Escenas de Semana Santa

1) Tres niños juegan con una pelota en la terraza de una cafetería urbana. Son las cinco de la tarde y las conversaciones entre los mayores parecen animadas. En mesas separadas, varias parejas parecen discutir temas tan apasionantes como el gol de Pelayo Oliveira -novísimo fichaje del Real Pepino- en el último partido de la Liga Champiñón, lo cara que se ha puesto la cigala con las pinzas atadas con cordón de oro y que, hay que ver y gracias a Dios, el Señor Hacendado ha decidido elegir nuestro barrio como puesto secreto de operaciones. Ellas lucen peinados imposibles de peluquerías carísimas y gafazas de sol, y ellos, abundantes litros de gomina y jerseys coloridos en los hombros. Vaya panorama.
Vale, lo siento. Durante mucho tiempo he estado buscando mil excusas para enlazar este video y no las he encontrado. Mmmm... vamos a suponer que estamos hablando de Laura, su flamante marido, sus preciosos hijos (todos los que el Señor quiera, obvio está) y su pandilla de amigotes. La ocasión la pintan calva.
En fin, al grano: los niños. Los dos mayores rondan los cinco años, mientras que el más pequeño apenas se tambalea entre el segundo y el tercer año de vida. Los tres van lo suficientemente emperifollados como para que los apaleen en el patio del recreo, pero es Semana Santa, no levantan un palmo del suelo y todo vale. Aunque mantienen la raya del peinado, ya llevan las blusas ligeramente sacadas por encima del pantalón (mamá, no mires) y los zapatos de charol lo suficientemente polovorientos para llevarse una buena reprimenda. Los dos mayores (gordos, rubios y algo violentos, futuros votantes del PP) se pasan la pelota entre ellos y pasan tres kilos del pequeñajo. El otro, pobre, no para de ir de un lado a otro suplicando que le dejen jugar.
- Quiero jugaaaaar - grita, mientras llora y patalea, desconsolado.
- No, porque eres pequeño y bla, blo, blu - le responden los gordos.
Nicolasito (llamémosle así) corre en busca de sus pijopadres, que seguramente arreglarán la situación con mucha mano izquierda y mucho diálogo y tal.
Si es que, hay qué ver: los niños crecen, las familias cambian, hay cada vez más playstations y ordenadores por casa... pero los conflictos de la infancia siguen siendo los mismos.
2) Tras una agradable y alcoholizada soirée de miércoles noche, varios amigos se encaraman a la cuesta más empinada del Sacromonte de Granada para ver una procesión. Ninguno de ellos es demasiado creyente, pero qué más da. La chica más guapa de la comitiva confiesa que nunca ha visto un paso de Semana Santa a sus 24 años y eso hay que solucionarlo como sea.
Durante la espera -mucho más sobria y serena de lo que cabría esperar-, multitud de temas se pisan y enlazan, en una lucha constante contra el frío gélido de las dos de la mañana. De golpe y porrazo, el mundo entero se funde silencio y aparece el Cristo de los Gitanos en su cruz. Cien lumbres aparecen de la nada y tan solo se escucha el murmullo de un tambor y una saeta, cantada por alguien a quien no se consigue divisar.
Aún desde una posición de descreimiento y agnosticismo radical, he de admitir que es un bonito espectáculo.

3) Un músico callejero irlandés conoce a una vendedora de flores checa y se enamoran. Ella le pide que le arregle la aspiradora, él le propone tocar una canción juntos. Todo empieza en Grafton Street (Dublín) y termina no demasiado lejos. Inundados por una marisma de canciones tristes, nos dan una lección sobre lo que es el amor verdadero y todo parece tan cierto que cualquiera diría que es una película. Se llama "Once", la dirigió John Carney en 2006 y está protagonizada (cantada, mejor dicho) por Glen Hansard y Markéta Irglová. Es una gran película pequeña, de las que llegan al corazón si no te pillan con el pie cambiado.

I don't know you / But I want you
"Once" está hecha con cuatro duros, tres de ellos destinados a la producción de la estupendísima banda sonora. La historia es un poco predecible, pero lo es tanto como la vida misma y por eso se disculpa. Todos los personajes están profundamente desarrollados y en su lugar, como el padre del protagonista o el chulillo irlandés que les alquila el estudio de grabación. La música compuesta por Glen Hansard (líder de The Frames) es excepcional y salpica el filme de contrapuntos de emoción bastante potentes. Es una película muy recomendable y alejada de lo que suele verse en Semana Santa (pero qué pasa, veo lo que quiero, paso de "Ben-Hur" y "Rey de Reyes": soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, ¿sabes?), pero hay que verla si se quiere ser una persona de provecho. Punto redondo.
4) En su huída de las procesiones, un padre y un hijo se refugian en un bar. Media hora y dos cervezas más tarde, se dan cuenta de que están más cerca de nunca. De que los problemas del hijo fueron antes los del padre, y de que el hijo tiene la madurez suficiente como para comprender a su progenitor en todas y cada una de sus decisiones.
El padre paga las consumiciones y ambos se retiran silenciosamente. Todas las cartas se han puesto encima de la mesa, se han mostrado de la forma correcta y lo que es mejor, los dos han ganado la partida.
Una mirada cómplice y un "no se lo digas a mamá" han hecho que esta Semana Santa valga la pena por completo.




Deira dijo
Pues esta entrada magnífica ha contribuído a que mi Semana Santa también valga mucho más la pena :) Como siempre, muy bien pintadas tus escenas (y me alegra la sensación plácida que se desprende de ellas :)).
Espero que hayas tenido buenas vacaciones, Indeciso ;)
4 Abril 2010 | 06:53 PM