Yo tampoco te espero
Caricatura de Francisco de Borja Esteban Costa
Ya está aquí, ya llegó. Benedicto XVI ha llegado hoy a Santiago de Compostela y pronto partirá hacia Barcelona con su inmenso séquito (cien personas, entre pitos y flautas) y su plétora de acólitos de misa de doce y latigazo en la espalda (la del prójimo, se entiende).
Personalmente, no estoy de acuerdo en que se reciba en loor de multitudes a un señor que representa a la institución más rancia, oportunista, cavernaria y arcaica de nuestro mundo globalizado. Qué quieren que les diga, alguien que ha ocultado sistemáticamente y de forma repetida los abusos de sacerdotes a niños no me merece ningún respeto. Más bien me provoca una profunda indignación y asco, además de una creciente pérdida de fe en la Humanidad. El hecho de que todavía haya millones de católicos que crean en el Papa es una señal grande y luminosa del mal signo de los tiempos, de que estamos perdidos, sin rumbo y en el lodo.
Pero ojo: tampoco quiero decir que "la única Iglesia que nos ilumina es la que arde". No. Creo en el laicismo y en la libertad de religiones. Al fin y al cabo, cada uno hace de su capa un sayo y aquí hay sitio para todos. También creo en el catolicismo bien entendido, en los curas de barrio que llevan las bolsas de la compra a las ancianitas y dan la chapa a los drogadictos para que vuelvan al redil, en los que van de Lezama a Montecarmelo, en las madres de familia que enseñan catequesis de forma voluntaria y se preocupan por educar a los niños para el futuro... en las buenas personas, en definitiva. Así a bote pronto se me ocurre un par de ejemplos de católicos insignes: Vicente Ferrer (que comenzó como misionero jesuita e hizo muchísimo por la India a través de su fundación) y Marino Ayerra Redín (que es mi cura favorito porque no se doblegó a ser un perrito faldero del Franquismo. ¡Vean La buena nueva! ¡Ya!).
Pero no creo en Benedicto XVI ni en el Vaticano. Toda la parafernalia a su alrededor me despierta una serie de sentimientos que van desde la desconfianza hasta las ganas de vomitar, pasando por la somnolencia, el hastío y la desesperación. Mi opinión sobre los obispos, arzobispos y curas de sotana, fajín y anillos de oro es tan desagradable que no se puede expresar con palabras (o al menos sin insultos). No odio a estos personajes, pero ganaríamos mucho si algún alto mando les obligara a reciclarse en misioneros de la palabra de Cristo de los de verdad, de los que se van al último país del Tercer Mundo y luchan por construir escuelas, acabar con el hambre y crear dignidad humana donde ya no queda. Aunque no sé por qué, me da la sensación de que más de uno pediría la cuenta y saldría echando leches si tuviera que ponerse a trabajar.
Me parece mal que entre la Xunta de Galicia, el Ayuntamiento de Barcelona, la Generalitat y la Diputación se gasten casi 5 millones de euros en la visita de este individuo (total para qué, si de momento está defraudando las expectativas). Estos curas y su manía de ir a todos lados de gorra. Además, si tantísima gente está dispuesta a ir a ver al Santo Padre, pues que paguen una entrada como en los conciertos. La lógica -además de necesaria- es aplastante.
Sé que todo esto puede resultar demagogia barata, una soflama débil y discutible desde mil puntos de vista... pero no me importa. Ratzinger es la cara visible de un Estado responsable del encubrimiento de actos de pederastia, abusos a menores, apología del genocidio y otros delitos. La Iglesia a la que representa cada vez vive más ajena a la realidad en su particular cruzada contra todo lo que signifique avanzar y mirar adelante (un repaso rápido de temas pendientes: ETS, uso de preservativos, matrimonio homosexual, etc.).
Por todo ello, me sumo a lo que dicen muchos de nuestros vecinos gallegos y catalanes:
Eu nom te espero / Jo no t'espero




observador subjetivo dijo
Yo creo que esta visita sobraba. Os invito a leer mis motivos aquí:
http://observadorsubjetivo.blogspot.com/2010/11/yo-no-te-espero.h...
7 Noviembre 2010 | 07:42 PM