sus desvaríos, a decir "gracias" siempre y a comportarse como el niño más adorable del barrio.
Y ahora, su primo de diez años, ese proyecto de cani, le venía con el cuento de que los Reyes Magos son los papás. Que ni portarse bien, ni demás zarandajas. Básicamente, decía el maldito bastardo, todo eran excusas que se habían inventado los mayores para hacer que los niños pequeños hicieran lo que ellos quisieran y olvidaran su plan primigenio de dominar la Tierra con pistolas de agua. Desde luego, ese Satanás de metro y medio se había propuesto fastidiar a su primo y lo estaba consiguiendo.
Al principio no le creyó. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que los papás nunca en la vida dicen mentiras. Además, desde muy pequeñito preparaba primorosamente tres vasitos de leche, tres de coñá y tres mantecados para sus Majestades, además de tres cubos de agua que su madre le ayudaba a llenar del grifo de la bañera. Y al día siguiente, cuando se despertaba, su casa era una fiesta de juguetes flamantes y sus Altezas Reales habían arrasado con la leche calentita, los mantecados y el coñá (lección 14 de su etapa vital: los mayores son un poco borrachos) y los camellos, animalicos del Señor, habían dado buena cuenta del agua. Si dos más dos son cuatro, sus cálculos con esto tampoco podían fallar.
- Piensa bien: tu padre llega al salón cuando estás dormido, se come los mantecados, la leche, el coñá y tira el agua de los camellos por el váter. Tonto, que eres tonto - insistió el futuro delincuente, con bastante chulería.
- No puede ser, porque si mi papá dice que los Reyes existen, pues es verdad. Existen -se negó, categóricamente, el pobre niño.
El primo maléfico, todo crecidito por la soberbia que provoca en las malas personas (que ya lo son desde la niñez) la facilidad con la que se puede hacer daño a un inocente, rió a carcajadas durante largo rato y se pasó el resto de la mañana burlándose y haciéndole rabiar.
El niño estuvo callado durante todo el trayecto de camino a la Cabalgata del día cinco de enero. Por primera vez en su corta vida, le parecía más o menos probable que los Reyes Magos no existieran y que todo aquello fuera una pantomima urdida por los mayores. Pero se negaba a creerlo con todas sus fuerzas.
La Cabalgata fue un espectáculo tan maravilloso como dantesco. Miles de padres se afanaban por conseguir caramelos como si les fuera la vida en ello: empujaban a los demás, miraban con desconfianza a los que llevaban bolsas y paraguas abiertos para atrapar más proyectiles azucarados y se peleaban como leones enfurecidos en pleno circo romano. Había también varias viejecitas histéricas abriéndose paso a empujones... y hasta oficinistas jóvenes, niños de veintimuchos años, que vivían el evento con intensidad y alegría. Todo el mundo bailaba al son de los tambores y los más niños reían, saltaban y se encaramaban en sus mayores para poder ver mejor.
Pasaron muchísimas carrozas repartiendo golosinas, peluches y pelotas de playa. Primero vinieron los pajes, en majestuosos caballos. Después, varias reinas del Oriente y algunos faraones del Antiguo Egipto. Tampoco faltaron al evento Pocoyó, Bob Esponja, los Tragafuegos y algún Simpson despistado. Incluso desfilaron los de Pollos "Sanera", que no se pierden ni una. Y finalmente, los tres Reyes Magos, en tres preciosas y grandes embarcaciones de ruedas, llenas de colorido y confetti. El niño disfrutó como lo que era y por un instante se olvidó de su estúpido familiar rompe-ilusiones. Saltó como un loco y pidió a gritos a sus Majestades sus mayores deseos e ilusiones. Les gritó tan fervorosamente que el mundo se paró un segundo y el Rey Baltasar bajó de un brinco de su trono, dio una triple voltereta mortal en el aire y se plantó justo delante de él. Sin mediar palabra, lo alzó en sus brazos y le dio un beso paternal en la mejilla. Posteriormente, le guiñó un ojo y subió a las alturas, con la ayuda de dos angelitos que volaban sobre una nube.
El desfile siguió su marcha ante él, que se mantenía erguido y quieto, con los ojos paralizados ante el peso de la evidencia. Ya no le importaban los regalos, ni las cartas que había escrito, ni los caramelos... sin lugar a dudas, los Reyes Magos eran de verdad, lo habían sido desde el Principio de los Tiempos y seguirían trayendo regalos a los niños buenos por Siempre Jamás de los Jamases. Y, además, Baltasar era -es- un gimnasta cojonudo que olía -huele- muy bien. Un tío con clase, de los que ya no quedan.



Deira dijo
¡Y yo que creía que hoy no iba a tener regalos de Reyes...!
Gracias por esta entrada, que poner una sonrisa en la cara de alguien que no sólo está despierto a estas horas de un día 6 sino que encima tiene que trabajar es lo mejor que podía soñar hoy :)
Eso y el relato en sí de una cabalgata inolvidable, jeje.
6 Enero 2010 | 07:49 AM