Cuentavidas
Nací hace ya mucho tiempo, en algún momento lluvioso de un lejano noviembre del siglo pasado.
Tengo un hermano al que adoro.
Mi infancia fue tan feliz que casi la recuerdo en dibujos animados. Jugué a juegos bestias (y también a los de niñas), me rompí las gafas mil veces y tenía los pies planos. Dibujaba mucho -y dicen que bien- y leía sin parar todo lo que caía en mis manos. Tuve un profesor que me obligó a escribir libretas de diarios (reales y ficcionados), pequeñas poesías y relatos estrambóticos que ilustraba yo mismo. Tengo un cuento sobre la amistad entre un filete y una paloma, uno sobre un periodista en la Prehistoria que escribía sus noticias en hojas de árbol, entre muchos otros.
Fui un adolescente cauto, sombrío, reservado. Viví amores platónicos, deslices torpes y cometí bastantes tonterías de juventud.
Empecé la universidad con el convencimiento de que aprendería muchísimo. Y fue cierto, aunque he olvidado muchas cosas o las he sustituido por otras.
He trabajado y trabajo, más o menos, todo lo que puedo. Nada se me da especialmente bien ni mal, pero tengo mis preferencias. Por ejemplo, disfruto del trabajo en equipo y me angustio con frecuencia cuando me encierro en soledad. En cualquiera de los casos, me encanta tratar con palabras y aprendí a odiar las cifras a golpe de chillidos por teléfono.
Me siento muy afortunado por lo que tengo. Siempre lo he estado en secreto, aunque jamás paro de quejarme y dar la tabarra.
He cometido muchos errores: el más gordo, olvidar grandes cosas por una mezcla de cabezonería y orgullo mal entendido. El más pequeño, recordar pequeñas injusticias en momentos inoportunos.
Creo firmemente en las segundas oportunidades. Suena idealista y pretencioso, pero a mí siempre me han funcionado.
También pienso que nadie es mejor por saber más, ni que es más inteligente el que lo proclama a viva voz, ni más tonto el que calla. Reivindico la dignidad del silencio y de las palabras nunca dichas porque no vienen a cuento.
Soy egocéntrico como el que más y por ello tengo un blog de grandes pretensiones y nulo efecto.
No tengo ni idea de hacia dónde voy con este escrito, pero sigo tecleando.
Amo y soy amado, lo que me hace replantearme esquemas y acomodarme en una felicidad nueva, brillante, sugerente. Todo tiene sentido si lo miras desde el cristal de mis gafas ralladas.
El tiempo me ha dado y quitado la razón en muchas ocasiones: le estoy muy agradecido por ello.
Tengo grandes amistades de las que me siento muy orgulloso. Aquí debería escribir un gran párrafo lleno de sensibilidad y melancolía, pero no me siento con ánimo. He aprendido que la amistad es mucho más que un compendio oscilante de buenas palabras que se entrega cada quince días. Me basta con saber que, vaya dónde vaya, me quedará alguien en quien confiar.
Disfruto de "Glee" como un niño pequeño, así como de las novelitas dramáticas de baja estofa.
Me dejo llevar por la corriente de los acontecimientos como un palito flotando en el arroyo. Ya sé que cómo símil deja mucho que desear... pero qué queréis que os diga.
Soy yo, sigo aquí.


Kuinsi dijo
Este post me parece brillante y me he sentido identificada en muchos aspectos. Yo no me agobio trabajando en soledad (¿qué sería de mi tabajo como freelance?), pero sí que de vez en cuando echas de menos a alguien. A partir de hoy te seguiré de cerca, que lo sepas ;)
26 Enero 2011 | 12:30 PM