El Enfermo Indeciso

Laënnec and the Stethoscope. Robert A. Thom (1960)
Los que me conocen saben que soy una persona paciente. Tolero a los extremistas, a los tontos al cuadrado, a los babosos, a los arribistas, a los pelotas, a los codiciosos, a los franquistas de veinte años (y a los de sesenta, qué le vamos a hacer), a las que te llaman cariño y amor sin haber comido contigo en el mismo plato, a los envidiosos, a los egoístas, a los chillones, a los peleístas, a los charlatanes, a los malvados de cuento, a las hadas madrinas de pacotilla, a los que conocen la solución de todos y cada uno de tus problemas y no dudan en regalarte sus útiles y fructíferos consejos cuando menos los esperas (y necesitas); a los que una vez leyeron un libro (algunos, en inglés) y se creen inteligentes, a los que hilan tan fino que acaban pinchándose (pero nunca lo reconocen), a los que te pisan de buenas maneras, a los pijos con gafas de sol gigantes, peinado pepero y cinturón de la bandera de España; a los que tienen los santos cojones de ofrecerte su ayuda cuando ya has terminado la tarea, a los que beben y comen a cuenta de los demás, a los confusos, a los vagos, a los aprovechados, a los ancianos maquiavélicos que se creen con derecho a todo, a los curas, a los desalmados, a los locos, a los que no se lavan los pies, a los espabilados, a las universitarias resabidillas de primer curso, a los vecinos, a los amigos que nunca están, a los que se despiden diez veces pero no se van ni a tiros, a los pesados que llaman diez veces seguidas al móvil y dejan tres mensajes con estupideces, a los caseros sordos y olvidadizos cuando les conviene... . En fin, tolero a todos los petardos en general.
También aguanto estoicamente la sopa en verano, el potaje de garbanzos, el barro en los zapatos, las cacas de perro, el agua del grifo con extra de cloro, el olor a Humanidad en Semana Santa (en mayúscula por el alto grado de pestilencia), los reportajes de España Directo, la coca-cola sin gas, el café frío sin azúcar, las colas en el autobús, mi móvil Nokia cosecha de 2004 (oh, yeah), el Windows Vista, las medicinas con sabor a infierno, los anuncios del Spotify, los gallineros de La Noria, David Bisbal y cosos musicales todavía peores, las prisas, el trabajo a velocidad absurda, los chistes malos sobre borrachos y mujeres de tetas grandes, la televisión en verano, la televisión en el resto de las épocas del año, las novelas malas, los discursos políticos de todos los bandos, el facebook, sus malditos grupos y Menganito Peláez, que quiere ser mi amigo a toda costa; la pasta mal cocinada, los sofás incómodos, el tapete de ganchillo, la figurita del búho atolondrado encima del televisor, las fotos de la primera comunión, las manías que implican luces y tocar cosas, mirar para atrás con anhelo para darse cuenta de que "joé, vaya mierda"; el dinero y podedrumbres adyacentes, la COPE, los 40 Principales, las lecturas impuestas, el "esto es así porque lo dicen mis cojones", el aire acondicionado a 18 ºC, los bebés que te miran desafiantes, los adolescentes que saben más de sexo que yo (a su edad, ejem), los fregaderos atiborrados de platos grasientos, los pedos ajenos, el escritorio lleno de papeles indescifrables que no sé si esconder, tirar, quemar o dejar para luego... y un largo etcétera.
Pero hay una cosa que realmente no soporto: ponerme enfermo. Es algo inevitable, sé que es una obviedad como un piano y que no se puede hacer nada aparte de intentar curarse y aguantar el chaparrón, pero no tengo remedio. Me fastidia querer leer algo y tener que dejarlo porque las letras se desparraman por la hoja. Odio creer que los personajes de una película se están doblando como hojas de papel de fumar sobre el celuloide. Me angustia haber tardado tres días (a cachos) en pasar a letra esta rabieta, porque el cuerpo solo me pide cama y más medicinas. Funciono a rachas, intermitente, como una linterna con las pilas gastadas. No soy capaz de centrarme durante largo rato en otra actividad que no sea dormitar a lo largo de sueños surrealistas de luces azules y situaciones estrambóticas repetidas por la fiebre y su mala leche.
Estoy hecho polvo, sí. Pero pronto lo superaré y volveré a la acción.
Lo prometo.





Deira dijo
Qué alivio volver a leerte y qué alegría, porque me confirma que estás mejor y que los virus no se han llevado ese ingenio y esas letras que tanto bien traen al mundo :)
23 Julio 2010 | 12:32 AM