Entre dos tierras

¿Qué pasaría si tomar decisiones no doliera? ¿Seríamos, de alguna manera, más valientes y cogeríamos el toro por los cuernos sin dudarlo? ¿Temeríamos menos a las consecuencias?
En ésas andaba yo cuando la cafetera comenzó a silbar la canción más agradable de la mañana. Dejé de pensar por un momento y me serví un café bien cargado. Mientras desayunaba, comencé a realizar una lista mental de los pros y contras del nuevo -y a la vez, antiguo- desafío que me ronda la cabeza desde hace años. Como gran desorden que soy, ni que decir tiene que éstos se mezclaron de forma caprichosa en mi cabeza en un puzzle imposible de armar.
Sé que es una imagen bastante recurrente, probablemente influenciada por la pesadilla de Bart Simpson en ese capítulo en el que vende su alma a Milhouse, pero de repente me vi en mitad de un enorme lago a bordo de una barquita de madera. El cielo era extrañamente azul y el horizonte se adivinaba tan infinito que apenas podía afirmarse que existía. Más allá del lago no había nada, o se escondían tantísimos pensamientos que me fue totalmente imposible determinar formas y colores. Solo el blanco de la volubilidad y la desesperanza.
Los pros eran bolitas de algodón que caían al agua en un goteo constante y permanecían flotando durante horas. Por su parte, los contras eran pesadas piedras que caían con fuerza, chapoteando y hundiéndose sin remedio. Algunas bombardearon violentamente mi cabeza y abdomen, de modo que no tuve más remedio que rescatar algún pro del agua para curarme las heridas.
Tanto trajín me dejó con una confusión mental de tres pares de narices y, una vez más, llegué tarde al trabajo. Allí, como siempre, encontré comprensión y buenos consejos que me hicieron ver las cosas más claras (aunque no tanto como quisiera). En el descanso para comer, sumergido en una marisma de olores a fritanga y tabaco de bar, garabateé mi rabia en una servilleta y se la dejé al camarero, junto a la propina...
¿Por qué la necesidad de cambiar viene de forma tan repentina?¿Por qué no todo es ya y ahora? ¿Por qué los planes suenan razonablemente bien si se aguanta un poco más? ¿Por qué no hay que precipitarse, si el cuerpo pide temeridad y rapidez de decisiones? ¿Quién dijo que el miedo a equivocarse es una virtud y no un coñazo?
...Me gustaría pensar que estas preguntas no tienen respuesta, pero lo cierto es que sí las tienen y lo peor es que duelen como un puñetazo en un ojo. Todo camino tiene descansos, al igual que dicen que hay un Limbo entre el Suelo y el Cielo. Un Limbo en el que se puede estar inquietantemente a gusto, algo así como vivir eternamente en la madrugada de un domingo en la que las expectativas de dormir a pierna suelta, las despedidas sinceras hasta el lunes y los zapatos de tacón en la mano de las chicas forman un Uno inigualable e indestructible.
-¡Cuidado! El stand-by da una tranquilidad inusitada, una paz que se sabe pasajera y peligrosa- me alertó el subconsciente. Asentí, no sin antes cerciorarme de que había entendido completamente. Ya hubiera querido yo quedarme mirando volar a las moscas, pero no.
Me di cuenta, de una vez por todas, de que todo debe terminar y -como dice un buen amigo mío- más tarde o más temprano, hay que empezar a mirar para arriba.



Lurker83 dijo
Maldición, hacerme pensar en que, en breve, como mucho un mes, tendré que salir de mi limbo personal, del stand-by cómodo y vago en el que me balanceo ahora...
15 Marzo 2010 | 12:06 PM