Tres días de aburrimiento

Título original: "Tres días con la familia" ("Tres dies amb la familía").
Directora: Mar Coll.
Año: 2009.
Duración: 86 minutos.
Género: Drama.
País: España.
Reparto: Nausicaa Bonnín, Eduard Fernández, Philippine Leroy-Beaulieu, Francesc Orella, Ramón Fontserè, Aida Oset, Artur Busquets, Amalia Sancho, Isabel Rocatti, María Ribera.
Guión: Mar Coll y Valentina Viso.
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Odio no entrar en las películas. Por no entrar me refiero, obviamente, a no identificarme con ninguno de los personajes (ni con el protagonista, ni con el amigo tonto, ni con el padre sufridor) y, por tanto, quedarme con las ganas de evadirme por un rato de la rutina. Tampoco es pedir mucho. De hecho, creo que el Séptimo Arte se inventó (más bien: debió haberse inventado) con ese loable propósito.
Antes de rasgarse las vestiduras, habría que pararse a analizar el asunto con detenimiento. No se trata, por ejemplo, de rodar solo películas fantásticas o de acción. La dicotomía no está en elegir entre el enésimo ejercicio fílmico de concienciación social de Fernando León de Aranoa y el último espectáculo palomitero de Bruce Willis dando ostias por doquier mientras que su mascota, un simpático chimpancé con pajarita, se entretiene en beber sus propios orines para el deleite del público más elemental. Tampoco estoy diciendo que la única finalidad del cine tenga que ser, obligatoriamente, la de hacernos pasar un buen rato. También se aprecia que nos haga sentir incómodos (Funny games), cagarnos de miedito (Al final de la escalera) o reflexionar sobre la podredumbre que nos rodea (La vendedora de rosas, que, por cierto se puede ver online aquí). En todo caso, el quid de la cuestión es despertar emociones en el espectador... y aún mejor si perduran tras los créditos del final.
Por alguna extraña razón que no acierto a entender, un importante sector del cine español se empeña en reflejar la realidad punto-por-punto a toda costa. Lo cual no tendría nada de malo sino fuera porque la vida, como la mayoría de las cosas, puede ser un coñazo de dimensiones estratosféricas. Además, los guiones siempre tocan los mismos temas y desde los mismos ángulos. Uno sabe qué va a pasar desde el primer momento, lo que no ayuda a mantener el interés de ninguna de las formas (para que conste en acta: un servidor realiza esfuerzos sobrehumanos y -salvo pestiños insalvables- se traga todas las películas enteritas) y así nos luce el pelo cuando se compara nuestra ficción con la francesa o la británica, por poner un par de ejemplos cercanos.
"Tres días con la familia" es un claro ejemplo de este cine tan poco necesario. Cuenta la historia de Léa (Nausicaa Bonnín), una joven veinteañera que tiene que volver a Girona para el velatorio y entierro de su abuelo. Vive en Toulouse, tiene un novio de allí, quiere dejar los estudios de ingeniería y montar un bar. No encaja del todo en su familia por ser bastante retraída y estar muy harta del juego de apariencias que se traen entre todos. Su padre (Eduard Fernández) es lo que viene llamándose un tipo "cuchara", esto es, que ni pincha, ni corta, ni opina, ni hace nada. La madre (Philippine Leroy-Beaulieu) se siente anulada completamente porque se ha pasado 25 años con un tío más anodino que el agua del grifo ("un amante de la verdura hervida", dice ella, en el quizás único momento verdaderamente divertido del film). Los demás miembros del clan pululan por el metraje de forma pulcra y ordenada, respondiendo más a un arquetipo que otra cosa: el tío gruñón y prepotente que siempre da lecciones a todo el mundo, el sobrino pijo que se esfuerza en ser la sombra de su padre, el primo rarito, el buen hijo, la tía cotilla, la tía rebelde e intelectual, etcétera. Todos están caracterizados a brochazos y sus cuitas son tan insustanciales que ni nos afectan, ni nos importan.
El problema no estriba en que no te creas a ninguno de los personajes (para eso está Two Lovers, a.k.a "Historia aburridísima de los amantes de cera"), sino en que todos son tan rematadamente reconocibles que provocan el hastío. Ni emocionan, ni sorprenden. No hay conflicto dramático. Tres días con la familia es precisamente eso, tres días de una familia burguesa catalana. Todos con traje, coches bonitos, casas grandes y macarrones para almorzar. Un rollo repollo, como la vida misma.
Y, cuidado, que nuestro cine es rico en películas de corte realista que sí funcionan. Así a bote pronto, se me ocurren todas las de Icíar Bollaín (si Flores de otro mundo no te inspira ternura alguna, ve al médico a que te curen tu piedrocardiopatía), El bola (2000), ¿Y tú quién eres? (2007) y, la mejor con diferencia, Una palabra tuya (2008). Incluso Azul oscuro casi negro (2006), siendo también bastante plomo, conseguía empatizar con el espectador. Sin embargo, el film que nos ocupa solo nos arranca bostezos e indiferencia, pues da la sensación de que nunca va a arrancar. Cuando parece que va a haber algún pico de tensión, llega el personaje de turno y expone el problema de viva voz, a lo bestia. Así no hay forma de quedarse intrigado con nada, oiga.
En el lado positivo de la balanza, habría que destacar la actuación de casi todo el elenco (incluso la tía escritora superpija y divina que cuenta chistes en el funeral, a pesar de que chirría un poco) y una realización estupenda, con poderío y bonitos exteriores. Eduard Fernández está sublime como padre inexpresivo y aburrido. No conocía a Nausicaa Bonnín y la verdad es que me extraña que no haya habido todavía ningún productor de televisión que le haya ofrecido un papel en alguna serie. La actriz lo borda y espero que tenga muchas y mejores oportunidades. También destacan Ramón Fontserè, en un papel muy poco agradecido y demasiado caricaturesco (aunque, al César lo que es del César, yo tengo un tío así) y Philippine Leroy-Beaulieu, como el personaje más auténtico, quizás el único al que le corre sangre por las venas.
Por lo demás, no me queda más que alabar el trabajo de dirección (Premio Goya 2010 a la Mejor Dirección Novel), pues se nota que la joven Mar Coll sabe lo que se hace: la historia va al grano y la dirección de actores procura que todos estén en su sitio, con escenas magníficas como la del desayuno de silencios incómodos entre padre e hija (cartón de leche "Hacendado" incluido).
Ya solo hace falta un poco más de atrevimiento (y de dinero) en la industria cinematográfica española para contar historias diferentes (Celda 211) y tendremos la batalla ganada.
Talento no falta.

