Para mí cualquier viaje supone un desafío monumental. De hecho, ir a Córdoba desde Granada es (casi) un viaje al extranjero. Soy un vago de los andenes y de las dársenas, un lento para hacer maletas, un inútil con los tickets y reservas. Lo que viene siendo un desastre con bultos.

Pero eso no me impidió pasar una tarde en Tokio.

Andaba yo perdido por las inmensas calles de la urbe, impresionado por la gran cantidad de anuncios gigantescos, luces estridentes, voces chillonas, escaparates imposibles, veloces taxis, marabuntas infrahumanas, noche sin estrellas... cuando me encontré con una extraña mujer occidental de ojos verdes y sombrero extravagante.

¡Hola!

Me pareció una señorita de belleza atemporal, como si hubiera cumplido 22 años en los noventa del siglo pasado y se resistiera a envejecer. Me resultó una tipa interesante, a pesar de que alguna arruguita poblaba su frente y sus manos ya no eran de colegiala. En un chás, intuí que guardaba multitud de historias en su interior que debía conocer.

Quizás por solidaridad (o porque no le quitaba ojo de encima), la chica paró el tiempo y me tendió la mano. La segunda maniobra fue bastante fácil y sencilla, pero lo de detener el circuito temporal momentáneamente le costó lo suyo (los pormenores de tal escaramuza tuvieron algo que ver con Momo y los hombres grises, pero ya veremos si me acuerdo de contarla en otra ocasión).

─Me llamo Amélie.

─Ehmm... yo no.

─Estupendo. De todos los pieles blancas que hay por aquí, me ha tenido que tocar el más tonto.

Sin mediar más palabras nos adentramos en un gran Starbucks. No exagero cuando digo que he visto grandes almacenes más pequeños y menos blancos que aquella monstruosidad. Pedimos dos cappuchinos y nos resguardamos del gentío en una esquina con vistas al tremendo dragón de aceras blancas e hileras interminables de automóviles.

Amélie era belga, pero había nacido en Japón y había vuelto en busca de sus raíces. Ella decía que se consideraba nipona y que profesaba un profundo amor a la cultura oriental. Trabajaba en Yumimoto, una multinacional en la que las cifras de dinero eran tan excesivas que podrían agobiar fácilmente al Tío Gilito. Aunque teóricamente tenía un contrato como intérprete, la verdad es que su periplo por la empresa era de lo más penoso: desde trabajos absurdos de contabilidad hasta servir como camarera e incluso limpiadora de los cuartos de baño. Todas, todas las humillaciones del mundo caían día a día sobre su cabeza como la espada de Damocles.

Se encontraba agobiada y afligida por el doble handicap de ser mujer y occidental en un mundo en el que las jerarquías y las absurdas burocracias son tan duras e inamovibles como el peñón de Gibraltar. Sus lamentables peripecias, aderezadas con un amor oculto hacia su superior inmediata, se complementaban con lúcidas reflexiones sobre la mujer en Japón:

Si por algo merece ser admirada la japonesa -y merece serlo- es porque no se suicida. Conspiran contra su ideal desde su más tierna infancia. Moldean su cerebro: «Si a los veinticinco años todavía no te has casado, tendrás una buena razón para sentirte avergonzada», «si sonríes perderás tu distinción», «si tu rostro expresa algún sentimiento, te convertirás en una persona vulgar», «si mencionas la existencia de un solo pelo sobre tu cuerpo, te convertirás en un ser inmundo», «si, en público, un muchacho te da un beso en la mejilla, eres una puta», «si disfrutas comiendo, eres una cerda», «si dormir te produce placer, eres una vaca» etc. Estos preceptos resultarían anecdóticos si no la emprendieran también con la mente.

Porque, en resumidas cuentas, la estocada que, a través de todos estos dogmas incongruentes, se ha asestado a la nipona es que nada bueno debe esperar de la vida.

Nothomb, Amélie (2000). Estupor y temblores (Stupeur et Tremblements). Trad. de Sergi Pámies. Barcelona: Editorial Anagrama.

Me contó una historia hiriente y supurante de ironía y mala leche sobre los preceptos más absurdos y delirantes de la cultura japonesa. De forma ágil y espontánea, la belga conjugó multitud de anécdotas sobre tareas incomprensibles y tiránicos jefes con jirones de pensamientos que me dejaron cavilando durante largo rato.

Quedé un poco patidifuso y con un sabor de boca agridulce. Ignoraba que las relaciones sociales en Japón fueran tan extremadamente jerarquizadas y que, en definitiva, pudiera ser tan complicado para un occidental encontar la felicidad en el trabajo. Se me quitaron las ganas de volver por allí.

Este feo asunto me desanimó un poco y me robó el sueño por la noche. Yo, que siempre intento evitar el choque cultural en mis viajes y lecturas, porque allá donde fueres, haz lo que vieres. Me quedó bien claro que no todo se resuelve con buena voluntad, ojos abiertos y actitud respetuosa ante las costumbres del Otro, el diferente, el que nos muestra que la realidad es muy diferente desde sus gafas.

Y es que, que haya una cultura milenaria que desprecia a las mujeres y que muchos japoneses se crean superiores a los occidentales (y viceversa) no es, como diría un amigo mío, un asunto baladí.

Con todo, me sentí un poco identificado con la protagonista del relato. Al fin y al cabo, es tanto un reflejo de la sociedad japonesa como un ataque directo a la vida en las multinacionales de todo el mundo. Todos los oficinistas grises (entre los que me incluyo) hemos sufrido alguna humillación o algún jefe incompetente en las altas esferas... incluso hemos cargado con la mierda de algún superior pelota endiosado.

Es ley de vida, parece ser. En Japón y en todas partes.

Dije adiós cortésmente a mi joven-pero-no-tan-joven nueva amiga  y me adentré de nuevo en los intrincados laberintos de la ciudad. Conforme ponía el pie en la calle, Amélie no tuvo más que reanudar el discurrir del tiempo con un chasquido de dedos y desaparecer en el interior de su sombrero. Los detalles de la desaparición los contaré algún día (o no).

***************

Me dirigí hacia la boca de metro más próxima con la intención de ir a ningún lado en particular. Caminaba aturdido por el cansancio y atónito por lo que me acababan de contar. Bajé unas sucias y amplias escaleras que conducían a una plataforma de andenes de baldosas blancas y relucientes. Cientos de personas se agolpaban allí, entraban y salían, se dirigían a las taquillas como autómatas. Sentada en un pequeño asiento naranja, divisé a una Scarlett Johanson de 19 años que ojeaba una revista con evidente desinterés.

"No tengo nada que perder" pensé y me dispuse a perseguirla como un fantasma aficionado al espionaje.

La verdad es que la chica era (es) muy guapa, pero la encontré un poco insulsa, no como en otras ocasiones. Deambulaba de un lado para otro sin demasiado criterio, mohína y melancólica como una tarde de otoño lluviosa bajo un portal sin abrigo y sin tabaco. Una belleza desangelada en un entorno desconocido, desconcertante y hostil.

Estoy triste y contemplativa cual florecilla atrapada en una maceta ante la crueldad de la lluvia...

Afortunadamente, Bob Harris (Bill Murray), un actorazo venido a menos en viaje de negocios, la estuvo rondando todo el rato y prendió la chispa de diálogos tan insulsos y sublimes que un humilde mortal no acabó de entender más allá de su sentido primigenio.

Charlotte (Scarlett J.) : ¿Qué hace usted por aquí?

Bob Harris: No me trates de usted... descanso de mi mujer, olvido el cumpleaños de mi hijo y gano dos millones de dólares por anunciar un whisky en lugar de hacer una obra de teatro.

C: Oh.

B.H.: Lo mejor es que el whisky es bueno.

Pero eso no importaba demasiado: lo importante aquí era comprender que ambos estaban solos en una metrópoli que los atrapaba y ahogaba con tenazas de Godzilla porque eran unos incomprendidos en busca del amor, la amistad o el Ratoncito Pérez. Realmente, a mí no me quedó claro qué les pasaba.

Estuve a punto de descolgarme varias veces de las contingencias de estos dos por las calles de la capital japonesa, pero decidí quedarme por cabezonería. Además, de mano de Charlotte y Bob, pude maravillarme con paisajes que parecían pintados a mano, inmensas avenidas urbanas y habitaciones de hotel sombrías y lujosas. Fui testigo del sufrimiento continuo de la chica y de la resignación de él ante el declive su carrera artística.

Conocí también a una petarda norteamericana (Kelly, Anna Farris) y al megachupiguay del marido de Charlotte (John, Giovanni Ribsi), cuya presencia en mis andanzas por el Imperio del Sol se me antojó irrelevante, innecesaria y hasta molesta.

Vi a ambos saltar de escena en escena con maestría, pero con frialdad y pocas ganas de vivir. Fui con ellos a una fiesta, cantamos en un karaoke, estuvimos en un par de restaurantes... incluso hubo algún que otro momento en los que pensé en marcharme, pues parecía que se iban a dejar de tonterías y pasarían a la acción. Pero no pasó.

Tuve que conformarme con la interpretación de Bob en su anuncio de whisky...

... y con unos planos brillantes del Tokio nocturno y de Scarlett mirando por la ventana con expresión lánguida y taciturna.

Que a todos les quede claro que soy la persona más desgraciada y con más mundo interior del planeta.

Poco más pude sacar de estos dos, más allá de una destacable banda sonora y una marcada tendencia de Sofia Coppola (la mandamás de la parejita) al gafapastismo más deprimente.

Probablemente sea mi culpa, que no capté el mensaje porque soy un cazurro. Porque sé que estuvieron solos, que ni siquiera se tocaron un poco, pero que les hubiera gustado mucho. Eso lo pillé la segunda vez que los vi hablar sobre trivialidades en un restaurante. Lo de ellos era un amor nunca consumado, sí. Tensión sexual nunca resuelta, vale. ¿Qué más? A lo mejor, en algún lugar secreto se escondían diez mil significados ocultos que no logré descifrar.

O quizás es que nos hayan querido vender una moto pretenciosa y soporífera, un paquete vacío bajo un envoltorio de intenciones trascendentales y elevadas en la cima más alta de las almas más estrechas a las que un simple mortal como yo jamás podrá acceder.

En cualquiera de los casos, si no fuera por Tokio, hubiera sido un pestiño inconmensurable.

Y, además, hay que mirar el lado bueno: he viajado 11.084,86 kilómetros (6887.82 millas según Tu Tiempo) sin moverme del sillón.

Un momento, un momento...

Dos (o tres) puntualizaciones rápidas y dejo de dar la tabarra por hoy:

1) Lean Estupor y temblores (Amélie Nothomb 2000, editado por Anagrama, actualmente en su octava edición). Cómprenlo, róbenlo, descárguenlo de internet, pídanlo por Reyes, por sus cumpleaños o por el día de su santo. Es una novelita corta, autobiográfica, magnética, magnífica, fabulosa, estupenda, divertida, entretenida, maravillosa... y se lee de un tirón. Y de paso, vean la película y me cuentan.

2) El mundo se divide entre los que aman Lost in Translation (2003) y los que la odian o les provoca indiferencia. Solo la interpretación de Bill Murray, la fotografía de Lance Acord (una obra maestra) y la banda sonora de Kevin Shields hacen que la película sea soportable y se deje ver. Pero, bajo mi punto de vista, no hay nada más. Es una idea estirada hasta el infinito durante 105 minutos en la que los personajes vagabundean de mala forma, hasta que el chicle no sabe a nada.

No pude perderme en la traducción porque el texto de origen apenas existe.

Pero, oigan, que es mi opinión y es tan válida como un pimiento del Mercadona.